LA CAGADA

LECTURA DEL DOMINGO Por José Ademan RODRÍGUEZ
¿En qué parte del mundo se cagan en todo como en Córdoba?. Para nosotros es una elevada forma de expresividad popular, pues está en el recuerdo de la gente. El pueblo lo dice con naturalidad, sin ánimo de perversión lingüística, de cosa mala o fea: lo feo no existe si no va implícito el deseo de que exista
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hoy Con el exclusivo sello de José Ademan RODRÍGUEZ

 

¿En qué parte del mundo se cagan en todo como en Córdoba?. En ninguna parte. ¡Me da tanta risa! Córdoba, la Docta, la de la vieja estirpe. ¿Qué diría hoy Don Trejo y Sanabria, fundador de la Universidad y predicador del verbo, si pudiera dar una vuelta por su querida ciudad y se encontrara con este término que es usado para muy variadas circunstancias y manifestaciones? 


"Cagada" se utiliza para exteriorizar virtud, mérito, estima, perfección, como también vicio, maldad, corrupción o libertinaje. Esta (en apariencia) maloliente y humeante palabra campea de forma impune y es empleada en todos lados, por el proletario de tablón, en el claustro universitario, sin respetar ni al clero ni instituciones militares. Pero "mierda" no es sólo una palabra: puede comprender toda la historia de un país controlado por los anteriores.


Me acuerdo de la tribuna: “¡Ché loco! Ese centrofóbal no levanta el oso, es un cagón”; y el otro responde: “No, lo que pasa es que el fulback lo está cagando a patadones”. En el primer caso, sirve para denostar a un futbolista y, por contra, el otro justifica un exceso de testosterona por parte del defensor.


“¡Ché loco! ¿Salís todavía con aquella mina?”. “No, salí, casi me caga la vida, me largó. Menos mal que salgo con esta otra que me caga de gusto”. El primer caso habla de una desairada situación amorosa y el segundo cómo cubrirse con una relación salvadora. 


Y divagando en mis pensamientos ¿qué será de la negra Linsul? Allá por el 58, era famosa en el barrio Clínicas. Una vez me dijo: “Negro, te recago amando”.


También me viene a la cabeza en mis tiempos de universitario la clásica pregunta: “¿Cómo te fue en el examen, Negro?” y es frecuente la respuesta ésa: “Cagué” o “Me cagaron”.


Y si uno hace un macanazo, o comete un grueso error: “¡Qué cagada hice!”.
En Córdoba hay como una sublimación o entronización de la “cagada”. No en vano al inodoro le llaman “el trono de la igualdad”.


Hasta en tu madre se “cagan”. Así muchos católicos (sólo de boca), de ésos que se persignan y que al llegar las Navidades son como babosos adoradores de pesebres, se “cagan” en Dios y María Santísima ante cualquier contrariedad.


Un coche, un reloj nuevo de marca les “caga” de gusto; la muela les “caga” de dolor.


Aquel inflexible sargento dice: “¡Cabo! ¡A esta compañía me la tiene cagando toda la semana!”.


Pero al fin, últimamente, este término ya no parece sólo patrimonio cordobés. Su generalización quedó demostrada públicamente por el presidente de la primera potencia, cuando amenazó por TV directamente a Sadam Hussein: “¡Los sacaremos cagando de Kuwait!”. Y fue cierto. Sin duda, este imprescindible acto fisiológico está determinado con su olor característico cuál será el perfume del nuevo orden internacional. ¡Qué distinto de aquel romántico militar portugués que hizo la revolución perfumada! En vez de hediondas balas, disparó claveles. Por otra parte, gracioso y enraizado en las tradiciones navideñas, existe el “caga tió” o “caganer” identidad festivo-escatológica de los catalanes.


Con todo, me parece que para nosotros es una elevada forma de expresividad popular, pues está en el recuerdo de la gente. El pueblo lo dice con naturalidad, sin ánimo de perversión lingüística, de cosa mala o fea: lo feo no existe si no va implícito el deseo de que exista. A lo sumo, puede ser una palabrota, pero no una mala palabra, igual que decirle “gordota” a una gorda.


En nuestra literatura tenemos aquella ingeniosa payada, creo que de Marechal:
“¡Aparcero Don Tissone!
Ya que me lo pintan franco
Dígale a este servidor  por qué el tero caga blanco.
Y cuando todos lo creían derrotado, les responde:
Caga blanco el tero-tero
Ya lo ha dicho el payador
Porque de juro no sabe
Cagar en otro color.”


Acá, en España, Camilo José Cela, en su libro Viaje a USA, pg. 22: “Cagando raudas centellas, allá se va el avión”. Y en otro pone: “No te acojones, cagarrache, que no se brinda el triunfo a los cagapoquitos, sino a los que tosen fuerte y son capaces de romperle la cara al más pintado”. Y Rafael Alberti tampoco perdió ocasión de “cagarse” en las flores y  en la luna. Así puso en boca de uno de sus personajes:


”No hay nada tan bonito como un ramo de flores cuando la cabra ha olvidado en él sus negras bolitas”.


