Gaucho: la historia de la moneda común argentino-brasileña que murió antes de nacer en los 80

ECONOMÍA Por Martín KANENGUISER
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En julio de 1987, cuando los planes de estabilización de la Argentina y Brasil ya mostraban grietas pero la relación política entre ambos países había mejorado, los presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney se plantearon crear una moneda común, el Gaucho.

El equipo económico de la Argentina había lanzado el Plan Austral en 1985, que logró un éxito inicial rápido para reducir la inflación y contener la suba del déficit de las cuentas fiscales, al punto tal que recibió el elogio del subsecretario del Tesoro de EEUU, David Mulford, y de destacadas personalidades internacionales, como el premio Nobel Franco Modigliani, que lo calificó como “un milagro”. Además, contribuyó para que el radicalismo ganara las elecciones parlamentarias de ese año.

 
Mario Rapoport recordó en su libro sobre Historia Económica Argentina que “el plan tuvo un efecto favorable inmediato, que incluyó el aumento de las exportaciones, un aumento de las liquidaciones de divisas, lo que permitió incrementar las divisas del Banco Central, la suba de la recaudación tributaria y la disminución del déficit fiscal y de la emisión monetaria para bajar la inflación al 2% mensual”. El déficit del sector público pasó del 10,5% en 1984 al 3,5% en 1985, pero saltó al 5,7% en 1987 y al 7,6% en 1989 por la falta de reformas estructurales a partir del poco convencimiento de la UCR de la necesidad de dejar atrás modelos económicos que ya no funcionaban, tal como lo señala con nitidez Juan Carlos Torre en su libro “Una temporada en el Quinto Piso”.

En tanto, la inflación pasó del 672% en 1985 al 90% en 1986, 131% en 1987 y 343% en 1988, para caer en la hiper de casi 5000% en 1989. En Brasil, el 85 terminó con una suba de los precios del 226%, 147% en el 86, 228% en el 87, 629% en el 88 y 1430% en 1989.

En 1987, recordó Miguel Kiguel en su libro “Las crisis económicas argentinas”, “la estrategia que inicialmente se utilizó en el Plan Austral y que funcionó por unos meses, se fue repitiendo durante esos años, aunque con menor éxito y menores esfuerzos de controlar el déficit fiscal y la expansión monetaria. En marzo de 1987 hubo un miniplan para bajar la inflación, que había llegado al 8,2% mensual y dos meses más tarde cayó al 3,4 por ciento. Pero en agosto de 1988 era del 27% mensual y se lanzó el Plan Primavera”.


A su vez, la tasa de crecimiento del PBI, que había llegado al 7,1% en 1986, se desaceleró al 2,5% en 1987 y luego comenzó a declinar, según indicó Roberto Cortés Conde, al relatar en “La economía política de la Argentina” el camino hacia la hiperinflación de 1989.

Por su parte, Brasil había puesto en marcha el Plan Cruzado en 1986 con el mismo objetivo: cortar la alta inflación a partir de una estrategia similar al Austral, aunque sin solicitar nuevos fondos externos: cambio de moneda, control de salarios —luego de un aumento del 15%— y tipo de cambio fijo. De este modo, pudo lograr un roll over de los bancos acreedores de US$ 16.000 millones hasta marzo de 1987. Sin avanzar en cambios importantes en la política fiscal, el gigante sudamericano se encontró a los pocos meses en un nuevo callejón sin salida y sus reservas internacionales se derrumbaron de US$ 9.250 millones a fines de 1985 a US$ 4.000 millones —una suma similar a los vencimientos que el país debía enfrentar durante todo 1987— el día que Sarney declaró un default.

Sin dudarlo, el secretario de Hacienda argentino, Mario Brodersohn, le pidió una reunión urgente a su par Dilson Funaro en Brasilia. Apenas se encontró con su colega, le explicó que la Argentina no podía sumarse a la decisión brasileña, pero le pidió que extendieran la reunión con la intención de simular una exhibición de fuerza conjunta entre los principales socios comerciantes de América del Sur.

