Cristina da señales de soltar amarras

OPINIÓN 21 de marzo de 2021 Por Jorge Liotti
Admitió internamente de que se equivocó al designar a Alberto Fernández, pero ordenó acompañar; su influencia mantiene en jaque a buena parte del gabinete
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Por momentos a Alberto Fernández se le hace muy difícil disimular sus pesares. Algunos habitantes de Olivos dan cuenta de ello. Su gobierno no puede frenar la sucesión de conflictos y se expandió en las filas del oficialismo una consigna muy inquietante: que Cristina no solo está disgustada con la gestión, sino que admite que se equivocó con la elección del presidente. Por eso transmitió a sus filas el mensaje de que solo resta acompañar para aguantar los dos años y medio que quedan de mandato. “Le picaron el boleto”, graficó un funcionario camporista. 

En este contexto se entiende que se hayan hecho más visibles los cabildeos del presidente y ciertas reacciones contradictorias. Cristina oscila entre la injerencia y la prescindencia, y eso descoloca a su socio, a quien en su propio entorno muchas veces lo ven desconcertado.

La politóloga María Matilde Ollier le aporta densidad académica al análisis cuando explica que “el presidencialismo de coalición como el que hoy tiene la Argentina, por la complejidad del modelo, ha sido un objeto de estudio importante en los últimos 15 años en América latina”. El problema reside en que la conclusión de los trabajos, según resume la especialista, es que el dilema que representa ese modelo “solo se resuelve con un liderazgo fuerte”. Malas noticias para el Frente de Todos y su irresuelta distribución del poder.

El entorno más íntimo del Presidente le recomendó abiertamente no designar a Martín Soria como ministro de Justicia. No solo argumentó su falta de vinculación con el mundo judicial sino también sus modos violentos y su falta de equilibrio. Santiago Cafiero y Vilma Ibarra, entre otros, encabezaron las gestiones. Fernández amagó con jugarse con un nombre propio, como Julio Vitobello o Juan Manuel Olmos, pero finalmente desistió. Es cierto que en el medio habló un par de veces con Cristina del asunto, pero no hay constancia de que su intervención haya sido definitoria.

Ella tenía muy en claro qué pretende del cargo y por eso propuso a Marcelo Fuentes, un halcón sin manchas, y también sugirió a Natalia Salvo, abogada del polémico empresario Pedro Etchebest. Después de muchas dudas, Fernández se expidió con su opción original. En el Gobierno interpretan que Soria será un paladín mediático, pero que el poder real en materia judicial lo seguirán ejerciendo Eduardo “Wado” de Pedro, su hermano Gerónimo Ustarroz y el viceministro Juan Martín Mena. De hecho, con estos dos últimos se reunió el lunes a la noche, antes de dar sus primeras declaraciones públicas y previo a juntarse con Cafiero. Curiosidades del “presidencialismo de coalición”.

Para muchos la prueba de quién ganó con el recambio estará en la Cámara de Diputados: si se reactiva la modificación del Ministerio Público, se habrá impuesto el kirchnerismo; si resucita la reforma judicial, el albertismo. En el bloque oficialista dicen que es viable conseguir los votos para la primera pero que es imposible para la segunda. Casualidades proféticas.

El mismo entorno íntimo del Presidente le había recomendado no ir a Chubut, o al menos no aparecer en público con el desprestigiado gobernador Mariano Arcioni, no solo por el clima social caldeado sino porque había una interna en el oficialismo en torno del proyecto sobre minería. Fernández le había dado un respaldo original a la iniciativa, pero después la vicepresidenta, con la mira electoral calibrada, mandó a su senadora Nancy González a fulminar la iniciativa, consciente del rechazo mayoritario que generaba. “Nosotros hablábamos de la cuestión productiva y Cristina estaba haciendo política”, admite con pesar un funcionario albertista que no se sorprendió con las agresiones al Presidente. “Hace rato que no estoy en un equipo de gobierno tan extraño”, confesó hace unos días en una charla privada el secretario de Minería, Alberto Hensel, al ver las marchas y contramarchas.

