YO QUIERO UNA ESTATUA

LECTURA DEL DOMINGO Por José Ademan RODRÍGUEZ
¡¡Quiero una estatua y en Córdoba!, en la esquina de las calles Rivadavia y 25 de Mayo, frente a la iglesia de la Merced.
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No obstante mi rezongos antiestatuarios les confieso que a mi me gustaría me erigieran una. Podría ser, por ejemplo, al ilustre ciudadano desconocido (es mejor que un monumento a los Caídos o una tumba al Soldado desconocido, por eso de la guerra, ¿no?), ya que andando el tiempo llegué a ser, nada más y nada menos, que José Ademan Rodríguez De Haes. He pensado en lo hermoso que sería perdurar por ser decentes, generosos, trabajadores, honestos padres de familia. Y no se rían, yo quisiera una estatua por ser un negro anónimo, de estética siburiana, arquetipo de la sociedad del malestar ¿Por qué no? ¿Por qué sólo a los famosos, celebres, sabios, héroes, líderes, genios, guapos, santos… les han dedicado estatuas? ¡¡YO QUIERO UNA, CARAJO!! por ser un cualunque retazo de los años cuarenta… ¡Una queja sin espacio en la autopista del siglo XXI! No soy hacedor de ninguna historia, por ser un don Nadie, que se colaba en los tranvías, cines, canchas y bailes. Trabajé, trabajé siempre. Soñé, soñé mucho. En consonancia con muchos argentinos aletargados por complejos vanos, comía, comía y comía. De lloripanzones está lleno el país.


Creo, además, muy original me erijan una estatua. Ya estoy harto de escuchar tonterías pseudopoéticas, como las de aquellos que quieren le arrojen las cenizas al mar, al Sena o en el huerto de su casa, cada uno con su deseo. Lo que corresponde es arrojarlos en el Mar Muerto. ¡¡¡Que me tiren donde sea: no me importa, no me importa un pedo!!! pero ¡¡QUIERO UNA ESTATUA!! ¡Y en Córdoba!, en la esquina de  las calles Rivadavia y 25 de Mayo, frente a la iglesia de la Merced. No molestaré a nadie, no me voltearán como a Marx o Lenin, ni me desmontarán como a Franco, porque nunca fui colmado de honores multitudinarios. Incluso, no valgo nada; mi importancia, les repito, radica en que soy un sufrido ciudadano argentino, como el portero de la escuela, la florista de la esquina, el afilador con su carrito y el silbo quedo que pone fondo musical a la parsimonia siestera o la rompe, el basurero, el cartero, el canillita, gente de las cuales nadie habla, salvo los políticos cuando pueden convertirlos en voto.


Mi estatua será el reconocimiento a los desconocidos. Me creo que soy algo importante, como todos. No me “cogí” a la Amalita Fortabat (un sueño de mujer), no me vendí por dinero o status a mujeres o poderosos, (porque nadie de esa condición me lo pidió, sino hasta el alma al diablo le vendo); no guardo misterios, ni nací como Pelé, en un grano de café, ni como Monzón, en el piso… Ni fui pintor ni cantante. Sé que no tengo una figura muy gallarda, porque me hice a mí mismo (se nota)… No me preocupa, pues antes que el brillo de la estética preferí la limpieza de la ética. Esto último es mentira… si hubiese tenido una facha presentable con unos ojos esmeralda bien puestos, tirando a color cocodrilo, otro gallo hubiese cantado…


Con esta pinta siburiana he tenido pocas posibilidades que me ofrecieran hacer publicidad de agua mineral. Sé que después de muerto mi nombre sólo surgirá en alguna charla de café, y seré motivo de risa para mis amigos (cada vez menos, puesto que se cagan muriendo…).


Me pasó lo que le pasó a todo el mundo, y he repetido lo que se dijo millares de veces. Con la estatua tendré el dominio total de las cosas, sobre todo la materialización del último asado comido, que todos olvidan fácilmente.


Quiero que en mi estatua los enamorados (o los boludos que creen estarlo) me dibujen corazones en el pecho y que alguien escriba “¡¡Viva el papo!!”, la frase más identificativa de Córdoba, verdadero fresco de las paredes, con categoría para imponerse en los frontispicios de los museos. Qué gran enigma: ¿quién fue el papofílico inspirado (coñómano, en versión española) que lanzó el primer grito, viejo y peludo? Que los niños ensayen con tiza figuras de Pluto y el Lobo Feroz, que me vomiten los curdas a las cinco de la madrugada (mejor le pongo a las tres, porque el número cinco es muy lorquiano), que me tiren huevos podridos los hinchas de fútbol amargados después de la derrota. Lo único que pido es que no me pongan pintadas políticas de ningún partido, ni tampoco grafittis: sería como seguir estando sin estar en mi estatua, con la ventaja para los demás de que no pronunciaré una palabra porque estaré muerto de una vez por todas. Aunque uno se puede morir por partes, topográficamente. “Pensar que nacimos juntos y te moriste primero, ¡la puta que te parió!”, le dijo el borracho a la pinchila...


Que no me meen los jóvenes, que son de chorro fuerte por la cerveza, pues el agua horada la piedra. Yo, sin ir más lejos, en mi época de uretra fornida, hacía agujeros en las baldosas... Tiempo puto de próstata desleal... ¡Ahora me salpico lastimosamente los zapatos. 


¿Y si no cuajara la idea de la estatua? Que me graben de cuerpo entero en un sello de correos; ¡así me lamerán el culo!


Pero si al final me plasmaran esta idea, me gustaría que al pie de ella se leyera: 
¡¡Negrito, descansa en paz, que así descansaremos los demás!!

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