CUANDO TODO ESTO PASE...

OPINIÓN Por Daniel Gentile
El daño que se está haciendo en la salud (en la salud, olvídense por ahora de la economía), es irreparable. Sobre todo en la franja de los mayores que, irónicamente es la que se dice proteger
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“CUANDO TODO ESTO PASE”. Es una frase que se lee y se escucha a diario. Y es evidente que el que lo dice habla como si “esto” fuera un fenómeno de la naturaleza. Una inundación, un terremoto, un meteorito.

Pero no, no dependemos de la naturaleza para recuperar la vida, que ahora está suspendida, y mientras está suspendida está arruinándose, y mientras está pasando está perdiéndose, y eso no se recupera jamás. Dependemos, para dejar de subvivir y volver a vivir, simplemente de un hecho del hombre.

Ni siquiera esos hechos heroicos, esas gestas que cantan los poetas. Lo que se requiere es un hecho mínimo, un acto burocrático, en el más despreciable sentido de la palabra. Lo que necesitamos para que este infierno acabe es que los gobernantes tomen la decisión de que el país deje de ser una cárcel, y nos permitan vivir. Aún así, no será tan fácil decirles a millones de individuos que el peligro pasó (aunque en verdad el peligro nunca existió). Esos millones han sido sometidos durante ocho semanas a un tratamiento de infiltración de terror.

Es difícil sacarle el miedo a una persona y más a millones de personas. Ha sido tan eficaz la campaña del miedo, que ya nadie se asusta por los muertos sino por los números. Nadie vio a un muerto, nadie tiene un pariente o un amigo que haya muerto por “la pandemia”. Nadie. Pero minuto a minuto los medios machacan con la máquina de asustar.

Aumentaron los contagios en tal provincia, se incrementó el número de muertos en otra. No se aplana la curva. Hemos olvidado que antes también existía la muerte. Antes (hace dos meses), no se contabilizaban minuciosamente los decesos por una patología, y menos por una patología que tiene una bajísima letalidad. En relación a la población mundial, los muertos por covid representan el 0,00026 %. Nada.

Pero nos han dicho que es muy contagiosa. Sí, eso es cierto, y probablemente la mayoría estamos contagiados, sanos e inmunizados, y quizás ni nos hemos enterado de que en algún momento alojamos al virus. A ese y a otros miles.

Miles de millones de años tiene el hombre sobre el planeta, y la misma antigüedad tiene la medicina: El arte de curar. Mucho antes de maestros como Hipócrates, venimos luchando contra la enfermedad, contra el dolor, e incluso contra la muerte, que parece inexorable. ¿Inexorable? Sí, pero queremos ser inmortales.

Es una maravilla cómo ha progresado la medicina, y es asombroso verificar cómo sus referentes actuales parecen haber olvidado algunos de sus principios elementales: El aire y el sol curan, el encierro es pernicioso, “el cuerpo sabe” cómo enfrentar a los microorganismos que a diario lo agreden; el remedio nunca puede ser peor que la enfermedad.

No se llamaba “sistema inmunológico” en los tiempos de Hypócrates, pero de eso se trata. ¿Qué grado de delirio hay que tener para pensar que se puede esterilizar el Universo? Hace dos meses que cientos de miles de personas nos cruzamos a diario, con o sin bozal, en el supermercado, en la farmacia, ahora también en la librería y hasta en la ferretería.

Muchos, además, viven con sus perros y gatos, y los animalitos no usan barbijo. Aquel viernes 3 de abril se amontonaron miles de jubilados en los bancos, se “rompió la cuarentena”, y se pronosticó un Apocalipsis que debería haberse desatado dos semanas después. Nada pasó. Nadie se enfermó, nadie se murió. Porque los contagiados y los enfermos no están en la vida real sino en los números de la pantalla del televisor.

Y la gente ha aprendido a tenerle miedo a la pantalla y a sus números. Y lo más grave, lo más terrible de todo, es que los médicos que asesoran a los gobiernos han aconsejado dictar un decreto prohibiendo la circulación del planeta hasta que “el virus” se vaya.

Un chamán de una tribu de la más primitiva de las culturas precolombinas hubiera sentido que esa tesis insultaba su ciencia. Pero ese disparate es el que ha permitido y sigue permitiendo que nuestras vidas sean destruidas. Pero hay, por suerte, otros médicos, y cada vez más, concientes de la brutalidad intrínseca del “remedio” aplicado por sus colegas de la Oms.

Estos facultativos valientes y leales al juramento hipocrático, están alertándonos a gritos que es absurdo y pernicioso ordenar el confinamiento global a la espera de que un virus decida irse. Nos recuerdan estos científicos sensatos que ante cualquier epidemia respiratoria lo aconsejable es estar al aire libre tanto tiempo como sea posible, en actividad, para que el sistema inmune haga su trabajo.

El confinamiento equivale a enfermedad, desesperación y muerte. Esos científicos que se desmarcan del relato oficial tienen el respaldo de la realidad. La gente se muere igual que antes, sólo que ahora se contabilizan sólo a los muertos por covid.

Es irritante leer o escuchar los debates sobre el dilema “vida o economía”. ¡No es vida o economía, es vida o muerte! La destrucción de la economía es un hecho, y la quiebra hará su trabajo llevando a la miseria, al hambre, a la violencia y a la muerte a millones de argentinos. ¡Pero en este momento, y desde hace dos meses, el confinamiento, por sí solo, está enfermando y matando a millones de individuos! La epopeya de los hospitales colapsados con los médicos heroicos no existe, es una gesta imaginaria.

Los hospitales están vacíos, pero miles que padecen diversos problemas de salud, que pueden ser muy graves, no son atendidos porque los hospitales y las clínicas sólo están para el covid, a la espera de los enfermos y los muertos que casi no llegan.

El daño que se está haciendo en la salud (en la salud, olvídense por ahora de la economía), es irreparable. Sobre todo en la franja de los mayores que, irónicamente es la que se dice proteger.

Es un hecho tristísimo pero inevitable, pero si esta locura sigue muchísimos ancianos morirán en confinamiento. Y el horizonte es incierto. Lo que puede devolvernos a la vida es simplemente el acto de un burócrata, o varios.

Esos burócratas tienen el poder de firmar una sentencia que definirá nuestro futuro: Esa sentencia nos absolverá o nos condenará a muerte. Y la sentencia se dictará en base a lo que los asesores científicos digan. ¿Y si la curva no se aplana? ¿Y si se eleva la curva? ¿Y si vuelven los contagios? ¿Retrocederemos entonces de fase tres a fase dos? ¿Y luego a fase uno? Ojalá esto fuera un desastre natural. Porque una inundación pasa y las aguas vuelven a su cauce; un terremoto deja de replicar, se cuentan los muertos, se llora, se reconstruye y se vuelve a vivir.

Pero esto es peor. Porque estamos a merced de unos pocos individuos que en ocho semanas saborearon el gusto del poder omnímodo y se resisten a dejarlo, y a la mayoría parece no molestarle, pues les han dicho que todo es para evitar un peligro muy grande. Y tienen miedo. Y para que “esto pase” sólo es necesario que esos millones, despertados por la realidad palpable de que nada pasa, pierdan el miedo. Y si ellos pierden el miedo, los burócratas se verán obligados a abrir las puertas de la prisión. Y será un simple hecho administrativo.

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