La dependencia que conduce el sanjuanino es una de las áreas que le quedó al atribulado Matías Kulfas, después de que le quitaran el manejo de Energía. El ministro de Desarrollo Productivo volvió a quedar en una situación incómoda esta semana, cuando Paula Español anunció un refuerzo de los controles a las empresas para evitar la suba de precios. Kulfas les había dado una señal a los empresarios de que esa iniciativa no avanzaría. El martes estuvo con la cúpula directiva de la UIA y, a tono con el mensaje de Martín Guzmán, habló de que la inflación es una consecuencia primariamente de los desajustes macroeconómicos, es decir del Estado. Horas después, su secretaria de Comercio Interior anunció, sola, las nuevas medidas. Muchos vieron detrás la mano invisible de Axel Kicillof. Kulfas después salió a avalar en público a su subalterna, pero hacia adentro admitió incomodidad.

Tensiones económicas 

Él y Gustavo Beliz fueron los interlocutores principales del mundo empresario en el amanecer del gobierno, pero después ambos se fueron diluyendo por el desgaste interno. Algo similar a lo que le ocurrió a una de sus principales contrapartes, el titular de la UIA, Miguel Acevedo, quien buscó acompañar el nuevo proceso y hoy solo está pensando en dejar el cargo ante la próxima renovación de autoridades en la entidad industrial. El empresariado ya no escucha los mensajes de diálogo, solo percibe gestos de hostilidad. El último, según su mirada, es la denuncia de la Oficina Anticorrupción por la deuda que tomó Mauricio Macri con el FMI, ya que también incluye un pedido de informes sobre las compañías que giraron dinero al exterior.

El territorio económico es uno de los que evidencia las mayores tensiones y esta semana se sumó otro capítulo. Mientras Guzmán viajaba a Estados Unidos para convencer a los bonistas de que hicieron bien en renegociar su deuda a pesar de que el riesgo país escala todos los días, y para asegurarle al Fondo Monetario que a pesar de postergar un acuerdo la Argentina mantiene su voluntad de diálogo, en el Congreso el kirchnerista Carlos Heller le destrozaba otro proyecto. Fue en medio de una reunión del bloque de diputados del Frente de Todos, donde difundió un informe crítico sobre la suba de las escalas de Ganancias para las empresas que mandó el propio Guzmán. “Se lo vamos a devolver a Economía para que lo reforme”, confío una alta fuente de ese espacio. Se trata nada menos que del proyecto de emergencia que el ministro ideó para cubrir el bache fiscal del proyecto de Sergio Massa para elevar el piso del mismo impuesto para las personas físicas.

Estas fluctuaciones incomprensibles para los observadores externos quedaron evidenciadas en un episodio menor de los últimos días. Emmanuel Álvarez Agis, hoy economista privado muy cercano al Presidente (al mismo tiempo, más lejano conceptualmente de su exjefe Kicillof) brindó una de sus habituales charlas para empresarios, donde planteó que las tarifas de servicios públicos deben actualizarse con la inflación, que hay que cerrar un acuerdo con el FMI y que no queda otra salida que intensificar la búsqueda de un equilibrio fiscal. Una especie de Guzmán sin ataduras. Ahí también repitió que la demanda judicial por la deuda con el Fondo asumida por el macrismo es inconsistente. Cuando terminó la reunión y se apagó el Zoom para los participantes remotos, quedó solo con un reducido grupo de CEOs y disparó una confesión desconcertante: “Esto es lo que piensa Alberto. Él me pidió que salga a difundir este mensaje”. Los hombres de negocio quedaron muy confundidos. El Presidente había mandado a dar en privado otra versión de lo que expuso en público. Es un operador serial de la realidad.

Inseguridad interna

Pero de todos los conflictos que se reavivaron en los últimos días, el más crítico fue el que reverdeció en el área de Seguridad, donde aún saltan las esquirlas tras el tiroteo frontal entre Sergio Berni y Sabina Frederic. En la Casa Rosada hubo una fuerte reacción interna que se canalizó primero en la cuenta de Twitter Mujeres Gobernando, un colectivo que reúne a unas 250 funcionarias, que expresó su rechazo a la violencia utilizada por el ministro bonaerense. Después el tema escaló al chat del Gabinete, donde circularon interconsultas entre figuras de la primera línea. Allí hubo expresiones de que se había “superado el límite tolerable” y que se trataba de un “grave problema político”.

Frederic reclamó respaldo y Fernández le dijo a Cafiero, su mentor, que la recibiera. Ella temió la suerte de Marcela Losardo, quien un día miró para atrás y se encontró sola. Todavía espera una declaración pública contundente de apoyo. El Presidente dice que no va a hablar con Kicillof del tema porque Berni “no merece que gaste un segundo en él, ya que solo le hace daño al espacio”. Otro importante referente del Frente de Todos asegura que Fernández habló del tema con Cristina, y que la vicepresidenta le propuso un intercambio de rehenes: si se va Berni, también se tiene que ir Frederic.

