Mujeres con fuego en los ojos y whisky en la mesa

PARA LEER EN PANTUFLAS Por José Ademan RODRÍGUEZ
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Cada año, en la ‘’sala de las estrellas’’ del Sporting Monte-Carlo, del Principado de Mónaco, tiene lugar el famosos Baile de la Rosa, inspirado en la idílica pareja de Raniero y Grace Kelly. A casi mil euros el ticket de entrada, es la cita del glamour en su máxima expresión. Pero esta fiesta también sirve para levantar fondos para la Fundación Princesa Grace... y ya saben para qué sirven las fundaciones, y sino pregúntenle a Messi…

Más tarde fue desmitificándose por culpa de los hijos (Carolina, Estefanía y Alberto).

Sobre todo, por Estefanía… que se volteó a guardaespaldas, acróbatas y domadores (es que le sacaba mentiras a la pinchila). En cualquier momento la harán mártir por no saber quién es el padre de algún hijo suyo.

Y Carolina... un sueño de mujer. Que yo la coloco al nivel de la Ava Gardner, el animal más bello del mundo. A tal punto, se comenta que Dios dijo ''sin ti mi cama es ancha'' y después lo copió Serrat...

Total que la Carolina en cuestión fallaba en la elección de sus maridos, para muestra basta un botón, el último de la lista Ernesto de Hannover, reducido a una piltrafa; no podría responderle en la intimidad ni con un puré de viagra; y en caso de que funcione, confundiría un orgasmo con un infarto, por su característica de ruina biológica o deshecho humano.

Otro de sus fallos fue cuando luego de un Roland Garros, fue a buscar al hotel a Guillermo Vilas. Se lo llevo a una isla del Pacífico y solamente consiguió quedar sucia de besos y arena como en la casada infiel de García Lorca.

¿Y Alberto? Bueno... solo apuntaré que al verlo, las minas se ponían las bragas en vez de bajárselas!

No se crean que eso va a ser otro artículo de prensa rosa! ¡No! si ahora les voy a hablar de lo que ocurría en el otro Montecarlo, el de Río Cuarto!

Corría el año 1956-57, yo tenía 17 años y me encontré en medio de un baile animado por precursoras de la liberación feminista, sin panfletos ni tetas al aire, como debe ser, con sus cuerpecitos, pero con sensual elegancia.

Ahí, en ese primer piso de la calle Rivadavia, entre Sobremonte e Hipólito Hirigoyen, estaba el epicentro de toda la mezcolanza étnica y social de Río Cuarto, con horarios familiares y noche, donde concurrían las mujeres entraditas en años que habían tenido su "oportunidad" en la vida o habían probado "su suerte".

Muchas de ellas pasaban a engrosar la lista de los "trofeos gastados", corriendo por su sangre los últimos alborotos, en complicidad con el humo y las luces tenues. Tenían soltura y discreción para campanear el macherío por muchos años de tirar la chancleta, pero en una de ésas eran como la camioneta del chopo: un estertor resoplante de hierros viejos (había que tener la audacia de arrancarla para saber) y lo sui generis del tapizado de los asientos con desgarros, cortes y colgajos, igual que si dos leones hubieran estado cogiendo adentro. Ya lo dijo Sofía Loren que es fantástico que la gente sea capaz de enamorarse, tener un romance y hacer el amor hasta el día de su muerte.

Sábados o domingos también eran campo de acción de muchas chicas de vecinas poblaciones y que pertenecían al conurbano riocuartense, como Higueras por ejemplo. Eran más retraídas o cohibidas, sirenas pardas de suburbio cachafaz, camufladas con su peinado intocable de laca rociada o pelo de azafrán, en razón de no estar familiarizadas con lo que implica la dinámica del centro de la ciudad y sus coiffeurs, aparte del lógico recelo que provoca un ambiente que se intuye, como campo de iniciación vertical para mejor entendimiento ulterior sobre la horizontal. Por más show, maracas y colorido que le pongan a la sala, ésas eran tiesas como una muñeca Barbie con subido rubio teñido, que son las peores rubias, las morochas que

tienen "vocación de rubias", con el cuero cabelludo convertido en negro lecho que es la auténtica plataforma del artificio. Es que… los negros, al igual que Hitchcock, sentían devoción por las mireyas.

