
Cristina Kirchner está construyendo su propia tierra arrasada
OPINIÓN06 de abril de 2022 Luciana Vázquez*

El mismo lunes que el presidente Gabriel Boric aterrizó en Buenos Aires desde Chile, también llegaron encuestas de opinión sobre la aprobación, o desaprobación, que se registra en la sociedad chilena en relación a dos puntos centrales. Por un lado, la figura del nuevísimo presidente Boric, que apenas lleva 25 días como presidente del país trasandino y ya sufre una baja de su aprobación y una suba de desaprobación por parte de la ciudadanía chilena: el 35% de los chilenos desaprueba su gestión. Por otro lado, se supo que creció el porcentaje de chilenos que desaprueba la Constitución que se sigue discutiendo en la Asamblea Constituyente y hoy son más los que la rechazan que los que la aprueban: el 46% de los chilenos toma distancias de las reformas conocidas hasta el momento y que tendrían más consenso en la Asamblea.
Así surge de la encuesta de Plaza Pública Cadem, una de las más respetadas en Chile. Detrás de esas cifras hay una cuestión central que repercute en la Argentina y, muy especialmente, en el Frente de Todos y la vicepresidenta Cristina Kirchner. La cuestión es cómo la ciudadanía expresa sus demandas, por qué vías, y cuán abiertos están los políticos a afinar su oído, escucharlas y representarlas. Como mínimo, para retener el poder y fortalecer sus posiciones partidarias. Como máximo, para que ese poder dé respuestas concretas a esas demandas y se dé la convergencia perfecta entre la búsqueda de la supervivencia en el poder, el objetivo chiquito de la política, y el rol trascendente de la política como vía de transformación.
La cuestión es que ni siquiera un joven político como Boric, surgido de las filas de la militancia universitaria en las calles, con protagonismo indiscutido en las movilizaciones del estallido social de 2019 que desde entonces busca ampliar las bases de derechos la sociedad chilena y que logró colarse en las grandes ligas de la política que disputa el poder presidencial para arrebatárselo a la elite chilena de siempre, es capaz de mantenerse en diálogo fluido permanente con los ciudadanos que representa. A Boric también le llegan, mucho más rápido de lo pensado, la inestabilidad y la incertidumbre en su vínculo con la ciudadanía.
En ese sentido, el caso argentino está en peor situación. El kirchnerismo viene tejiendo con éxito un fracaso político anclado en una distancia cada vez mayor con sus votantes, reducidos cada vez más a su núcleo duro. Una suerte de sordera política cuyo mejor representante es, en las últimas semanas, la vicepresidenta. En ese punto, los Fernández vienen corriendo hace tiempo, a poco de asumir el gobierno, una suerte de carrera de postas: después de que el presidente Alberto Fernández llevó la delantera durante meses, con el Olivos Gate y el Vacunatorio Vip, por citar apenas dos ejemplos entre otros que podrían integrar una larga lista, ahora es la vicepresidenta la que tomó la posta del distanciamiento con la realidad de los argentinos. Pero también con la base de la coalición gobernante e inclusive, con muchos de sus propios dirigentes: en el peronismo, el poder ordena. Sin poder, la dirigencia justicialista ya tira los dados para reconstruir alianzas. Sergio Massa es un claro exponente de esos malabarismos.
Cristina Kirchner no deja de restarle efectividad al animal bicéfalo que creó para llegar al poder. En esa empresa, lima tanto su poder, su peso político en la sociedad y condena la hegemonía que alguna vez conquistó. Por el momento, parece preferir una suerte del destino de okupa del poder y concentrar su estrategia en los organismos con cajas clave para cerrar el cuadro de la foto, concentrarse en botines tácticos de control del Estado y resistir hasta que el futuro del Presidente y sus políticas esté más claro. Más allá de la retórica que insiste con el pueblo, hay un darle la espalda a la gente. Una tensa calma rodeado de los propios, sin ventanas al exterior.
La actitud no es nueva: la baja intensidad de sus manifestaciones públicas sobre los muertos durante la pandemia y el foco en las causas judiciales que afectan a su familia van en esa línea.
