El precio de decir siempre la verdad

PARA LEER EN PANTUFLAS José Ademan Rodríguez

hoy

A lo largo de mi carrera intentaron doblegarme, convencerme de decir lo que no pensaba, de ser complaciente con el poder de turno y de no incomodar a nadie. Nunca acepté ese camino.

Muchos entienden el periodismo como un simple negocio. Yo siempre lo entendí como un compromiso sagrado con la verdad. Una verdad que, muchas veces, también me perjudicó. Jamás especulé ni elegí el silencio para quedar bien con alguien.

Ser frontal me costó caro. Me trajo problemas, presiones, operaciones y enemigos. Pero también me dio algo que no tiene precio: la tranquilidad de caminar con la mochila vacía, la conciencia limpia y la cabeza bien alta para mirar a cualquiera a los ojos.

Nunca me interesó agradar. Me interesó informar. Nunca busqué aplausos. Busqué ser fiel a mis convicciones. Porque el periodista que adapta sus palabras para no incomodar deja de ser periodista y pasa a ser un vocero de las circunstancias.

Si con mi trabajo incomodé a muchos, entonces hice lo que un periodista debe hacer. Porque el periodismo no está para fabricar amistades con el poder ni para cuidar privilegios. Está para contar la verdad, aunque moleste, aunque duela y aunque tenga consecuencias. El silencio cómplice jamás será una opción para quien eligió esta profesión por vocación y no por conveniencia.

Esa fue, es y seguirá siendo mi única manera de ejercer el periodismo. Mientras tenga la capacidad de escribir y de expresar lo que pienso, voy a seguir siendo exactamente el mismo. No pienso cambiar ni un milímetro para agradarle a nadie.

Y cuando ya no esté en este mundo, ojalá mi mayor legado no sea un premio ni un reconocimiento, sino haber demostrado que todavía es posible ejercer un periodismo libre, independiente y sin arrodillarse ante nadie. Si las nuevas generaciones encuentran en mi trayectoria un ejemplo de coherencia, sentiré que todo valió la pena.

A quienes alguna vez molesté con mis palabras, solo puedo decirles que nunca hubo odio, resentimiento ni intereses personales. Simplemente hice lo que mi conciencia me indicaba que debía hacer. Porque un periodista puede equivocarse, pero jamás debe traicionar sus principios. Esa, para mí, es la verdadera esencia de esta profesión.

                                                                                                                   FAIRMA JOSÉ ADEMAN

Por José Ademan Rodríguez

Era una de esas tardes grises en Córdoba. El aire se sentía espeso, como si la ciudad misma respirara pesadumbre. Yo me encontraba en el pequeño estudio de LV3, una radio que había sido mi hogar durante años. En la sala contigua, mis compañeros debatían en voz baja el futuro del programa “Radio Verano ‘72”.
Carlos Franco, el carismático director del programa, me miraba con preocupación.
—Negro, está muy chato el programa. O anodino, o… ¡qué sé yo! ¡No podemos dormir a la gente! —dijo, golpeando la mesa con un puño.
¿Y si hacemos una elección al aire? —sugerí, sintiendo que algo chispeante florecía en mi interior. —La gente puede votar por su candidato y podríamos hacer un programa con contenido real, algo que no se escuche en otro lado.
Carlos arqueó una ceja, cauteloso.
—¿No te parece un poco arriesgado? ¿No nos vamos ameter en problemas? Estamos en plena dictadura Ngero querido, los que gobiernan son los milicos, no te olvodes de eso.
—¡Y… quilombo va a haber! —respondí, riendo. —Pero es nuestra oportunidad de demostrar que se puede hacer algo diferente.
Finalmente, su escéptica sonrisa se transformó en una risa compartida. ¡Vamos para adelante Negro, que pase lo que tenga que pasar!
—¡Adelante! Pero antes, vamos a celebrarlo, que esto puede salir muy bien, ....o muy mal

Una sola quiero dejar dicho de antemano, pase lo que pase, yo me hago responsable, no te quiero meter en lios Carlitos, si hay quilombo que me peguen a mi, si no no hy trato.

Mientras el equipo de LV3 se preparaba para recibir las llamadas de lo que era algo absolutamente inédito para la época, sentí que una mezcla de valentía y locura me invadía. Con el micrófono encendido, anuncié:
¡BUENAS TARDES, AMIGOS OYENTES! ¡Hoy, en el Cuarto Oscuro de LV3, podrán votar en directo! ¡Llamen al teléfono y expresen su opinión!
El teléfono sonó casi de inmediato. El operador, el querido Negro Ricardo Sandobal me miraba con sorpresa y temor.
¿Qué hiciste, Ademan? —me preguntó, sus ojos desorbitados.

En menos de cinco minutos, el teléfono colapsó. La pregunta en el aire era: ¿Quién ganaría una hipotética e imaginaria elección, Perón o Lanusse? La tensión se podía cortar con un cuchillo.
Mientras las llamadas se sucedían, un compañero se acercó con cara pálida.
¡Ademan! Te llaman del tercer cuerpo de ejército.
Sonreí, confiado y descreído, que me llame Perón si quiere, o el milico Lanusse le contesté, a los dos le voy a decir lo mismo:
¡Que me chupen un huevo!
El rostro del compañero se volvió blanco.
—Es en serio, piden hablar con la dirección...
Sentí que mi corazón latía más rápido. Conocía el costo de la verdad en un país atravesado por la censura.
—¿Y el pueblo? ¿Dónde está? —me pregunté mientras salía del estudio con la vista perdida en cualquier lugar, sabía el final de la aventura.
Caminé por las calles, donde el día transcurría normalmente, entre asados y juegos de cartas, ajeno a las balas de tinta y gritos silenciosos de quienes habían sido apagados por el sistema.
Días después, me encontré con Francisco Berra, un poeta y periodista, en nuestro café de siempre. Me miró con seriedad.
José, a veces la verdad es un arma de doble filo.
Fruncí el ceño.
—¿Te refieres a que debería callar?
—No, amigo. Lo que digo es que, a veces, el silencio es el mejor arma para quienes viven de la mentira  y el autoritarismo—me respondió, tomando un sorbo de café.
Inspirado por su preocupación, Francisco recitó unos versos que resonarían en mi mente:
—"Tenías la verdad a flor de labios, y ésa fue la vertiente de tus males..."
Las palabras se grabaron en mi mente, pero en el fondo de mi ser sabía que era imposible callar.
Días más tarde, fui llamado a la oficina del director.
—José, tu arrebato ( en realidad dijo tu pelotudez) no quedó sin efecto... , era otra de las tantas patadas en el culo que recibí en mi vida de periodista por nunca callarme nada y siempre decir las cosas como son. En realidad les puedo decir que fue lo buscado, estaba cansado de seguir las directivas de algún director chupa culos del poder, con migo esos no van.

Mientras mi voz se alzaba en las ondas, supe que el pueblo, a pesar de su imprecisión, seguía siendo la fuerza detrás de cada palabra. Y aunque me despidieran, había logrado lo que pocos: dar voz a quienes no tenían.

En las sombras de la ciudad, el eco de mi voz aún resonaba. Me había convertido en un símbolo de resistencia, no solo por lo que dije, sino por atreverme a decirlo. Aunque los popes del poder me consideraran un rebelde pelotudo, para mí, el verdadero crimen era permanecer en silencio. La auténtica fuerza reside en el grito del pueblo.

Últimas noticias
Te puede interesar
Lo más visto