Tan tiesas... que pasaban dos horas y ellas seguían inmutables con su peinado intocable rociado de laca, aferradas a la cartera. Y la mesa llena de Coca-Cola o naranjada, pues no bebían alcohol, ni fumaban, ni... ¡ni! Nadie, salvo algún arrojado y misterioso solitario las sacaba a bailar. Además que todos sabían que tenían que tomar el último ómnibus de la noche, para Higueras o Banda Norte. De "eso", nada tampoco. Parecían del club de las virgencitas, somnolientas expresiones con cara de mal dormir y buen culiar, que nunca se sabe bien. De otro linaje, con la mayor osadía que da el renombre social, chiquillas, jovenzuelas o estudiantes, con maquillaje más discreto y el pelo "artísticamente" despeinado, eran como un pan rasqueta tierno y calentito de esos de las ocho de la mañana. Poseían el descaro de la mocosa que se siente adulta... Pebetas de la Escuela Normal, el Cristo Rey o Teresianas, da lo mismo. Iban de uniforme azul o marrón, niñas de esas que se acomodan el calcetín de un pie con el dedo gordo del otro. Daba gusto admirarles los pelitos rubios de sus fornidas piernas, cuando detenían la moto en un semáforo. Las mismas crías volvían locos a los veteranos que las miraban pasar desde la vidriera del Gran Hotel, mientras se escarbaban los dientes con el mismo palillo de atrapar la aceituna y hablaban de política. Y no faltaba alguno que le decía al amigo del bar en broma: "¡Ché, no mires tanto que puede ser tu hija! ¡Mirá que ya tiene un "lomazo" con los doce que tiene! Esas pibas eran el mayor polo de atracción del Montecarlo. No faltaban nunca ese tipo de mujeres, con fuego en los ojos y whisky en la mesa, bien cutres, de esas que levantan el dedo meñique al beber para irla de finolis; algo de gata, mediana edad, media sonrisa y un cuarto de seno que sugiere. Son mujeres que tienen grabada una determinación al mirar con persistencia: "¡A éste me lo voy a coger!''

Y cuántos muchachotes tuvieron gracias al Montecarlo su primer abrazo tembloroso o el primer vaso de whisky, o la "encamada" ya en plan más reservado, y descubrir que a veces es mejor "desarrugar que romper", si no te podían asustar con la Galli-Magnini, que era por entonces el método de diagnóstico de embarazo. Ahora para casi todo te pinchan un dedo y en una de ésas descubren que son hijos de Gardel. En la puerta de ese mítico baile, presencié con doce años cómo las mujeres de Río Cuarto se comían a besos al famoso cantante de boleros Gregorio Barrios; y el recuerdo inolvidable en el año 59 o 60 de la orquesta de tangos de Aníbal Troilo, con sus cantores, nada menos que Roberto Goyeneche y Roberto Rufino. Muchos "chicos" que iban al Montecarlo, una vez logrado el objetivo con la chica de turno, si ésta era de humilde condición y pongamos por caso un día cualquiera paseando con una persona de su clase (y más si era su novia) se encontraba por casualidad con ella, no sólo era incapaz de las palabras o el gesto de saludo, o el chau, sino que se cambiaban de vereda con cobarde disimulo, atisbando de soslayo lo ansioso de su mirada. Se entiende: podía ser "sierva" de alguna de sus "relaciones". Es el mismo cínico que la miró en el baile con el deleite propio con que hubiese mirado a Jennifer Jones. Ella sólo sirvió para que él dejara aquel domingo por la noche de practicar la habitual fecundación in inodoro de sus masturbaciones.

La "negrita" creyó haberlo hecho feliz, porque él le dijo en el momento de la simiesca convulsión eyaculatoria las imbecilidades propias del jadeo terminal, en donde la palabra amor, que es frecuente en ese instante, se convierte en una palabreja rodeada de los tics electrificados, cuando viene el "¡me voy!, ¡que me voy!”. Y se fue nomás todo al carajo; el muy hijo de puta le negó el saludo y se cambió de vereda. Ella se hubiera conformado sólo con hablarle, o tomar un café. Él había tenido ingenio para hacerla caer; ella sacó la ingenuidad o el candor que le hizo creer que decir amor en esos momentos significaba algo importante. Ahora es de señalar, empero, que las “negritas” de ese calado generalmente son enfermas sentimentales, no están en sus cabales, aman a quien no lo merece, en razón de un deslumbramiento masoquista hacia una especie de “machito” de superior clase económica, como pasa en los culebrones sudamericanos.

Por sentido práctico, las mujeres, y de cualquier condición, se inclinan “donde calienta el sol ($)”. No tengo la culpa de que esto sea así. Pero esas chicas sirven para todo, especialmente las de cama adentro. Son confidentes de la mujer, amantes del marido, iniciadoras de los escarceos sexuales del hijo, y factor de cohesión familiar por regular los horarios de las comidas. Gracias a ella, la casa nunca estará vacía. Pero jamás le pagaron bien, ni le pagarán, porque es sinónimo de palabras como siervo, vasallo, esclavo. No sólo las intelectuales feministas (casi todas poco agraciadas físicamente y, claro, sin atractivo para los "faunos") sino también las chicas como ésas de Montecarlo fueron precursoras de la liberación femenina, tanto las que llegaban al ocaso de su juventud, las de poblaciones cercanas con sus recelos y vocación de rubias, las chiquilinas burguesas de pelillos rubios en las piernas, y las morenitas de los barrios alejados del centro que creyeron en el amor. Pero ¿qué va a hacer?, no hay que llorar sobre la leche derramada. ¿Cuántos de nuestra edad recibieron gracias a ellas el bautismo carnal en el altar de las cuatro patas?

Y si a la Carolina le hubiera tocado en suerte un hombre total como Don Edmundo Rivero y no un rockero como el zurdo Vilas, en vez de sucia de besos y arena, ¡la hubiera hecho saltar pa'rriba si no se portará bien!

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