



Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
La política suele ofrecer paradojas difíciles de explicar. Una de ellas ocurre cuando un gobierno que llegó al poder prometiendo romper con las viejas prácticas termina atrapado por una discusión que él mismo podría resolver en cuestión de horas. No se trata de una disputa ideológica, de una crisis económica o de una derrota electoral. Se trata, simplemente, de la permanencia de un funcionario cuya continuidad comienza a generar más costos que beneficios.
Ese parece ser el escenario que atraviesa hoy la administración de Javier Milei con la figura de Manuel Adorni.
Lo llamativo no es que existan cuestionamientos. En democracia, los funcionarios son observados, investigados y sometidos al escrutinio público. Lo verdaderamente llamativo es la decisión política de sostener una controversia que consume energía, tiempo y capital político en un momento en el que el Gobierno debería estar concentrado en otros desafíos mucho más relevantes.
La discusión dejó de ser sobre Adorni. Hace tiempo que el centro del problema es Milei.
Cada día que pasa sin una definición transforma una cuestión individual en un problema institucional. La oposición lo entiende. Los mercados lo observan. Y los aliados del oficialismo empiezan a decirlo cada vez con menos diplomacia.
Durante meses, el PRO eligió acompañar al Gobierno. Lo hizo cuando la situación parlamentaria era extremadamente delicada. Lo hizo cuando muchas de las reformas impulsadas por la Casa Rosada parecían destinadas al fracaso legislativo. Lo hizo incluso cuando las diferencias internas comenzaban a hacerse visibles.
Ese respaldo nunca fue gratuito ni incondicional. Estaba basado en una premisa sencilla: preservar un rumbo económico que una parte importante de la sociedad decidió acompañar en las urnas.
Sin embargo, la política tiene límites. Y uno de ellos aparece cuando la defensa de un funcionario amenaza con afectar al proyecto que se pretende proteger.
Las voces que comienzan a escucharse dentro del PRO reflejan precisamente esa preocupación. No cuestionan el programa económico ni el objetivo de estabilización. Tampoco discuten la necesidad de continuar con reformas estructurales. Lo que ponen sobre la mesa es una pregunta incómoda: ¿vale la pena sostener un conflicto que paraliza la agenda pública?
Porque mientras el debate político gira alrededor de Adorni, otras discusiones quedan postergadas. El Congreso funciona a media máquina. Las iniciativas legislativas pierden protagonismo. Y el Gobierno aparece obligado a explicar una y otra vez una situación que debería haber quedado resuelta hace tiempo.
La experiencia argentina demuestra que los gobiernos suelen cometer un error recurrente: confundir lealtad con obstinación.
La lealtad fortalece.
La obstinación desgasta.
En distintos momentos de la historia reciente, presidentes de signos ideológicos completamente diferentes terminaron pagando costos innecesarios por sostener funcionarios cuestionados más allá de lo razonable. Lo que comenzó como un gesto de respaldo terminó convirtiéndose en una demostración de debilidad.
Porque llega un momento en que la pregunta deja de ser si el funcionario debe continuar o no. La pregunta pasa a ser por qué sigue allí.
Esa es la fase más peligrosa de cualquier crisis política.
Mientras tanto, otro fenómeno empieza a desarrollarse dentro del universo opositor no kirchnerista. El PRO busca redefinir su identidad en una etapa completamente distinta a la que vivió durante los últimos años.
Durante mucho tiempo, el partido fundado por Mauricio Macri convivió con la tensión entre apoyar al Gobierno y diferenciarse de él. Esa estrategia resultó funcional mientras el oficialismo mantuvo una relación razonablemente armónica con sus socios parlamentarios. Pero las tensiones actuales obligan a revisar esa posición.
El macrismo parece convencido de que acompañar no significa callar.
Por el contrario, considera que señalar errores forma parte de una colaboración más honesta que la adhesión automática.
Detrás de esa lógica reaparece inevitablemente la figura de Mauricio Macri.
A diferencia de lo que muchos pronosticaron después de la derrota de 2019 y de los cambios políticos posteriores, el ex presidente conserva influencia dentro de su espacio y continúa siendo el principal ordenador partidario. No porque aspire necesariamente a una candidatura inmediata, sino porque sigue representando una referencia política para dirigentes que buscan reorganizar una fuerza que atravesó años de fragmentación interna.
La cuestión de fondo, sin embargo, excede incluso a Macri.
Lo que está en discusión es la arquitectura política de los próximos años.
Argentina enfrenta un desafío que no logró resolver desde el regreso de la democracia: construir alternancias entre espacios que compartan ciertos consensos básicos sobre economía, instituciones y política exterior.
Las democracias maduras funcionan precisamente de esa manera. Cambian los gobiernos, pero no se modifica permanentemente el rumbo estratégico del país.
Ese parece ser el debate que comienza a emerger detrás de las declaraciones públicas.
Por un lado, un oficialismo que necesita demostrar capacidad de gestión más allá del éxito inicial en la estabilización económica.
Por otro, una fuerza política que intenta recuperar protagonismo sin transformarse en un obstáculo para los cambios que considera necesarios.
La discusión sobre las PASO, las futuras candidaturas y el liderazgo opositor son apenas capítulos secundarios de una cuestión mucho más profunda: quién conducirá el espacio reformista cuando la etapa fundacional del mileísmo comience a dar paso a una fase de consolidación política.
Pero para llegar a esa discusión, antes deberá resolverse el problema más inmediato.
La política argentina tiene una característica implacable: nunca tolera demasiado tiempo los vacíos de decisión.
Cuando una controversia se prolonga indefinidamente, termina convirtiéndose en una prueba de autoridad presidencial.
Y es allí donde se encuentra hoy Javier Milei.
No frente a una batalla ideológica ni ante una crisis económica.
Sino frente a una decisión política que, por acción u omisión, ya comenzó a definir mucho más que el destino de un funcionario.




El PRO endurece su postura y condiciona el futuro de Adorni tras su exposición en el Senado




Ganancias: el piso para tributar volvería a subir desde julio y alcanzaría los $2,9 millones netos


Giacobbe: “Kicillof mide más que Cristina” y emerge como la principal apuesta del peronismo

Oscar Zago redobló sus críticas y reclamó la salida de Manuel Adorni del Gobierno

El Banco Central fortalece sus reservas de defensa y busca blindar la estabilidad cambiaria de cara al año electoral

La industria metalúrgica profundiza su retroceso y la utilización de capacidad instalada cae a niveles críticos

El peronismo federal lanzó un programa para acercarse al campo y busca construir una alternativa para 2027


















