Otra fiesta como la de YPF, y el Gobierno termina pulverizado

OPINIÓN 08 de junio de 2022 Por Eduardo van der Kooy*
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Nadie imaginó el viernes pasado, ni en el oficialismo ni en la oposición, el efecto político devastador que desataría una ceremonia pensada como el posible teatro de una tregua entre Alberto y Cristina Fernández. Fue el centenario de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) en el predio de Tecnópolis. Pablo González, titular la empresa, después de lo sucedido, debe estar tentado de apostar a futuro por la gobernación de Santa Cruz. Siempre que Máximo Kirchner lo habilite para suceder a su tía, Alicia. 

Nunca en estos dos años largos del Frente de Todos en el poder, las secuelas de una crisis entreveraron tantas líneas. No sólo se ha reeditado la fricción inagotable entre el Presidente y la vicepresidenta. Hubo otro correlato lógico entre el albertismo y el kirchnerismo. Entre Cristina y sectores empresarios. La mayor novedad, sin embargo, sería el resquebrajamiento dentro del apodado albertismo. Además de la discordia en la familia kirchnerista por el curso de ciertos negocios. En este caso, la construcción del gasoducto que algún día deberá recorrer 563 kilómetros para trasladar el gas de Vaca Muerta hasta la localidad bonaerense de Salliqueló.

Alberto había quedado conforme con la puesta en escena de Tecnópolis. A esta altura se conforma con nada. Nunca supuso que un amigo suyo y ahora ex ministro, Matías Kulfas, se atrevería a responder –en público y privado— la cantidad de imprecisiones vertidas por la vicepresidenta sobre el modo más efectivo de avanzar con el gasoducto ahorrando dólares. Cristina acostumbra a hablar de todo como si supiera de todo. Esconde el desconocimiento, muchas veces, detrás de una oratoria florida.

Aquella audacia no terminó de convertir a Kulfas ni en víctima ni en victimario. Fue dos años y medio ministro y recién ahora se percató del “desquiciado sistema de subsidios” energético que tiene la Argentina.

También habría descubierto que la licitación para la provisión de caños para el gasoducto de marras habría sido amañada. “A la medida de Techint”, subrayó. Curiosamente ese procedimiento corrió por cuenta de la empresa estatal IEASA, a cargo del joven Agustín Gerez. Cercano a La Cámpora. Area que remite con disciplina prusiana al Instituto Patria. Curiosamente un cargo similar realizó Cristina a Alberto por la importación de láminas de chapa de condiciones muy específicas para la obra, que se elaboran en una subsidiaria de Techint en Brasil. Extraña convergencia del ministro renunciado con la dama.

Aunque ambos hayan dicho cosas parecidas y equívocas la balanza del poder resultó inapelable. Alberto no pudo sostener a Kulfas ni un segundo, básicamente, por su insolencia con Cristina. En cambio, el Presidente mantuvo oculto en la embajada de Israel –presionado por la vice- al ex gobernador de Entre Ríos, Sergio Urribarri, condenado a ocho años de prisión e inhabilitación para ejercer cargos públicos por delitos de corrupción. Recién lo despachó cuando, impávido, apareció comandando en aquella nación los festejos por el 25 de Mayo. No son hechos simétricos. Pero desnudan quien es quien en el dispositivo del poder.

El calvario no concluyó para Alberto con la separación de Kulfas. Pretendió resarcirse, tal vez, de otras conductas opacas cuando debió desplazar funcionarios (Felipe Solá en la Cancillería). Concedió una audiencia bien divulgada a su amigo para que le entregara la renuncia. Como debe ser. No fue una carilla: fueron 14 páginas en las cuales el ex ministro se encargó de profundizar el conflicto. Una bomba que estalló ni bien llegó a orillas del periodismo.

