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Desamparo y escopetazos

OPINIÓN 26/08/2023 Mónica Gutiérrez*
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Las imágenes de esta semana turbulenta dispararon los peores fantasmas del 2001. La dirigencia se empantanó en discusiones semánticas. El oficialismo recurrió a lo de siempre: la negación. La refriega política mediática en torno de estas cuestiones contrastó con los videos de hordas de encapuchados arrasando entre góndolas y anaqueles con todo lo que encontraban a su paso.

Frente a los incontrastables hechos de la realidad, el debate viró hacia la categorización sociológico-penal de los estragos. La cuestión pasó a ser si se trató de “saqueos”, o bien de hechos delictivos tipificables como “robos en poblado y en banda”. La obsesión gubernamental era escaparle a la idea de un desmadre social espontáneo motivado por la pobreza y la desesperación.

La insoslayable evidencia de que los ataques fueron coordinados desde plataformas de mensajería y redes sociales reorientó la discusión hacia la posible identidad política de los instigadores. Más de lo mismo: la necesidad de encontrar un enemigo.

Toda esta franela mediática solo sirvió para perder un tiempo precioso. Ese lapso que va desde la constatación del desamparo a la decisión de vecinos y comerciantes a armarse en defensa propia. Una postal patética del Estado ausente. Salvajes ataques a comercios de barrio repelidos a golpes y escopetazos por gente de bien que solo quiere proteger lo suyo y que la dejen vivir en paz.

La reacción oficial tardó en llegar. En el período ventana que habilitó la desaprensión de los funcionarios, muchos perdieron lo que a diario les permite mantenerse en pie. Otros tantos vieron una oportunidad. Donde hay una necesidad, se dice que hay un derecho. ¿Por qué no salir a apropiarse de lo ajeno? A río revuelto ganancia de pescador.

El peronismo en el poder, que siempre se jactó de poder mantener el control frente al desborde social, entró en estado de desorientación. Siguen pensando que se puede sostener un estado de cosas a fuerza de fideos de segunda marca, aceite y polenta. Ya no más.

Pretender decodificar lo que ocurrió esta semana comparando con la revuelta del 2001 es una perspectiva que atrasa, es no entender cuánto ha cambiado todo. Están mirando el canal Volver. Han pasado 22 años. La revolución digital entró de lleno, hay un profundo cambio de paradigmas, la globalización y la pandemia se llevaron puesto el mundo conocido y para colmo venimos de veinte años de kirchnerismo.

Ya no se trata de gente desesperada que va por comida, hay algo más, mucho más profundo y difícil de contener. Tampoco estamos solos ante una turbamulta motorizada desde algún lugar de la política para embarrar la cancha. Hay algo que no se quiere mirar.

El proceso de descomposición social que se aceleró de manera exponencial en los últimos años cambió el perfil de los “saqueadores”, con perdón de la palabra.

El avance en los barrios de la marginalidad en sus muchas y muy diversas formas, el entramado de banditas narco integradas por chicos que viven fuera del sistema a la espera de una oportunidad para marcar presencia, y la ausencia absoluta de toda idea de autoridad y orden, componen un combo explosivo.

También están los que, sin ningún antecedente delictivo, salen a aprovechar un momento de confusión. Los que son capaces de cargarse la góndola de carne trozada de una carnicería para que salga un asado entre tanta penuria.

Corren tiempos de “cambio climático”. La pradera está seca y una chispa puede desatar un incendio imparable. En 1989, como en 2001, las movidas se orquestaban puerta a puerta o desde teléfonos fijos. Hoy la comunicación digital es vertiginosa y horizontal.

El poder de fuego está en manos de todos y de cada uno, está en los teléfonos, en Whatsapp, en Telegram, en TikTok. Desde esas terminales digitales todo es posible. La dirigencia de base ha perdido el control, no parece entender lo que está pasando. Pretenden intervenir con herramientas obsoletas. Todo se les va de las manos.

