“Messi, andá a la c... de tu madre”, Maradona, siga chupando"

MIRADAS Por José Ademan Rodríguez
Una vez más comprobé, que a las antinomias futbolísticas no las carga el diablo, las cargan los periodistas bastardos y rastreros. Lastimosos oligofrénicos.
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Lo que hoy les voy a relatar lo escribí hace ya algunos años, pero sigue más vigente que nunca, por ello lo quiero compartir nuevamente sin tocarle una coma.

“Messi, andá a la concha de tu madre”
“Maradona, siga chupando… la tenés bien adentro”
Estas son las tarjetas de presentación en una competición de maleducados, en un programa que vi esta medianoche, Punto pelota.


Como invitado especial, estaba el periodista argentino Martín Liberman.


Una enardecida polémica, más bien grosera disputa, entre el catalán Quim Domenech y el mencionado Liberman.


Una vez más comprobé, que a las antinomias futbolísticas no las carga el diablo, las cargan los periodistas bastardos y rastreros. Lastimosos oligofrénicos.


El argentino teñido con el nacionalismo “Maradoniano” equiparaba la trayectoria del “Dios” de los 80’ esgrimiendo la bandera de subido tono nacionalista. Y así se invocaban causas sagradas, la fe de los cruzados, la épica del Cid Campeador o la “Epopeya Sanmartiniana” o “Cheguevarista”, da igual…


El catalán en la trinchera opuesta, enaltecía al Rosarino que en muchos partidos trascendentes se diluía como un azucarillo, con la vista clavada en el piso. Y mencionaba al “petitó” como lo mejor de la historia del fútbol.


Maradona, claro, tiene más gancho; es la leyenda del indomable. Con mirada desafiante, de morocho atrevido, orillero y marginal. Que cantando el himno en el mundial de Italia, lanzó un “hijo de puta”.


Messi en cambio nunca canta el himno, siempre cabizbajo, como mirando desde debajo de la mesa. Parece el niño del tambor de hojalata o el Marcelino Pan y Vino.


Maradona es Eros y Tanato. Ya va como por la quinta resurrección. Es un juguete roto en manos de la droga y la prostitución. Pero a pesar de su opulenta vida, ya se le voló del hombro la mariposilla de la suerte. Posiblemente la culpa lo convertirá en el escarabajo de Kafka y lo enviará de un patadón al subsuelo espiritual de la gente deplorable.


 
Messi es un ridículo artilugio articulado por Dolce y Gabbana. El “petitó” siempre pide permiso.  


 Maradona inflando el pecho y estirando su cogote gordo, de botella de aceite, les dijo triunfal a los napolitanos: “JA SÓC AQUÍ!!” (al estilo Tarradellas) y les ganó dos ligas. Y haciendo surfismo en el césped con la pelota abatió la flota inglesa de la Reina de los mares, cuando el mundial de Méjico.


Pero Messi, al someterse a los rayos X, se descubrió que tenía la pelota pegada al pie.


A Maradona lo echaron merecidamente por inconducta de él y de su pandilla cuando estaba en el Barça.


A Messi es inconcebible que lo echaran del Barça. Sería como derribar la Sagrada Familia.


Viendo este grupúsculo de papagayos disfrazados de periodistas deportivos, me hizo entender para qué sirven las escuelas y facultades de periodismo deportivo, si después viene un exfutbolista y les copa el puesto, en escandaloso intrusismo que vulnera, para mí, las normativas, estatutos y preceptos de las asociaciones de periodistas, ante el silencio cómplice tanto de los que presiden estas entidades, como de sus miembros afiliados, que al fin y al cabo son los perjudicados, pues se les reducen las de por sí escasas fuentes de trabajo. Los jugadores tienen que hablar con los pies en la cancha, nada más... Y a dar las hurras, porque más tarde puestos como periodistas corren el riesgo de hablar con los pies en la cabeza. Ni siquiera los jugadores (en activo o retirados), que han sido protagonistas, pueden llegar a entender que el fútbol es como la poesía: no tiene claves para llegar a sus profundidades, de la misma forma que sería indebido capturar a un rundún revoltoso o a un pez arisco. Imposible saber sus intenciones llenas de ocurrencias, más que de ideas. ¿Qué luz van a poner sobre el fútbol? ¡Es como ir al cine y encender las luces para ver mejor la película! Llegará un día en que las escuelas de periodismo deportivo educarán a jugadores y que en las canteras enseñarán el arte de hablar. Hasta puede que en Ciencia Políticas adiestren a funanbulistas.

Aunque también se cuenta de un locutor que perdió la voz al leer un libro. Los periodistas se pelean por una primicia antes que por una idea. Vi a muchos dejar el bagaje cultural en el perchero al entrar en el locutorio, por miedo a ser sospechosos de talento o portadores de ideología transgresora.


Hasta yo mismo fui un intruso en el mundo de las comunicaciones como periodista deportivo, oficio que, en la mayoría de los casos, consiste en hablar mucho y rápido sobre cosas que uno no entiende, sentados en inalterables lugares comunes, repartir con retórica dos ideas en veinte frases diferentes y picotear un poco de todo sin saber profundamente de nada., esto para el periodista en general.