Las últimas semanas sumaron hechos. Uno de ellos, la centralidad que le dio a la denuncia de atentado contra su persona, por las pintadas en el Congreso y las pedradas a su oficina, en medio de la crisis acuciante. Otro, la intencionalidad con la que transformó el acto del 2 de abril en homenaje a los excombatientes y caídos en Malvinas en un discurso geopolítico sobre las élites argentinas y su vínculo con Estados Unidos y, tácitamente, en una crítica al presidente Fernández. Todo el pasaje sobre el libro de Juan Carlos Torre, Diario de una temporada en el quinto piso, que narra los años del gobierno de Raúl Alfonsín, y la elección de la vicepresidenta de una explicación para su debacle (una dependencia de los organismos de crédito internacional moldeados a la medida de los intereses de EEUU), es una muestra de lo lejos que está del dolor que representa esa fecha. La referencia farsesca a la vocera de Fernández y ese libro como regalo al Presidente, en el que avizora un posible Alfonsín, es la frutilla de la torta. De los cuatro momentos de aplauso que hubo en el discurso en el Congreso ese día, ese fue el más sonoro e incluyó gritos de aprobación.
En el plano de la ciudadanía, el ensimismamiento en la interna es el dato. Con la guerra de Ucrania como horizonte y la visión diaria de esas caras de adolescentes y jóvenes víctimas de la guerra, se hace más patente el escándalo moral de haber llevado conscriptos a pelear a Malvinas. Y sin embargo, en el acto del 2 de abril la vicepresidenta se concentró en horadar la autoridad presidencial.
¿Qué tipo de poder diseña la vicepresidenta en esta etapa? Todo parece indicar que es un poder reducido en su tamaño y restringido en su alcance, con un funcionamiento centrado en la obstaculización. Si no se puede gobernar, al menos se puede entorpecer a quien detenta el poder: ese parece ser el lema de Cristina Fernández hoy.
En su estrategia de diferenciación del gobierno al que pertenece, esas paradojas que nacen en el seno de la puja de las internas peronistas, Cristina Kirchner está produciendo un cimbronazo en el mapa político. Impactará en la unidad del Frente de Todos, con consecuencias electorales si efectivamente el oficialismo no renueva su mandato no sólo por la falta de política económica del presidente Fernández sino por las consecuencias de la profecía autocumplida que fabrica a conciencia su vicepresidenta.
Un impacto en la sobrevivencia del kirchnerismo, cada vez más recluido en su rincón de leales, no está descartado. El solo hecho de haber perdido el carácter hegemónico y la supremacía moral electoral, por la cual el kirchnerismo se autopercibía como la fuerza naturalmente destinada a representar la voluntad popular, ya representa un cambio de época.
El problema de cómo la ciudadanía se expresa, por qué canales, es central no sólo en Argentina. El triunfo de Donald Trump o el resultado Brexit fueron de los primeros hechos políticos que demostraron que hay tendencias ciudadanas que no encuentran canales para expresar sus puntos de vista en una opinión pública que no les reconoce entidad política. Hasta que un día se expresan y lo cambian todo.
La pregunta argentina, aplicada al kirchnerismo y a Cristina Fernández, es: ¿hasta dónde una coalición como la que intenta retener hoy a la diáspora justicialista que evita las PASO sistemáticamente puede representar las lógicas nuevas de los votantes y sobrevivir?
En Chile, el presidente Boric tomó por sorpresa a la sociedad cuando mostró su fortaleza en las primarias y la primera vuelta, el año pasado, hasta quedarse con la presidencia. Boric pareció expresar la calle. Y las elecciones parecieron dar lugar a un nuevo Chile. La reforma constitucional pareció canalizar mejor que nunca la voz de la mayoría que reclamó en las calles de Chile en 2019. Hoy, a pesar de todo, esa escucha está cuestionada. Pero ese riesgo es todavía mayor si la clase política le da abiertamente la espalda. Es el caso de Cristina Kirchner, que está construyendo su propia tierra arrasada.
* Para La Nación


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