Si el Estado no se hace cargo de la exclusividad que el sistema le confiere para disponer del uso de la fuerza, deja a la gente a la intemperie a merced de grupos violentos, delincuenciales y saqueadores. Empieza a regir la ley de la selva. El sálvese quien pueda. Todo muy peligroso.

Mientras la vocera presidencial levanta videítos titokeros y el presidente de la Nación se dedica a quién sabe qué, las organizaciones antisistemas y la narcocriminalidad organiza fugaces estampidas contra carnicerías, almacenes y supermercado.

Ya no se trata de gente con hambre. Hay hartazgo, hay impotencia, hay un registro desesperado del descarte, el abandono y la exclusión. Algunos se refugian en la tristeza y la impotencia, se resguarda en la anomia social, otros salen adelante a confrontar con el sistema, a llevárselo puesto. Esto es lo que muchos prefieren no ver.

Tras el shock electoral, el oficialismo y la coalición opositora busca rearmarse. Rejuntar las piezas sueltas y dañadas para reconfigurar su oferta.

En el cuartel bullrichista analizan el detalle que arrojó el análisis forense del resultado de las PASO. Una suerte de autopsia de lo expresado por las urnas. Hacen rigurosos cálculos matemáticos para recuperar a los que dejaron a la candidata a la Presidencia en un incomodísimo tercer lugar. Salen a cartonear votos en el mapa del ausentismo. Miran para atrás y se aferran a algunos datos del 2019 dónde entre las PASO y las generales repuntaron siete puntos porcentuales.

El universo de los que no se presentaron se vuelve denso en el corredor centro, la Pampa húmeda, los grandes centros urbanos. Los cambiemitas pasan el mediomundo por esas lagunas que han sabido serles muy generosas y afines.

Las fuerzas que no entraron en las elecciones dejan un potencial difícil de capturar para los seguidores de Bullrich. A la hora de salir a atrapar el voto útil prefieren mirar a los cordobeses de Schiaretti. Se trata de 906.000 voluntades que suponen toda una tentación. Se tienen fé. Algo parecido ocurre en Santa Fe, en San Juan y el Chubut. En las elecciones locales se impuso la coalición opositora y en las PASO ganó Milei. Se durmieron.

Los votantes enojados con la interna feroz que se fueron con Milei constituyen otro lote de voluntades que JxC pretende, al menos en parte, recuperar. No parece una tarea fácil. Ahora entienden haber descubierto otra opción para ir por el cambio. Macri reforzó este convencimiento al vanagloriarse de que sus ideas sean recogidas por el candidato-economista.

Otro objetivo son las féminas. Una porción del electorado en al que a Milei le cuesta entrar. Los estrategas de PB creen que la imagen de vida simple, austera, sencilla y familiar que puede mostrar la candidata es un diferencial. Fuerte, decidida y confrontativa, pero también “mujer y madre argentina”.

Los que manejan esta aritmética se ven entrando cómodos en un balotaje. Entienden que no hay manera de que alguien se imponga en una primera vuelta. Quienes están reconfigurando la narrativa de Bullrich entienden que la cuestión de los heridos de guerra que dejó la confrontación con el larretismo es un tema saldado.

La multitudinaria foto presentada este jueves, dónde se ve a todos en dulce montón, debe ahora plasmarse en un coro armonioso que salga a convencer de que votar a Juntos es garantía de gobernabilidad y cambio sustentable. Todo un desafío. Confrontar con Milei sin herir a sus votantes y seguidores y sin responder a las feroces diatribas del libertario es la difícil tarea que les aguarda.

Los economistas de Juntos están en precalentamiento. Tienen que salir a la cancha cuanto antes. El debate de fondo: bimonetarismo vs dolarización. No es para cualquiera. Urge definir quién será el ministro. Todas las fichas se las está llevando Carlos Melconián. Todavía no es oficial.