¿Alberto no repasó, siquiera, ese texto? ¿Kulfas no le adelantó lo que decía la renuncia? Demasiadas cosas cotidianas que ocurren en el Gobierno resultan incomprensibles. El Presidente debió ordenar a su portavoz, Gabriela Cerruti, que aclarara que nadie compartía los dichos del ex ministro. El mismo también se encargó de hacerlo. Para prevenir una andanada del Instituto Patria. Si es que esa andanada no llegó previamente. El corolario de Kulfas fue un paso por la sede del ministerio donde los empleados lo ovacionaron varios minutos.

El gran dilema que le queda al Presidente es cómo continuar.

​Está claro que su banco de reservas se agota. La mecánica para cubrir casilleros que se vacían o le son vaciados apunta desde hace rato a hurgar el peronismo. Lo traerá de Brasil a Daniel Scioli para reemplazar a Kulfas. Hombre afín a Carlos Menem, Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner. Cristina, con él, se acostumbra a tapar la nariz. Esta semana dispuso que el reseteado Agustín Rossi (antes furioso K) sea el nuevo titular de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) en reemplazo de Cristina Caamaño, una de las fundadoras de Justicia Legítima. Cuando debió resignar a Sabina Frederic, acudió a Aníbal Fernández. Hizo lo propio con Juan Manzur para desplazar a la Cancillería a Santiago Cafiero.

Aquella continuidad no se vincula sólo a los relevos. También y, en especial, a la gestión. La gran promesa del gasoducto para paliar el déficit energético genuino de la Argentina y el adicional provocado por la guerra que desató la invasión de Rusia a Ucrania, está en serio peligro después del escándalo. Primero, porque sobresale “el internismo exasperante” del que habló Kulfas capaz de esterilizar cualquier acción. Segundo, porque a raíz del conflicto se presentaron tres denuncias y ha comenzado a operar el Poder Judicial.

La denuncia por el supuesto direccionamiento en la adjudicación de la obra del gasoducto cayó en manos del juez Daniel Rafecas y el fiscal Carlos Stornelli. El primero fue postulado por Alberto para reemplazar a Eduardo Casal en la Procuración General. Cristina jamás le dio curso al pliego en el Senado. El segundo ha sido cercado con empeño por el kirchnerismo. Acusado de extorsión en la causa de los “cuadernos de las coimas”. De participar en una presunta red de espionaje que habría funcionado en épocas de Mauricio Macri.

Salvo que el juez y el fiscal coincidan en que en torno al gasoducto no ha pasado nada, es factible que la menor decisión resulte objetada. Por lo pronto, Kulfas fue citado a declarar. Así planteadas las cosas: ¿No debería esperarse una demora en el progreso del gasoducto? ¿Qué actitud tomarán las empresas que acaban de participar en la licitación de la obra civil? ¿No darán importancia al trámite judicial? A raíz de todo eso, ¿estaría cavilando el Gobierno alguna salida expeditiva?

Nada indica que la historia haya concluido. No existen únicamente dos bandos en el Gobierno. Fluyen otras fragmentaciones. Las cuitas surcan también al kirchnerismo por el modo de gestionar los negocios. La primera punta de este iceberg político fue la renuncia insonora de Antonio Pronsato, a cargo de la unidad ejecutora del gasoducto Néstor Kirchner. Funcionario que supo estar ligado al ex ministro Julio De Vido. Dicen que habría coincidido con Kulfas en el “internismo exasperante” que paraliza la gestión. Dicen, también, que habría olfateado la posibilidad de la participación de Cristóbal López en la futura obra civil del emprendimiento.

Nada debe sorprender. ¿No estuvo por años enfrentado De Vido al ex secretario de Transporte ahora condenado, Ricardo Jaime, por el manejo de obras y dinero? ¿No sucedió lo mismo con José López, el ex secretario de Obras Públicas que saltó a la fama por los bolsos con millones que lanzó una madrugada dentro de un convento?

Tal vez al Gobierno y a sus distintas facciones le haya quedado una lección. Difícilmente aguanten sin pulverizarse otro festejo como aquel de Tecnópolis.

 

 

* Para Clarín

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