Funaro aceptó el juego con agrado y hasta le ofreció un almuerzo a su invitado. En una reunión que se extendió por unas cuatro horas, no dejaron tema sin debatir, incluido el fútbol, que tanto apasionaba a ambos funcionarios.

Por la noche, Brodersohn continuó su viaje a Nueva York sin formular comentarios, a pesar de los nervios de los acreedores (FMI y los bancos) y de la gran atención periodística que se había generado en torno a la reunión. A la mañana siguiente, cuando se reunió con el comité de acreedores que presidía el banquero Bill Rhodes, el negociador recibió un cerrado aplauso tras anunciar la “firme” voluntad de la Argentina de pagar, una decisión que en realidad nunca había sido puesta en duda por parte del equipo económico.

Así, ambos países comenzaban a dejar atrás el recelo político que predominó durante los 70, durante sus respectivos gobiernos militares y por este motivo Alfonsín le propuso a Sarney firmar un tratado de integración que sería el precursor del Mercosur que se estableció en 1991 entre Carlos Menem y Fernando Cardoso.

En el crudo invierno patagónico del 87, en una reunión organizada en Viedma -la ciudad que Alfonsín soñaba como capital argentina en aquellos tiempos-, se discutió si era posible implementar el “Gaucho” como unidad de referencia monetaria y comercial entre ambas naciones sudamericanas.

Intentos fracasados

El diplomático Jorge Faurie, que dirigió aquel programa de integración bilateral y fue canciller del gobierno de Mauricio Macri, recordó en diálogo con Infobae que, aunque aquel proyecto monetario no se concretó, “fue una etapa positiva, porque la Argentina generaba credibilidad a partir del liderazgo de Alfonsín en materia de derechos humanos y eso es lo que más nos falta ahora: generar confianza y credibilidad, elementos imprescindibles en un mundo cada vez más interconectado”.

“Aquel proyecto ha resurgido desde entonces en los diferentes gobiernos, salvo con Menem y Cavallo que se aferraron al dólar, para tratar de combatir la inflación, pero nunca ha tenido éxito. En 1987, como ahora, el problema era la alta inflación, la poca coordinación entre ambas naciones y el déficit de las cuentas públicas”, explicó.

En la actualidad, expresó Faurie, “con el desorden que tiene la economía argentina, para los brasileños sería una pesadilla, más allá de que Lula quiera mostrar coincidencias, pero Alberto Fernández dejó de hablar durante 3 años con Brasil por falta de coincidencias. Y fue un error trágico. Ahora acá habrá un cambio de gobierno, así que es difícil que esta iniciativa avance sin consultar a quienes pueden ganar en octubre”.

“Estos son procesos que superan ampliamente un solo gobierno y, a diferencia nuestra, los brasileños tienen lineamientos de largo alcance más allá de los gobiernos”, concluyó.

Dante Sica, uno de los primeros economistas argentinos que posó su mirada sobre Brasil en los 80, recordó en diálogo con Infobae que en “la década del 80 Argentina y Brasil eran economías cerradas y luego comenzaron con Alfonsín los protocolos sectoriales, que terminaron como base para el Mercosur, pero nunca pudimos tener coordinación de políticas macroeconómicas, que es el pilar de una moneda común”.

“En los últimos 20 años la integración económica se diluyó y el kirchnerismo puso el acento en lo político. Hoy, es imposible, porque el banco central de Brasil se opone porque nadie pone un bar con un alcohólico”, indicó el fundador de Abeceb y ex ministro de Producción y Trabajo. Luego del plan Real de 1994, Brasil en Brasil la inflación no volvió a descontrolarse pese a algunos picos y dejó de ser un problema estructural, a diferencia de su vecino; de hecho, en 2022 la Argentina terminó con una inflación del 94,8% y Brasil del 5,9 por ciento.

Fuente: Infobae

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