Los relatores, por ejemplo, no respetan las pausas al hablar; deben creer que la “coma” va asociada a “beba”, mordiendo las consonantes y alargando las vocales hasta el lunes después del partido, sobre todo la del “gooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooool”. Poseen el don del habla, pero no de la articulación de la palabra. Son la gesta, el vitalismo microfónico que desborda arrasando las reglas gramaticales y la moderación. La radio es un medio donde generalmente se paga mal la inteligencia y en el que la idiocia con voz galana tiene, al menos, el premio de la aceptación tácita mientras no le admire nadie; ese matiz exterior siempre se impone a los contenidos.


¿A quién carajo se le ocurrió esto de los directores técnicos?. Primero porque durante los noventa minutos del partido no dirigen una mierda; sólo gritan al costado de la cancha. Y de técnicos nada, porque no juegan, ni utilizan el instrumento con el que se juegan. ¡Y las jugadas no se pueden repetir!. A lo sumo pueden hablar antes y después de los partidos, en lo que se ha dado en llamar, pomposamente, conferencias de prensa, donde hacen con las palabras todo lo que su absoluta carencia de imaginación les dicta, que consiste en que veinte o treinta idiotas etiquetados como periodistas les pregunten bobadas al estilo de “¿...es justo el resultado...?” o  “¿...porqué cambio a fulano...?”. Pongamos un director de cine, que repite encuadres, escenas, gestos, paisajes hasta la extenuación, y así lograr el efecto más conmovedor. Pero nadie le patea las cámaras, ni intentan arrebatarle el guión.


Un servidor hacía lo que podía... que en realidad era no saber lo que hacía. Llegué puro a la radio, pero de verdad ¿Cómo iba a moderar mis impulsos entre semejante mosaico de insanos mentales? Los jugadores con frecuentes caídas maníaco-depresivas, los dirigentes en la esquizofrenia (ahora se duchan con traje en los camarines junto a los jugadores cuando ganan), los hinchas en la paranoia hipnóticamente arrastrados a cumplir un oscuro mandato de depredación y crimen, y los directores técnicos con poses de bravucón orillero, por más traje y corbata de seda italiana que se pongan. ¡Y los árbitros que se aprenden el reglamento para que se acuerden de sus seres más queridos! Me figuro que quedaría más elegante que en vez de tirarle el “Hijo de puta” de rigor les dijeran: “Me cago en la suegra de la mujer de tu hermano” (su mamá). Los hombres de negro son “blanco” de la negritud más procaz de los hinchas, verdaderos enfermos mentales. Sus broncas, postergaciones, iniquidades, que no pueden descargar contra el diputado a quien votaron o contra el jefe. El árbitro es un desprotegido, una autoridad que sólo sanciona con un pito sin que a nadie le importe un pito si peligra su integridad física, porque está limitado: no tiene ni el derecho para juzgar o sancionar al público ni siquiera denunciar una invasión de campo, su pequeña parcela de poder que dura noventa minutos, por la eterna contradicción entre el derecho deportivo y la justicia ordinaria. Es el destinatario de la impunidad ante la pedrada o el botellazo casi siempre anónimo. Además, apriorísticamente, tanto el aficionado como los medios de comunicación, siempre ponen en duda la honorabilidad de este vilipendiado ciudadano.


Y alguno de mis colegas, que creían que el tensor de la fascia lata es un calzoncillo suspensor tipo Casi o Abanderado, o que existe de verdad el ligamento naso-rotuliano, que yo adjudicaba a los jugadores que agachaban la cabeza al entrar en el área con la pelota. Por eso a veces prefería divertirme, preguntando tonterías con pretensión de desacralizar el afectado mundillo del fútbol, como esa vez que le pregunté a un delantero de Belgrano sobre a quién es más fácil engañar, a un defensor como Aguirre Suárez o a su mujer. Insanos mentales cuya verdadera especialidad, hicieran lo que hicieran, era no servir para nada, en función de una comunidad “civilizada”. Yo no era serio; es más: no sé cómo se traduce eso de la “seriedad” en el fútbol. Así se escucha por doquier: “Jugaron seriamente”, o “Se trata de un equipo serio”, si en este deporte, creo, la mayor seriedad proviene del juego mismo, de la alegría de jugar. En la misma contradicción incurren algunos que dicen: “Jugaron concentrados”, o “Hizo falta concentración”. Y la última joyita lingüística del ex - jugador merengue Michel metido ahora de técnico: “Remató con intención” o “la ocasión fue muy intencionada”. Es de preguntarle: ¿Con qué intención? ¿Buena o mala? ¿Intención de qué? ¿De dar un pase o meter un gol? ¿O de sacarle la cabeza a uno que forma la barrera?.  Como aquel argentino que supo jugar en el fútbol español llamado Scotta, el shoteador más fulminante que pasó por la piel del toro, tenebroso homicida con pelota parada, quien se podía dar el lujo de apuntar a la portería, la cabeza, el plexo solar  y si el que estaba en la barrera no bajaba la cérvis, podía reventarle el hioides o juntárselo con las cervicales.


En el ajedrez sí que es necesaria la seriedad; el fútbol, por el contrario, es fenómeno de dispersión de energías, de distracción, de engañifa de pelota y cuerpo en espontaneidad creadora. Como tal, en cualquier orden (y para que sea eficaz), consiste en ser útil; puede ser más serio un artista cómico que un magistrado de la Nación. En radio, al igual que en el fútbol, más que las ideas valen las ocurrencias y lo más fácil es vender lo malo.

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