El Gobierno de Milei y la pérdida del ángel

OPINIÓN Agencia de Noticias del Interior
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  • Milei asumió con una sociedad partida y nunca logró superar el techo del 50 % de apoyo.
  • Sus mejores meses (ago-24 a feb-25) coincidieron con la baja de la inflación y un leve repunte del consumo.
  • El discurso en Davos, el caso Libra y las devaluaciones quebraron esa frágil confianza.
  • El índice de confianza en el Gobierno cayó al mínimo desde el inicio de su mandato.
  • El escándalo del ANDIS golpea de lleno al oficialismo y erosiona la credibilidad del entorno presidencial.
  • El gobierno perdió su “ángel”: ya no enfrenta solo a la oposición, sino también al desencanto de parte de sus propios votantes.

Desde el inicio de su mandato, Javier Milei gobernó con un condicionante estructural: asumió con un país partido en dos y con un rechazo que, en números, alcanzaba al menos al 44 % de la sociedad. Aun en sus mejores momentos, su imagen positiva nunca logró superar el límite de la división con la que arribó a la Casa Rosada. Esa realidad condicionó no solo la legitimidad política, sino también la capacidad de entusiasmar a la ciudadanía más allá de su núcleo duro de votantes.

Durante los primeros meses, la relación entre la sociedad y el Gobierno se sostuvo más en la voluntad de “dar crédito” que en pruebas tangibles de cumplimiento. Hasta julio de 2024, el entusiasmo era escaso y lo que predominaba era la esperanza. Recién entre agosto de 2024 y febrero de 2025, Milei disfrutó de un período de relativa calma: la desaceleración de la inflación y cierta mejora en el consumo, favorecida por el dólar barato y un poco de crédito, le dieron aire político. Pero la primavera duró poco.

El discurso de Milei en Davos fue un punto de inflexión. Su tono culturalista, sumado a expresiones sobre las disidencias sexuales, alienó a parte de su propio electorado, que lo percibió como un líder más preocupado por batallas simbólicas que por los problemas concretos. Casi de inmediato, el “caso Libra” sembró un silencio incómodo entre sus seguidores, muchos de los cuales pasaron de querer hablar de política todo el tiempo a preferir evitar el tema. La devaluación de marzo, el rebote inflacionario de abril y la posterior recesión terminaron de erosionar esa frágil confianza.

El índice de confianza en el Gobierno elaborado por la Universidad Torcuato Di Tella lo confirmó con crudeza: una caída de 13 puntos porcentuales de un bimestre a otro, el mínimo en lo que va de la gestión. Aun así, hasta hace pocas semanas se sostenía la idea de que el oficialismo podría llegar competitivo a las elecciones de septiembre y octubre. Pero los vetos a proyectos vinculados con jubilados y discapacitados, defendidos como si fueran un dogma, mostraron un oficialismo más inclinado a blindar su ortodoxia que a responder al sufrimiento social.

En ese clima llegó el estallido del caso ANDIS, con audios de Diego Spagnuolo hablando de coimas. El episodio no solo golpea por su contenido sino por lo que significa: obliga a los votantes de Milei a mirar de frente lo que no querían ver. El paralelismo con Libra es inevitable, y la constante en ambos casos es la presencia decisiva de Karina Milei, cuya figura se vuelve cada vez más controversial dentro del esquema de poder.

Los datos de Rubikon Intel son elocuentes: más de la mitad de los encuestados hablaron del caso en sus casas, un 62,4 % lo calificó como “muy grave” y un 36,2 % reconoció que su imagen del Gobierno cambió para peor. Se trata de heridas que no cierran rápido.

Lo interesante es observar los distintos tipos de vínculo entre el electorado y el oficialismo. Están los incondicionales, que aceptan todo con tal de no volver al pasado. Están los condicionales, que ya muestran fastidio con las políticas de ajuste pero aún no rompen del todo. Y están, finalmente, los desencantados, que se alejaron y difícilmente vuelvan. El problema para Milei es que cada nuevo escándalo aumenta el peso de este último grupo.

De allí surge la pregunta central: ¿cuánto ausentismo habrá en las elecciones de septiembre y octubre entre votantes que ya no encuentran motivos para respaldar al Presidente? ¿Podrá el oficialismo, en medio de su crisis, generar algún entusiasmo? Hoy, la respuesta parece esquiva. Lo único claro es que el Gobierno perdió el aura de novedad, ese “ángel” inicial que le permitió sobrevivir a sus errores y a sus excesos.

El proceso sigue en curso y no hay certezas sobre su desenlace. Pero lo que sí puede afirmarse es que Milei ya no enfrenta solo a la oposición: enfrenta el desencanto de parte de su propia base. Y esa batalla es, en muchos sentidos, la más difícil de todas.

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