También es urgente terminar el recuento de votos en la Provincia. Hasta que Grindetti y Santilli no cierren este asunto, salir a librar “la madre de todas las batallas” es imposible. Kicillof la mira pasar. El Frente de Todos le cuidó el voto a Milei y colaboró con Píparo. Ahora están recalculando.

La creciente empatía entre Massa y Milei reconoce razones estratégicas. Massa apuesta a sacar a Bullrich del medio. Su apuesta es a llegar a la segunda vuelta con el libertario.

El ministro de Economía dijo desde Washington que Milei y su equipo se han presentado “mucho más colaborativos” que Juntos por el Cambio en su presentación ante el FMI. Milei devolvió las atenciones dinamitando a los economistas de Juntos ante los empresarios reunidos por el Council of América. El líder de LLA dijo ante los hombres de negocio que los economistas de Juntos por el Cambio apuntan a causar un desastre económico”.

Milei y Massa juegan en tandem con un mismo y muy calculado objetivo: cepillar a Patricia Bullrich, sacarla del medio. El objetivo del libertario es ganar en primera vuelta. Para el ministro-candidato, en cambio, la cuestión es llegar al balotaje.

Polarizar con Milei parece infinitamente más cómodo que confrontar con Bullrich. Al candidato de UxP no le sobra nada. Cómo ministro sólo puede exponer una catástrofe económica que no registra precedentes, en un tercer tramo electoral el miedo al feroz león libertario puede que garpe. Primero hay que llegar.

Los siempre desconfiados, sospechan que la empatía con Massa, va mucho más allá de la necesidad de quedar solos en la cancha. Hay solo dos ubicaciones para tres jugando el juego de las sillas. Llegado noviembre la disputa es por un solo sillón: el de Rivadavia.

Milei, entretanto, goza de las mieles del éxito. Con la aureola de glamour que siempre otorgan los votos, está convencido de que ganará en primera vuelta. Incluso se pavonea con su romance de farándula. Repite ante propios y extraños que le robaron 5 puntos. Por el momento algo incomprobable. Ocupa casi toda la cancha. Sigue haciendo de malo, apostando al extremo, pero se ha dejado alcanzar por el teorema de Baglini. La proximidad del poder suele aplacar los ánimos de los más contestatarios.

Los analistas no han logrado aún comprender la morfología del voto a Milei. Tema para sociólogos y politólogos. ¿Qué rasgos del candidato libertario generan las fervorosas adhesiones de tantos chicos jóvenes, en su mayoría varones, de los sectores más bajos del conurbano bonaerense? ¿Qué empatías, qué fastidios, qué decepciones o esperanzas los vuelven incondicionales del economista mediático, disruptivo y reaccionario?

Están los que hablan de una nueva derecha, un proceso que se inició en los primeros años de este milenio y que produjo liderazgos como el de Bolsonaro en Brasil, Trump en Estados Unidos, Vox en España y Giorgia Meloni en Italia. Todos expresando una cultura refractaria a los profundos cambios que llegaron de la mano de la globalización, la inclusión de lo diverso, el cambio climático y la pandemia.

No parece este razonamiento suficiente para explicar el fenómeno de Milei en nuestro país severamente dañado por la debacle de la economía y la devastación social.

¿Es solo la encarnación del descontento, de la bronca, del hartazgo?, ¿el que llevó hasta aquí para expresar a gritos la frustración contenida de las nuevas generaciones?, ¿Es la furia o la reacción de un desamparado emocional en el que se reflejan todos los abandonados del sistema?

¿Qué esperan de él sus seguidores? ¿Van por un cambio de fondo que les mejore rápidamente las condiciones de vida? ¿O les basta despachar la rabia acompañando al libertario que propone romper casi todo?

Reducir el análisis a las ideas políticas y estrictamente económicas parece insuficiente. Son muchas y muy diversas las razones por las que millones de personas optaron por Milei. Ampliar el ángulo de la mirada es indispensable para comprender cómo llegamos hasta aquí. Es imprescindible. Es urgente.

 

 

* Para www.infobae.com

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