Mike Pence da un paso al frente hacia una posible candidatura a la presidencia de EE UU en 2024

INTERNACIONALES 23 de julio de 2022 Por María Antonia SÁNCHEZ-VALLEJO
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La rectitud de Mike Pence, vicepresidente de EE UU cuando el asalto al Capitolio, el 6 de enero de 2021, pudo costarle la vida de haberse salido con la suya la turba de seguidores trumpistas que pedía a gritos su cabeza. Como entonces, cuando marcó distancias del extraviado Donald Trump, vuelve a hacerlo de cara al futuro, valorando la posibilidad de presentarse a la presidencia en 2024. Si aquel día Pence se negó a secundar los desmanes de su jefe, hoy se afirma como posible opción para remplazar a Joe Biden en la Casa Blanca. De entrada, cuenta con el aplauso de muchos republicanos por haber rechazado la deriva antidemocrática de Trump, pero, al igual que la candidatura del magnate, todo está en el aire y a la vez todo alumbra tal posibilidad. El nombre de Pence, aun sobrentendido, suena ya para la carrera presidencial.

Pence, ultraconservador cristiano evangélico que aquel 6 de enero puso por delante de su ideología y su lealtad personal la legalidad, participó este miércoles en un culto en un templo baptista de Florence (Carolina del Sur) para divulgar su verdad revelada. “Nos encontramos en un punto de inflexión en la historia de Estados Unidos”, predicó Pence a unos 1.500 feligreses. “La Biblia nos dice que sin una visión, el pueblo perece”. Y su visión, entreverada de citas de las Sagradas Escrituras y de llamamientos a la acción, cobró vida en ese vivero de votos evangélicos, uno de los principales apoyos del expresidente Trump en 2016.

Pence habló de la lucha contra el aborto tras la derogación de la doctrina Roe contra Wade por el Tribunal Supremo, y que a su juicio no ha hecho más que empezar; sobre la necesidad de una reforma fiscal y de cómo frenar a los crecidos demócratas en las guerras culturales que desgarran, y polarizan hasta la violencia, el país. Pence abordó muchos temas, pero ni una sola vez se refirió a Trump, a quien no nombró pese a recordar su época en la Casa Blanca. “La Administración Trump-Pence”, dijo en el acto, una mezcla de liturgia y de mitin.

A diferencia del advenedizo Trump, que llegó a la Casa Blanca gracias a su éxito empresarial y mediático, Pence ofrece solvencia política: fue congresista durante seis mandatos y gobernador de Indiana antes de llegar a la Casa Blanca como leal escudero del magnate. Esa experiencia y la credibilidad interna le sirven ahora para remendar los destrozos que en el partido republicano ha causado Trump, multiplicados en los últimos meses por el apoyo del magnate a candidatos ultramontanos contra los representantes del establishment republicano en las primarias. Un pulso con luces y sombras, porque a Trump no siempre le sonríe la victoria en su intento de pergeñar el partido a su imagen de rey destronado.

Desde la ruptura entre ambos, hace 18 meses, Pence se ha reafirmado como una opción sensata ―pese a su discurso ultra― y sobre todo independiente. Al igual que Trump, que juega con la posibilidad del anuncio ―es decir, con los tiempos y con la expectación multiplicada por los sobrentendidos—, el equipo que rodea al antiguo vicepresidente solo dice que es probable que dé ese paso, independientemente de la decisión de Trump. “Pence se está creando su propio espacio”, ha declarado el expresidente de la Cámara de Representantes Newt Gingrich. Es decir, el espacio que deja libre la facción más derechista del partido, con la fuerza de choque de los movimientos MAGA (Make America Great Again) y Stop the Steal, ese viscoso magma de teorías conspiradoras inoculadas por Trump, pero que, como un Frankenstein rabioso, van más allá de él.

En privado, porque la sombra de Trump resulta aún muy alargada, muchos congresistas republicanos esperan que su partido recupere la identidad anterior a 2016, cuando la derecha consideraba a Pence como un símbolo de solidez conservadora. El problema es que, en público, pocos se atreven a explicitar su apoyo, con el partido aún semisecuestrado por la personalidad monopolizadora de Trump. Por eso la campaña de Pence, y en especial su labor de zapa entre los representantes del Medio Oeste, es silenciosa, con apariciones contadas en actos de recaudación de fondos, pícnics, barbacoas y esos eventos tan del gusto local. A diferencia de Trump, que vive instalado en su imagen, Pence rehúsa los focos.

Muchos congresistas republicanos que en su día votaron en contra de confirmar la victoria electoral de Biden ―un puro trámite que degeneró en intento de golpe de Estado a instancias de Trump, según la comisión de investigación del Congreso― han terminado cerrando filas en torno a Pence por considerarle el único con capacidad para unir al partido, casi tan polarizado como el país. Entre ellos, Lee Zeldin, que se postula para gobernador de Nueva York en las primarias de finales de agosto: en enero de 2021 votó en contra de certificar la victoria de Biden y, apenas un año después, invitó a un acto de recaudación de fondos a Pence. Prueba de la polarización y de la agresividad reinantes es el intento de ataque que Zeldin sufrió este jueves en otro acto de campaña a manos de un individuo con un objeto punzante, que no logró su objetivo.

Los manifestantes que el 6 de enero de 2021 asaltaron el Capitolio proferían distintos gritos de guerra, uno de los más repetidos “colgar a Pence”. El martirologio del antiguo vicepresidente funciona conceptualmente muy bien a la hora de construir una candidatura, como también lo hace su promesa de limpiar el partido del pecado original de Donald Trump. Sanación y comunión de intereses, un mensaje que parece salido de un púlpito, el que ya ocupa Mike Pence.

Fuente: El País

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