


Por Juan Palos
Un mes tras su reelección como diputada, Natalia de la Sota parece suavizar las críticas que antes dirigía a los líderes del peronismo cordobés, Juan Schiaretti y Martín Llaryora. Este cambio de tono merece un análisis cuidadoso, ya que está en juego no solo su futuro político, sino también el rumbo del peronismo en una provincia crucial para el país.
De la Sota ha declarado su intención de hacer crecer su proyecto "Defendamos Córdoba", pero también se muestra abierta al diálogo con otras fuerzas políticas, especialmente aquellas que se oponen al ascenso del libertarismo de Javier Milei. Este matiz es significativo: su disposición a colaborar con diferentes bancadas indica una estrategia pragmática que busca marcar un límite al avance de ideas que podrían fragmentar aún más al peronismo.
La situación es delicada. Con el triunfo de Milei en el panorama nacional, los sectores del peronismo están obligados a replantear sus estrategias. A medida que los desafíos crecen, es evidente que De la Sota debe navegar una política cambiante, en la que la división interna y la búsqueda de una identidad renovada son más críticas que nunca.
Es curioso notar cómo en la Legislatura, sus excompañeros de Encuentro Federal están paralizados ante la falta de definiciones. La incertidumbre no solo beneficia al oficialismo, sino que también revela una falta de cohesión en el bloque que una vez supo ser fuerte. Esta vacilación en la toma de decisiones puede ser perjudicial a largo plazo: los límites de la ambigüedad se están volviendo evidentes, especialmente para aquellos que esperan un liderazgo firme y claro en tiempos de crisis.
La demanda de un proceso de renovación del peronismo en todo el país es fundamental. De la Sota no está sola en su llamado; es un eco en el seno de un partido que necesita rejuvenecerse y encontrar nuevas formas de conectar con los votantes. La figura de Martín Llaryora, quien a menudo es percibido como un potencial promotor de esta reforma, se vuelve central en la narrativa. Sin embargo, su propia meta es la reelección en 2027, y tiene desafíos inmediatos que atender.
Más allá de la política provincial, De la Sota también se encuentra en la mira de dinámicas nacionales. Axel Kicillof, el gobernador bonaerense, ha comenzado conversaciones con figuras descontentas del cordobesismo, y aquí es donde la figura de Natalia puede encajar como un puente potencial. Aun así, el hecho de que continúe siendo vista como una segunda opción refuerza un machismo arraigado en la política cordobesa, algo que De la Sota reconoce y critica con astucia.
En día de hoy, el futuro de Natalia de la Sota y del peronismo cordobés depende de cómo logren transitar esta encrucijada. La urgencia por un cambio en la narrativa y en la práctica es ineludible, y su capacidad para liderar un proceso de transformación será un factor determinante no solo para su carrera, sino para el futuro del movimiento que busca representar. La pregunta finalmente es: ¿estamos viendo el inicio de un renacer del peronismo en Córdoba o solo un ajuste tático que no llevará a ningún lado? Solo el tiempo dirá si la suavización de sus críticas es una estrategia inteligente o un costo demasiado alto en la búsqueda de la unidad y la renovación.





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