El autogolpe blando de CFK, Massa y La Campora

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Producto más de los errores o de las limitaciones propias que de las capacidades ajenas, la oscilante resistencia de Alberto Fernández cedió finalmente ante la aceleración hacia el abismo económico-financiero y el nuevo embate –esta vez coordinado– de Cristina Fernández de Kirchner y Sergio Massa.

Así, en la práctica, el Presidente se desliza hacia un costado protocolar, con una lapicera descargada aunque la formalidad se mantenga. Al estilo de las jefaturas de Estado europeas que tanto admira, dominadas por el sistema parlamentarista.

De hecho, su comunicación en redes del arribo de Massa como superministro económico (“He convocado…”) o la de la propia Casa Rosada (“El presidente Alberto Fernández ha decidido reorganizar…”) sobreactúa una autoridad de la que adolece.

Al revés de los antecedentes de autogolpes de Estado en la región –como en los 90 el de Fujimori en Perú o en este milenio el de Maduro en Venezuela–, la fragilidad de Alberto F no da para ese volantazo autocrático, por suerte. Prefiere abrir la puerta a la capitulación interna y que quienes tienen los votos en la coalición oficialista asuman el protagonismo: CFK, Massa, gobernaciones, intendencias.

“Si no interveníamos, chocábamos”, se justifica un camporista de paladar negro que combatió como pocos a Massa antes de que el rechazo a la posible reelección de Mauricio Macri pariera el Frente de Todos.

Aquel espanto los unió y el temor actual los llevó a renovar un vínculo societario de poder para intentar evitar lo que hace unos días les parecía casi inevitable. 

Ya no solo se trataba de la presunción de una derrota electoral rotunda en 2023. La vicepresidenta empezó a recibir señales de que estaba en riesgo la gobernabilidad y que por primera vez en la historia el peronismo podía llegar a adelantar las elecciones y la entrega del poder sin que mediara el fantasma de un golpe cívico-militar.

A esa conclusión terminó de arribar, según relatan a su alrededor, durante la veloz descomposición política, financiera y económica que se desnudó a partir del portazo de Martín Guzmán a principios de julio.

Si bien ello permitió la reanudación del contacto con el Presidente (no la confianza entre ellos, que se mantiene inalterablemente rota), apenas fue un amague. Lo ve sin reacción ni fortaleza para encarar la grave crisis del país y del Gobierno. Elijan su propio orden.

Aquel fin de semana de furia contra Guzmán, que comunicó su renuncia en medio de un discurso de Cristina, Massa activó los mismos resortes y demandas que estos últimos días para desembarcar en el Poder Ejecutivo. El Presidente trató de aguantar la entrega de la lapicera y la Vicepresidenta decidió darle lo que acaso era su última oportunidad de activarse, que se sumaba a que la figura del jefe de la Cámara de Diputados le sigue generando ciertos recelos, por decirlo de manera diplomática. Es mutuo.

La fugaz y gris performance de Silvina Batakis, a la que no vetó pero le escamoteó en público cualquier respaldo, más la palabra de algunos empresarios de peso y de gobernadores que mutaron rápidamente su apoyo inicial a la nueva ministra, convencieron a CFK de que había que jugar la bala de plata con Massa antes de que fuera demasiado tarde. Se verá si no lo es ya.

Aunque todavía no se rearmó todo el rompecabezas que es el loteo del FdT en la gestión, Cristina y Massa acordaron repartirse el poder económico de la Administración Fernández. Por eso el massismo conducirá el superministerio pero no toca áreas sensibles para el kirchnerismo, como Energía (e YPF), Anses, PAMI y acepta que un leal K como Carlos Castagneto encabece la AFIP.

Alberto F acepta la intervención (¿tenía opción?) e intenta guarecerse en un puñado de rincones, como la Cancillería de Santiago Cafiero y la desteñida Jefatura de Gabinete, adonde se muda el poco expuesto álter ego presidencial, Juan Manuel Olmos.

Pese a lo que se afirma sobre continuidades, convendría prestarles atención a los movimientos que pueda haber en los próximos días en otras dependencias sensibles. Tal vez no cambien las cabezas, por eso habrá que mirar por debajo del agua en el Banco Central, el Ministerio de Trabajo y el Ministerio de Desarrollo Social. Para empezar.

Fuente: Perfil, sobre una nota de Andrés CALVO

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