



Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
La política argentina tiene una curiosa habilidad para anticipar liderazgos que todavía no existen. Se habla de sucesiones cuando aún no terminó una gestión. Se diseñan candidaturas antes de que aparezcan los candidatos. Y se discuten futuros gobiernos cuando ni siquiera están claras las condiciones que definirán el presente. Sin embargo, en el universo peronista ya comenzó una conversación silenciosa que, aunque todavía evita los micrófonos, ocupa buena parte de las reuniones reservadas: quién estará en condiciones de conducir al movimiento en 2027.
La pregunta parece sencilla. La respuesta, en cambio, es extraordinariamente compleja.
Durante décadas, el peronismo resolvió sus dilemas internos alrededor de una figura dominante. Juan Domingo Perón primero. Carlos Menem después. Néstor Kirchner más tarde. Cristina Kirchner durante largos años. Cada etapa tuvo una referencia capaz de ordenar, disciplinar y establecer prioridades. Hoy esa realidad pertenece al pasado.
Lo que existe actualmente es una estructura fragmentada, donde conviven gobernadores, intendentes, dirigentes legislativos y referentes territoriales que poseen cuotas importantes de poder, pero ninguno suficiente para imponerse sobre el resto. La consecuencia inevitable es que las decisiones ya no se comunican; se negocian.
Esa transformación explica buena parte de los movimientos que se observan en los últimos meses. También explica la cautela extrema con la que actúan dirigentes como Sergio Massa. El ex candidato presidencial eligió el bajo perfil público, aunque sería un error interpretar esa decisión como una retirada. En política, muchas veces el silencio es simplemente otra forma de presencia.
Massa parece haber comprendido algo que otros dirigentes todavía discuten: el peronismo no atraviesa solamente una crisis electoral. Atraviesa una crisis de liderazgo. Son problemas diferentes. Una fuerza política puede perder una elección y conservar una conducción clara. Lo verdaderamente complicado ocurre cuando se pierden ambas cosas simultáneamente.
Por eso las conversaciones que hoy atraviesan al peronismo giran alrededor de una palabra que comienza a repetirse con insistencia: capacidad. O, más precisamente, la capacidad real de conducir una nueva etapa.
No alcanza con tener volumen político. Tampoco con exhibir buenos números en las encuestas. Mucho menos con acumular apoyos circunstanciales entre dirigentes. La experiencia reciente ofrece suficientes ejemplos de candidatos que parecían inevitables y terminaron convertidos en notas al pie de la historia política.
En ese contexto aparece Axel Kicillof. El gobernador bonaerense es, probablemente, quien reúne más condiciones objetivas para proyectarse hacia una candidatura presidencial. Pero también carga con una dificultad que suele afectar a muchos dirigentes: confundir la disputa interna con la construcción de liderazgo.
La sociedad suele prestar menos atención a las peleas partidarias de lo que imaginan los protagonistas de esas peleas. Mientras los dirigentes consumen energías en sus conflictos domésticos, los ciudadanos siguen preocupados por el empleo, los ingresos, la seguridad y las perspectivas económicas. La política argentina ofrece numerosos ejemplos de figuras que terminaron atrapadas en discusiones internas mientras el electorado observaba desde una distancia creciente.
Kicillof enfrenta precisamente ese desafío. Necesita construir una identidad propia sin romper con quienes todavía conservan una influencia decisiva dentro del espacio.
Y allí aparece Cristina Kirchner.
La ex presidenta ya no ocupa el mismo lugar institucional que tuvo durante años, pero conserva algo que ningún dirigente peronista puede ignorar: una capacidad singular para transferir respaldo político. En un sistema cada vez más fragmentado, ese activo conserva un valor enorme.
Por esa razón resulta ingenuo imaginar que el kirchnerismo aceptará un rol secundario en la discusión sucesoria. La influencia de Cristina seguirá siendo determinante mientras conserve la posibilidad de inclinar la balanza interna. El debate no pasa por su vigencia. Pasa por la forma que adoptará esa vigencia.
Mientras tanto, otro fenómeno comienza a captar la atención de los estrategas peronistas: las tensiones que atraviesan al oficialismo.
Ningún gobierno está exento de conflictos internos. La administración de Javier Milei tampoco. Las diferencias entre distintos sectores del universo libertario, las tensiones con aliados circunstanciales y las ambiciones personales que empiezan a emerger forman parte de una dinámica relativamente previsible.
Lo interesante es que en el peronismo observan esos movimientos con más atención que entusiasmo. La experiencia indica que apostar exclusivamente a los errores ajenos suele ser una estrategia estéril. Las oposiciones que regresan al poder generalmente lo hacen porque construyen una alternativa convincente, no porque esperan pacientemente el desgaste de quienes gobiernan.
Sin embargo, existe una expectativa evidente respecto de la posibilidad de que el espacio de centroderecha llegue dividido a la próxima elección presidencial. El eventual protagonismo de Mauricio Macri, las diferencias latentes con algunos sectores libertarios y las especulaciones permanentes alrededor de otras figuras relevantes alimentan esa hipótesis.
Nadie sabe hoy si ese escenario terminará concretándose. Pero la sola posibilidad modifica cálculos políticos.
Incluso los debates alrededor de Manuel Adorni son observados bajo esa lógica. Algunos dirigentes peronistas entienden que precipitar determinadas ofensivas parlamentarias podría terminar resolviendo problemas que actualmente pertenecen al Gobierno. La política, después de todo, suele estar llena de victorias aparentes que terminan beneficiando al adversario.
Por eso predominan la prudencia y la espera.
El peronismo sabe que todavía tiene tiempo. También sabe que el reloj comenzará a correr más rápido cuando se acerquen las definiciones electorales. Hasta entonces, la prioridad parece ser evitar que la competencia por el liderazgo derive en una nueva fractura.
La paradoja es evidente. Un movimiento que históricamente se organizó alrededor de liderazgos verticales intenta ahora adaptarse a una lógica mucho más horizontal. Una estructura acostumbrada a las órdenes debe aprender el arte de los acuerdos.
Quizás allí resida la verdadera discusión de fondo.
No se trata solamente de elegir un candidato para 2027. Se trata de determinar si el peronismo es capaz de reinventar su mecanismo de conducción para una época distinta. Una época donde ya no existen jefaturas indiscutidas ni liderazgos capaces de resolver por sí solos las contradicciones internas.
La larga espera del heredero es, en realidad, la búsqueda de algo más profundo: una nueva forma de ejercer el poder.



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