Los intendentes se sumaron a la presión sobre Alberto. Pidieron la cabeza del médico pistolero, no solo por lo que dijo de su colega, sino porque lo hizo al lado de Diego Santilli, el hombre que en representación de Horacio Rodríguez Larreta viene caminándoles el conurbano como posible candidato. Kicillof solo dejó trascender una reunión con Berni y un mensaje: “Sigue firme en su cargo”. El efecto del enfrentamiento político hacia el interior de las fuerzas de seguridad es imposible de mensurar. En una estructura acostumbrada al verticalismo empieza a prevalecer un criterio de autopreservación muy preocupante para la lucha contra el delito. “Cuando pasan estas cosas, los policías prefieren no tomar riesgos, llegan al lugar de los delitos con sirena a todo vapor y andando a 60”, retrata un especialista en la materia.

Frederic no solo tiene abierto el frente externo con la Provincia; también debe lidiar, como varios de sus pares, con los movimientos domésticos. En el Ministerio de Seguridad está atenazada por Cecilia Rodríguez, que actúa como una veedora del Instituto Patria que reporta todos los operativos y allanamientos que se realizan; y Gabriel Fuks, que trabaja como un guardián ideológico, que se ha jactado varias veces de “estar muy orgulloso de integrar un ministerio hipergarantista”.

Al problema de origen del diseño del gobierno, pensado más como un loteo para equilibrar las fuerzas del Frente de Todos que como un equipo para afrontar un país en crisis, ahora se sumó una dinámica acelerada que desestabiliza aún más el funcionamiento del gabinete. Antes del vacunatorio vip Ginés González García venía chocando seguido con Carla Vizzotti y al final terminó eyectado. Losardo soportó la pinza de Mena y Horacio Pietragalla, y fue reemplazada por Soria, que ingresó igualmente condicionado. Kulfas sufre el limado prolijo de Español, Guzmán es cuestionado internamente por Kicillof y un sector del kirchnerismo que lo acusa de ortodoxo, y Frederic sufre por el flanco derecho con Berni y por el izquierdo con Rodríguez y Fuks. Es comprensible entonces que cada decisión se haya transformado en un laberinto de burocracia política donde nadie sabe exactamente cómo es el recorrido.

Esta percepción emergió en un trabajo de la consultora Isonomía, donde en números redondos queda evidenciado el deterioro de la imagen de Alberto Fernández en el último año, que pasó de un 80 % de aceptación a un 40 %, con el agravante de que en marzo de 2020 solo la mitad de esos apoyos se reconocía kirchnerista, y hoy es casi la totalidad. Es decir, perdió todo lo que él aportaba a la coalición. Pero lo más complicado es que su capacidad de administrar los principales problemas de la sociedad luce descascarada: la cantidad de gente que dice que puede controlar la inflación pasó del 70 % al 30 %; la que valora su manejo de la economía se redujo en igual proporción, y la que está satisfecha por su manejo de la salud, menguó de 80 % a 45 %.

Este último punto se ha vuelto más crítico porque en el Gobierno ven pasar las semanas y la solución de las vacunas se demora. Esta inquietud también se reflejó en las reuniones con los gobernadores y los ministros de Salud, que le demandan a Vizzotti mayores certezas. “Somos nosotros los que después tenemos que dar la cara en las provincias, y además no nos dejan comprar por nuestra cuenta”, se quejó uno de ellos. En la Ciudad, Rodríguez Larreta reunió a su equipo más cercano y bajó la directiva de preparar un plan de contingencia para después de Semana Santa.

Desde que empezó el año el Gobierno solo encadena conflictos con escándalos, una secuencia que incluso le impide capitalizar datos positivos como la suba de los precios de las materias primas o la posibilidad de recibir una partida extra del FMI por una decisión global del organismo destinada a paliar los efectos de la pandemia. Tampoco alguna tibia reactivación en algunos sectores productivos que estaban paralizados por la cuarentena. Empieza a revelarse que el problema del Gobierno no es solo el Covid-19 sino su estructura y su funcionamiento.

Alberto Fernández, autor material de la criatura, no exhibe herramientas para componer las averías. Cristina Kirchner, creadora intelectual del proyecto, empieza a pensar en otros futuros.

Jorge Liotti para La Nación

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