



Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Hay derrotas que comienzan mucho antes de que se abran las urnas. Empiezan cuando una fuerza política deja de discutir cómo interpretar a la sociedad y pasa a debatir únicamente cómo resolver sus propios conflictos. Ese parece ser hoy el mayor problema del peronismo. No la falta de dirigentes. No la ausencia de estructura territorial. Ni siquiera el desgaste de sus principales referentes. Su verdadera dificultad consiste en haber convertido la interna en el único proyecto político visible.
Desde hace meses, el enfrentamiento entre Axel Kicillof y el núcleo duro del kirchnerismo dejó de ser una diferencia estratégica para transformarse en una disputa permanente por la conducción. Lo preocupante no es solamente el nivel de agresividad alcanzado. Lo verdaderamente inquietante es que el resto del país observa ese conflicto con una mezcla de desconcierto y resignación.
Los gobernadores, intendentes y dirigentes del interior empiezan a asumir que la discusión bonaerense está condicionando toda la construcción nacional. No porque la provincia de Buenos Aires no tenga un peso determinante dentro del peronismo, sino porque la energía política se consume en una pelea cuyo resultado parece importar mucho más a sus protagonistas que a los millones de ciudadanos que esperan una alternativa frente al oficialismo.
Mientras el Gobierno enfrenta dificultades económicas, conflictos sociales y cuestionamientos sobre distintas áreas de gestión, la principal fuerza opositora aparece incapaz de capitalizar ese escenario. Cada crisis oficial encuentra a un peronismo ocupado en resolver sus propios resentimientos. Es una paradoja difícil de explicar: cuanto más espacio ofrece la realidad para construir una oposición consistente, más tiempo dedica el justicialismo a profundizar sus divisiones.
En política existe una regla sencilla. Los vacíos nunca permanecen vacíos durante demasiado tiempo. Si una fuerza no ocupa ese lugar, inevitablemente otro lo hará. Ese parece ser el principal riesgo que muchos dirigentes provinciales empiezan a advertir con preocupación. No temen únicamente una derrota electoral. Temen que el peronismo deje de ser percibido como una opción de poder.
La diferencia no es menor. Perder una elección puede ser circunstancial. Perder la condición de alternativa supone un deterioro mucho más profundo.
En las provincias esa inquietud comienza a escucharse con mayor frecuencia. Gobernadores y dirigentes territoriales observan cómo la discusión nacional gira alrededor de liderazgos, candidaturas y equilibrios internos mientras los problemas cotidianos de los argentinos quedan completamente relegados. El mensaje que termina recibiendo la sociedad resulta inevitable: el peronismo parece más interesado en resolver quién manda que en explicar para qué quiere volver a gobernar.
La confrontación entre Kicillof y el kirchnerismo tampoco encuentra un horizonte claro. Un sector pretende consolidar una nueva conducción con autonomía política. El otro procura conservar la centralidad construida durante más de dos décadas. Ambos objetivos pueden ser legítimos desde el punto de vista partidario. Lo que cuesta comprender es por qué esa discusión debe desarrollarse con semejante nivel de exposición y desgaste público.
Las organizaciones políticas suelen atravesar procesos de renovación. Es natural. Lo excepcional es que esa transición se convierta en una guerra permanente donde cada declaración alimenta la siguiente respuesta y cada gesto parece diseñado para profundizar las diferencias.
El problema comienza cuando el adversario deja de ser quien gobierna y pasa a ser el compañero de espacio político. En ese momento la competencia interna reemplaza a la estrategia electoral.
Muchos dirigentes del interior creen que el tiempo todavía permite corregir el rumbo. Las elecciones nacionales aún no están definidas y la experiencia demuestra que la política argentina suele modificar escenarios en pocos meses. Sin embargo, también reconocen que las heridas comienzan a dejar cicatrices difíciles de cerrar.
No sorprende, por eso, que varios gobernadores estén optando por fortalecer exclusivamente sus proyectos provinciales. El desdoblamiento electoral deja de ser solamente una decisión administrativa para convertirse en una forma de protegerse de un conflicto nacional que consideran ajeno a sus intereses inmediatos. Cada distrito empieza a cuidar su propia supervivencia política mientras el proyecto colectivo pierde densidad.
Ese comportamiento puede resultar comprensible desde la lógica de cada gobernador. Pero también refleja la ausencia de una conducción capaz de ordenar al conjunto. Cuando cada dirigente decide refugiarse en su territorio, el proyecto nacional deja de existir como prioridad.
La discusión también expone un problema más profundo: el peronismo todavía no resolvió cómo administrar el final de un ciclo político. Toda fuerza que permanece muchos años alrededor de un liderazgo enfrenta tarde o temprano el desafío del recambio. Algunas organizaciones logran procesarlo mediante consensos. Otras atraviesan rupturas inevitables. La diferencia radica en la inteligencia con que administran ese proceso.
Hoy esa transición aparece atravesada por desconfianzas acumuladas, reproches personales y estrategias incompatibles. Mientras unos creen que el futuro exige construir una identidad distinta, otros consideran que cualquier intento de emancipación constituye una amenaza al liderazgo histórico del espacio.
La consecuencia termina siendo la misma: inmovilidad.
Paradójicamente, quienes observan con mayor preocupación este escenario no son necesariamente los sectores más cercanos al kirchnerismo ni al gobernador bonaerense. Son aquellos dirigentes que necesitan llegar competitivos a sus propias provincias y advierten que la prolongación del conflicto nacional termina erosionando la imagen de todo el peronismo.
La política ofrece pocas oportunidades para reconstruir autoridad cuando la sociedad percibe que una fuerza ha perdido la capacidad de organizarse a sí misma. Resulta difícil convencer al electorado de que puede gobernar un país quien no consigue ordenar su propia coalición.
Quizás el instinto de conservación termine imponiéndose cuando el calendario electoral empiece a reducir los márgenes para seguir confrontando. Es posible que el pragmatismo, tantas veces invocado dentro del peronismo, vuelva a funcionar como mecanismo de reunificación. La historia del movimiento ofrece antecedentes suficientes para sostener esa hipótesis.
Pero también existe otra posibilidad. Que la pelea continúe, que cada sector profundice sus posiciones y que la fragmentación deje de ser una etapa transitoria para convertirse en una característica permanente. Si ese escenario terminara consolidándose, el mayor beneficiario no sería uno u otro dirigente del peronismo. Sería un oficialismo que encontraría enfrente una oposición demasiado ocupada en discutir su pasado como para construir su futuro.



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