La UCR busca encausar su rumbo errático a nivel nacional. La posición de Córdoba y la eterna rosca de los "boina blanca"

OPINIÓN Jorge Levin
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JORGE LEVINJorge Levin

La UCR de Córdoba se enfrenta a un momento crucial en la sucesión de Martín Lousteau al frente del Comité Nacional, una situación que revela la falta de unidad y dirección de un partido en crisis. Con la mirada atenta en la Convención que se llevará a cabo el 12 de diciembre, figuras como Soledad Carrizo, Elisa Caffaratti, Javier Bee Sellares y Ramón Mestre dejan claro que las tensiones internas son palpables y profundas. Este conflicto interno no solo pone en evidencia la fragmentación de la UCR, sino también su incapacidad para articular un discurso cohesivo en un contexto donde la polarización política, impulsada por Javier Milei y sus postulados libertarios, ha marcado un surco que amenaza con ser irreversible.
Es significativo que mientras Carrizo proponga al gobernador de Mendoza, Alfredo Cornejo, como un posible líder, otros, como Caffaratti, parecen moverse con precaución, evitando decisiones que podrían perjudicar su posición en el Concejo Deliberante de Córdoba. Esta lucha por el poder revela más que una simple batalla administrativa; refleja un partido que ha perdido su pie y busca desesperadamente la manera de aferrarse a sus bases, aunque estas se hagan cada vez más vulnerables.
Los radicales cordobeses, en su estrategia, están más concentrados en proteger los 170 intendentes que representan su verdadero capital político que en cimentar un proyecto de ideología clara. Esta obsesión por el control municipal no es solo pragmática; es un reconocimiento de que el terreno fértil que alguna vez fue la UCR ahora está siendo disputado ferozmente por otros actores políticos, como La Libertad Avanza y el Frente Cívico. En consecuencia, existe una sensación de urgencia: mantener el dominio en los municipios es vital para su supervivencia electoral.
La lección que se desprende de los recientes resultados electorales es clara. La desconfianza hacia la dirección de la UCR se ha intensificado, especialmente tras el magro desempeño del partido, que apenas logró un 3% en las elecciones de octubre. La apertura hacia el mestrismo, impulsada por Ferrer, puede ser vista tanto como una señal de pragmatismo como un indicio de debilidad. ¿Cómo puede un partido que ha sufrido tan duras derrotas aspirar a consolidarse como una alternativa viable si no escucha y se adapta a las demandas de su base?
El futuro de la UCR en Córdoba parece ser una mezcla de incertidumbre y pragmatismo. La necesidad de mantener una relación con el gobernador peronista Llaryora revela una intención de evitar la disfuncionalidad, pero también abre un debate interno sobre el costo de esta colaboración. ¿Es posible coexistir con el peronismo sin perder la identidad radical? La historia reciente responde que no es fácil, y el espectro de la funcionalidad al gobierno provincial sigue presente, planteando serios interrogantes sobre la viabilidad de un proyecto político coherente que realmente represente los intereses de los votantes.
En este torbellino interno, Rodrigo de Loredo se presenta como un contendiente que busca recuperar el liderazgo municipalista, preparándose para el futuro con encuentros estratégicos. Sin embargo, esto también plantea una inquietante pregunta: ¿los intendentes realmente quieren un liderazgo que provenga de la dirección partidaria o prefieren un liderazgo más autónomo? La UCR, al no saber responder a estas preguntas, se arriesga a convertirse en un partido irrelevante en un panorama político cada vez más fragmentado y competitivo.
La elección de autoridades en el Foro de Intendentes de la UCR a finales de diciembre será testigo de estas tensiones. La continuidad de figuras como Dagum y Casali puede ser vista como una apuesta a la estabilidad, pero también refleja un temor profundo a la innovación y a la adaptación a los nuevos tiempos. La UCR está en una encrucijada: ¿logrará redefinirse y conectarse con su electorado, o seguirá atrapada en viejas dinámicas que solo la empujan hacia un inevitable desvanecimiento? El tiempo nos dará la respuesta, pero lo cierto es que su futuro depende de la capacidad de sus líderes para transformar la fragmentación en unidad y la desesperación en una visión compartida.

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