La nueva disputa global por el petróleo

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Las derivaciones del conflicto entre Rusia, Ucrania y la OTAN son cada vez más amplias. Además de las consecuencias principalmente económicas de las sanciones a Rusia, vividas con particular intensidad en Europa Occidental, últimamente se han producido también distintos resultados en el campo político, sobre todo, en el escenario siempre complejo de Medio Oriente.

La reciente cumbre producida en Teherán entre los presidentes Vladimir Putin, de Rusia, Ebrahim Raisi, de Irán, y Recep Tayyip Erdogan, de Turquía, no sólo evidenció la existencia de una entente con clara influencia en el Medio Oriente sino también capaz de desafiar a los países occidentales, y principalmente a los Estados Unidos, casi al mismo tiempo en que Joe Biden realizaba una gira por Israel y Arabia Saudita para demostrar que Estados Unidos todavía sigue teniendo un peso decisivo en la región. 

Más allá del diálogo en torno a Siria, el principal eje del encuentro se centró en el conflicto en Ucrania. Raisi y Erdogan no sólo le demostraron su apoyo a Putin (ya que, en palabras del gobernante iraní, resultaba “inevitable” el enfrentamiento con la OTAN). Según información de Washington, el apoyo se traduciría en expresiones de ayuda militar a través de la utilización de drones de fabricación iraní. El gobierno de Raisi no desmintió esta información que, en caso de ser cierta, llevaría a la guerra a una nueva fase.

Dejando de lado el aspecto militar, el principal resultado del encuentro en Teherán se produjo en términos económicos y energéticos. Las compañías nacionales de energía de Irán y Rusia, firmaron un Memorando de Entendimiento, considerado como “histórico”, según el cual la empresa rusa participará en la extracción de petróleo y gas en varios sitios de la nación persa por un valor potencial de 40 mil millones de dólares. 

El acuerdo energético supone toda una novedad para dos gobiernos que han sido sancionados por distintos motivos, con impacto en sus propias economías, y que en la actualidad buscan dar señales de fortaleza (y que, más allá de la prédica lanzada constantemente desde Occidente, no necesariamente son “amigos” ni tampoco han forjado una unidad indisoluble).

Lo que en todo caso sí podría considerarse como una novedad de estos tiempos, marcados por conflictos, realineamientos y, sobre todo, incertidumbre en el corto plazo, es la intención de Washington de comprar petróleo de procedencia iraní, en parte, para contribuir a la baja del precio de un recurso cuya escasez, promovida por la política de sanciones aplicada desde Occidente, vivió una importante alza desde el inicio del conflicto en Ucrania.

En efecto, el gobierno de Biden está realizando evaluaciones para disminuir las sanciones a Irán bajo el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés). Con esta iniciativa, busca obtener un mayor volumen de petróleo en el mercado global sin aumentar su extracción, un elemento fundamental en la agenda verde del gobernante. A cambio, Teherán encontraría concesiones para continuar con su política nuclear.

Así lo expresó, John Kirby, portavoz del Consejo de Seguridad Nacional, cuando anunció que un nuevo acuerdo nuclear con Irán tendría “efectos colaterales positivos” que incluirían precios más bajos para la gasolina. En los mismos términos se expresó la subsecretaria de Estado Wendy Sherman en una entrevista el pasado 12 de julio al mencionar que todavía era posible conseguir un nuevo acuerdo con el gobierno de Irán, el que “sólo tiene que decir que sí”.

Sherman concluyó su intervención afirmando que los iraníes “obtendrían un alivio de las sanciones. Podrían mejorar su economía y vender su petróleo nuevamente y el mundo necesita el petróleo, para poder obtener un buen precio por él (…). La Unión Europea, los franceses, los alemanes, los británicos que han negociado este acuerdo, junto con Rusia y China, todos quieren este acuerdo”.

Por supuesto, la iniciativa de Biden ha generado una amplia oposición interna, desde empresas que buscan aumentar la extracción petrolera en Estados Unidos a dirigentes demócratas y republicanos que se oponen a una política blanda hacia Teherán. Los mismos resquemores se perciben en naciones de Medio Oriente como Israel y Arabia Saudita, cada vez más relacionados en su común aprensión hacia el régimen chiíta. Justamente, la reciente gira de Biden por estos países bien pudo ser un intento por apaciguar los ánimos.

En definitiva, la disputa geopolítica por el petróleo iraní constituye el último paso de una trama de sanciones totalmente irracional que, en un mundo cada vez más globalizado, termina afectando también a los gobiernos promotores de embargos y penalidades, como actualmente se puede observar en Europa, y como un preanuncio de lo que seguramente ocurrirá en el próximo invierno boreal.

Pese a la crisis creciente en los que se ven inmersos con el correr de los días por la falta de insumos energéticos, los mandatarios de la OTAN persisten así en una política firmemente hostil hacia Rusia antes que favorecer el diálogo e iniciativas concretas de pacificación en el trágico escenario ucraniano.

Fuente: Página12

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