Milei y la peligrosa apuesta al 7 y al 26

OPINIÓN Agencia de Noticias del Interior
29-JM-sabat
  • Milei redujo el futuro de su gestión a dos fechas clave: 7 de septiembre y 26 de octubre.
  • Ató la estabilidad económica y política al resultado electoral bonaerense y legislativo.
  • Su discurso ante empresarios generó inquietud por condicionar la economía a las urnas.
  • El escándalo de audios con Karina Milei y Lule Menem golpea la narrativa anticasta.
  • La inflación moderada y el consumo estancado mantienen tensión social y riesgo de abstención.
  • La apuesta binaria del Presidente lo expone a una victoria que lo fortalezca o a un fracaso que lo desgaste.

En un país acostumbrado a los giros dramáticos, Javier Milei decidió reducir el futuro de su gobierno a dos fechas precisas: el 7 de septiembre y el 26 de octubre. Como un jugador que se planta en la mesa con las fichas contadas, apostó todo a esos casilleros. No es casual: el Presidente necesita victorias políticas que validen un programa económico que, hasta ahora, exhibe más padecimientos cotidianos que alivios.

El riesgo de esa jugada es evidente. No alcanza con depositar en el calendario bonaerense y en las legislativas nacionales el destino de una gestión que enfrenta inflación aún persistente, consumo estancado y crecientes dudas sobre la gobernabilidad. Al sumar explícitamente la elección bonaerense como condición para “enterrar al kirchnerismo”, Milei no solo expone su proyecto a un resultado incierto: lo condiciona por completo.

Esa declaración, repetida ante empresarios en el almuerzo del CICyP, sorprendió tanto por su tono electoral como por su reduccionismo. Lo que para el Presidente es una demostración de convicción, para el mundo económico fue leído como la confirmación de que las turbulencias financieras actuales no se explican por errores de gestión, sino por las maniobras de sus adversarios. El silogismo encierra un problema: si en septiembre y octubre los resultados no son los esperados, la lógica mileísta obliga a concluir que todo empeorará.

Es un discurso riesgoso porque lo vuelve rehén de las urnas. La política argentina está llena de ejemplos de presidentes que buscaron legitimar sus planes en contiendas intermedias. Pocos salieron indemnes. Los empresarios que escucharon a Milei aplaudieron con tibieza, quizá conscientes de que la suerte del mercado no debería atarse únicamente a la matemática electoral. La economía requiere señales más estables que las encuestas o los pronósticos.

A eso se suma la fragilidad interna. El escándalo de los audios, que salpican a la hermana presidencial y a colaboradores de su círculo más íntimo, golpea la narrativa anticasta que le dio sentido al voto libertario. Milei eligió descalificar las filtraciones como un complot de “la casta”, pero el daño ya está hecho: la imagen de transparencia quedó en entredicho y la interna libertaria expuso sus miserias a cielo abierto. El silencio de Karina Milei y la ausencia de Lule Menem en actos clave no hicieron más que aumentar la sospecha.

La apuesta al “7 y 26” también se enfrenta a un escenario social impredecible. La inflación se ha moderado respecto de los picos iniciales, pero aún erosiona salarios y pensiones. El consumo se amesetó en julio y recién podría repuntar después de las elecciones, según proyecciones empresariales. La paciencia de la sociedad no es infinita, y las encuestas muestran un votante libertario que aún no se siente decepcionado, pero sí frustrado. Ese malestar puede traducirse en abstención, la variable más difícil de medir.

En la vereda opuesta, el peronismo parece ocupado en su propia interna, con Máximo Kirchner cuestionando a Axel Kicillof en términos que debilitan al oficialismo provincial. Esa fractura puede darle aire a Milei en la elección bonaerense, aunque no garantiza nada: depender de los errores del rival nunca es una estrategia sólida.

La escena, en definitiva, es la de un Presidente que juega al límite. Reduce la incertidumbre a una apuesta binaria y confía en que el voto popular será suficiente para disciplinar la economía y acallar las críticas. Puede salir bien y darle la autoridad que busca, pero también puede derivar en cincuenta días de agonía entre septiembre y octubre si los resultados no acompañan.

Milei eligió ser jugador más que estadista. Y aunque el riesgo forma parte de su identidad política, gobernar no es ruleta. En política, como en economía, las apuestas a todo o nada suelen terminar en nada.

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