
Argentina puede superar el subdesarrollo
EDITORIAL31 de julio de 2022 Isaías ABRUTZKY / Especial para Diario Córdoba

Isaías ABRUTZKY / Especial para Diario Córdoba
Tanto la historia como los más recientes acontecimientos muestran la falacia de la convicción de que el ahorro interno del país en insuficiente para financiar el desarrollo y por tanto es imprescindible el aporte de capital foráneo tanto en la forma de inversión extranjera directa como mediante préstamos de organismos multilaterales de crédito y de otras naciones.
El caso más flagrante es el del Fondo Monetario Internacional, una calamidad que castiga con furia a la Argentina, acorralándola en lo económico y chupándole la soberanía con ávidos colmillos. Tanto Perón como Néstor Kirchner tuvieron esto muy en claro y lograron desembarazar a la Argentina de semejante flagelo, lo que derivó en prosperidad para la nación y bienestar para su pueblo.
La muestra más acabada de lo que significa la “ayuda” del FMI está representada por el préstamo de 47 mil millones de dólares, cifra inédita en la historia de ese organismo, que rompió todos los records en la materia y dejó al país de rodillas. Y lo insólito del caso es que ni un solo dólar de ese monto descomunal sirvio siquiera para poner un solo ladrillo en la Argentina: se tomó solamente para que los especuladores extranjeros que -cambiando en su momento sus dólares por pesos, a favor de un tipo de cambio estable y altas tasas de interés en moneda nacional- hicieron diferencias financieras espectaculares. En un momento dado, cuando ya no quedaron más divisas en el país, resultaron atrapados en moneda argentina. El préstamo del Fondo, entonces, vino para permitirles retirar sus capitales y ganancias (y apoyar la reelección de Mauricio Macri), dejando para los argentinos un agujero que requerirá generaciones para cerrarse.
La falacia de la carencia de ahorro interno se desnuda tan solo teniendo en cuenta el dinero que los argentinos pudientes llevaron a las guaridas fiscales (que abundan en el mundo) y que según muchos cálculos más o menos coincidentes se estima en 1 Producto Bruto Interno, es decir toda la riqueza que se produce durante un año en la Argentina.
Parte de ese dinero se fue en forma legal (de ética ni hablar), pero otra cruzó las fronteras mediante procedimientos delictivos, que desgraciadamente siguen plenamente en operación. El contrabando de granos es tan alevoso que ni cabe mencionar. Las maniobras en los puertos cerealeros, en manos extranjeras, y el embarque en una flota fluvial en la que ya no flamea la bandera celeste y blanca aportan más al delito que al fisco.
Inversiones
Las conducciones de la economía argentina parecen atrapadas en una opción binaria respecto del ahorro de los habitantes del país: comprar dólares con los pocos o muchos pesos que se ganan, o poner su dinero en plazos fijos (también se puede invertir en bonos del gobierno y, aunque el movimiento en este terreno tiene gran importancia, no es tan accesible al gran público). A ningún funcionario se le ocurre un modo distinto. El resultado es que cuando el ciudadano de a pie -y el rico especulador también- considera que el dólar está barato busca rellenar su colchón con esta moneda. Y muchas veces la desesperación de ver licuándose a sus ahorros lo lleva a comprar la moneda extranjera aún cuando su precio es ridículamente alto. Lo muestran los números de estos días, en que la divisa norteamericana alcanzó los 350 pesos, para desinflarse ahora a menos de 300. Oviamente, quienes se angustiaron por la depreciación del peso y fueron a refugiarse en el dólar durante ese pico, perdieron buena parte de su capital. Lo mismo ocurrió en el 2020 y aquellos que no quisieron asumirlo en su momento y esperaron la recuperación debieron tener mucha paciencia.
Para apaciguar el avance del dólar informal, una de las medidas clásicas es elevar la tasa de interés. Con esta opción se espera que los inversores se tienten, y pasen al plazo fijo. Esto ocurre; la presión sobre el dólar disminuye y el precio, por un tiempo baja, con lo que quien depositó en plazo fijo se beneficia doblemente, porque obtiene sus intereses y -con suerte- puede luego recomprar sus dólares a menor precio.
El problema es que esa forma de frenar al dólar tiene un costo, que no es pequeño: el banco, que paga más al ahorrista, también le cobra más a quien toma un préstamo, tanto a un particular como a la industria y el comercio. Y así aumenta el costo de las operaciones fogoneando la inflación.
Si uno se pregunta cómo salir de esta trampa, la respuesta es obvia: derivar el dinero sobrante de los particulares a la actividad productiva. Y eso se hace a través del mercado accionario.
En la Argentina, en ese tema, está todo mal. Una Bolsa con movimiento mínimo, operada por personajes que no merecen ninguna confianza, y que constituye un universo misterioso que prácticamente le está vedado al hombre y la mujer comunes. En los países desarrollados, el inversor en bolsa puede abrir una cuenta desde su casa, tiene acceso instantáneo a ella y puede operar en décimas de segundo.
Los ciudadanos de los Estados Unidos están familiarizados con el manejo de las acciones de bolsa; existe una familia de planes muy popular, denominados 401K, por los cuales los trabajadores de las empresas pueden destinar parte de sus salarios -a veces también con un aporte patronal- a la compra de acciones, deduciendo su importe de la suma imponible. Dado que el impuesto a las ganancias es muy alto allí, este sistema representa un beneficio neto para el trabajador.
En la Argentina, donde hay mucho por hacer en los más variados terrenos, el ingreso a los mercados de capitales de los ciudadanos permitiría realizar muchas obras de infraestructura, a través de empresas mixtas de control estatal, con rentabilidad asegurada. De esta manera la Argentina podría salirse del péndulo dólar-tasas y -con viento a favor- terminar domando la inflación y lanzando al país al desarrollo.


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