Y ahora que me acuerdo de la anécdota aquella, durante la Guerra Civil española de un contendiente a quien iban a fusilar. Les dijo a sus verdugos: “Podéis quitarme mis bienes, podéis quitarme la vida, pero lo que no podréis quitarme es el cagazo que tengo”. Con ese agónico rapto de humor, desarmó a sus victimarios, que sólo atinaron a “cagarse” de risa.


O de otra protagonizada por Di Stefano en Suiza, cuando jugaba en el Real Madrid, y el entonces príncipe Juan Carlos. En el descanso, el partido iba 0 a 0. Di Stefano estaba malhumorado. Apareció en el vestuario Raimundo Saporta acompañado por un joven alto y rubio, quien comentó al jugador: “Saeta, están ustedes haciendo un gran esfuerzo, pero todo es poco para los emigrantes que están aquí. ¡Hay que ganar!”. Di Stefano levantó la cabeza y le espetó. “Ché pibe, ¡andate a cagar!”. Ese pibe llegó a rey...


Hay cagadas que son actos de justicia, como las de las palomas. Veo desde mi ventana, en la fachada de la iglesia de Sant Andreu, cómo se acurrucan y se arrullan decenas de ellas entonando el “Cucurrucucú”, impecablemente vestidas con sus plumajes. Ésta es la parte bonita, pero si bajo un poco la vista, ¡puaj!: paredes y veredas todas salpicadas con excrementos de esos animalejos que arriba lucen tan bien, tan poéticos, tan simbólicos... Recuerdo que cuando era niño rechacé la idea de criar palomas por piojosas. Más tarde, leí sobre lo dañinas que son para los sembrados: trigo verde, mieses maduras, todo lo arrasan. Y las hay tan vagas que en lugar de hacerse su nido se establecen en los que han abandonado otras aves. ¿Éste es el símbolo de la paz y el Espíritu Santo? ¡Una mierda!, digo yo, vamos. 


 
 

Vuelvo otra vez la mirada a la vereda de la iglesia y me asaltan imágenes de Basora, Sarajevo… igual de arrasadas y salpicadas pero no precisamente por palomas, sino por los que como ellas proclaman la paz, destruyendo campos y derrumbando ciudades. Pero hay algo que las distingue, las enaltece; son los únicos seres que hacen lo que nosotros no podemos: consumar actos de justicia con sus excrementos, salpicando con caca a los monumentos y estatuas de dictadores, tiranos y déspotas, cual si fuera un divino acto fecal. Y una mancha de excremento caída desde el cielo es más humillante y más testimonial que los cordones humanos y los manifiestos de los pacifistas, que no sirven para un carajo. Estas “cagadas” hieren más que las guerrillas urbanas y sin matar. Hasta parece un bombardeo inteligente, no siendo más que una expresión fecal que realizan por necesidad en silencio, dignamente. Tampoco se trata de sostener como incautos aquello del desarme. ¿Se imaginan un desmantelamiento total del arsenal bélico? ¡Argumentación para tontorrones! ¡Se desarmaría a los países pequeñitos o débiles, a los que han agredido desde siempre las grandes potencias. Éstas impondrían un rearme secreto, de incalculables proporciones frente a quienes no tendrían ni un tirachinas para defender su soberanía. De todas maneras, aunque se produjera el desarme total, cualquier cuadrilla de homúnculos que saliera “colocada” de una discoteca te podría hacer papilla, desde un coche a una familia, o una ciudad entera.


Vemos cubiertos con sus desechos digestivos algunos malos recuerdos que nos deja la historia. Ya que los recuerdos no tienen conservantes para el mal olor que da la historia, apelan al mármol y al bronce. Comprobamos que pierde arrogancia el gesto del brazo extendido hacia el cielo, que les embadurnan el caballo, las botas, los galardones, hasta la punta de los sables tienen deposiciones calcáreas, y la cabeza, la frente, la pose, los labios y el verbo mentiroso de políticos falaces. En fin, de toda esa fauna que se perpetúa en plazas, parques y placitas mas embarrados que la placenta de Adán.


Es que ahí sobre todo, en las placitas del sol tibio mañanero, las de los viejos, niños y madres que van al mercado, no encajan, no hay lugar para ellos; tal vez sí para los músicos, los poetas y los maestros. ¡Pobre Strasera! Resulta que es más duradera la sentencia condenatoria del esfínter de las palomas que la resolución de un tribunal que condenó a los militares asesinos del proceso. La levedad de una “caca” pesa más que las pruebas documentales de la acusación que superaban los 400.000 folios, con un peso de 3 toneladas, el expediente más voluminoso y pantagruélico en la historia de la justicia argentina. ¡Suerte que a mi nunca me “cagarán” tan despiadadamente las palomas!


Creo que ya les expliqué demasiado… Si a alguien le interesa este tema, se lo dejo para que haga una "Tesis de mierda". Bueno, me voy a echar una “cagada”, ¡hasta pronto!

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