



Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
En este país uno puede soportar casi cualquier cosa. Puede soportar pagar un café a precio de cirugía cardiovascular. Puede soportar que un paquete de yerba tenga custodia armada. Puede soportar que cada conferencia de prensa parezca un casting para “Gran Hermano: Economistas Desquiciados”. Pero hay algo que Argentina jamás tolera: quedarse sin interna política. La interna es nuestro combustible fósil. Sin eso, el país directamente se apaga.
Y justo cuando parecía que el oficialismo había logrado algo parecido a la armonía, apareció Patricia Bullrich haciendo lo que mejor sabe hacer Patricia Bullrich: recordar que Patricia Bullrich existe.
Porque el video fue eso. No fue un posteo. No fue una humorada. No fue una pavada inocente de redes sociales. Fue un misil diplomático con música de Tita Merello. Una mezcla entre TikTok, amenaza palaciega y casting para sucesión presidencial. Todo condensado en menos de un minuto, porque en la política moderna la profundidad ideológica no puede durar más que un reel de Instagram.
Mientras sonaba “Se dice de mí”, desfilaban oficialistas, opositores, enemigos, aliados, resentidos, senadores, operadores y fantasmas varios. Una especie de álbum Panini de la neurosis política argentina. Faltaban apenas Mirtha Legrand, un perro clonador y el dólar blue bailando tango.
Lo maravilloso del video es que parecía hecho por alguien que quiso desmentir una interna… confirmando todas las internas juntas.
Porque Patricia ya entendió algo fundamental del mileísmo: acá nadie gobierna si no genera miedo escénico. La gestión puede esperar. Lo importante es que todos crean que uno está a punto de romper algo. Una alianza. Un bloque. Un despacho. Una silla. Una repisa de la Rosada. Lo que venga.
Entonces apareció el famoso encuentro pacificador con Karina Milei. La foto de unidad. La postal sonriente. El clásico “acá no pasó nada” que en política significa exactamente lo contrario: pasó de todo.
En Argentina, cuando dos dirigentes se sacan una foto aclarando que está todo bien, es porque ya eligieron escribano para dividir los muebles.
Y ahí estaban las dos. Sonriendo como dos personas que acaban de esconder un cadáver institucional debajo de la alfombra persa de Balcarce 50. “Trabajando juntas por las transformaciones”. Traducción simultánea: “Todavía no nos vamos a matar”.
Después apareció la explicación oficial, que es siempre lo más divertido de cualquier crisis. “No hay pelea”, dijeron. “No rompen nada”, aclararon. “No hay que hacerse películas”, pidieron. Frases extraordinarias porque uno jamás le dice a la gente “no piensen en un elefante” si no hay un elefante haciendo parkour arriba de la mesa.
El problema es que el Gobierno ya parece una serie turca escrita por economistas con privación de sueño. Cada semana aparece una nueva tensión entre personajes que hace seis meses juraban amor eterno revolucionario. Ahora todos desconfían de todos. El entorno del entorno del asesor del asesor desconfía del primo del armador del secretario del subsecretario. Es “Game of Thrones”, pero con planillas Excel y olor a café recalentado.
Encima está la otra interna, la de Santiago Caputo contra los Menem. Que ya no es una disputa política sino una competencia para ver quién acumula más metros cuadrados de influencia alrededor de Javier Milei. A esta altura la Casa Rosada parece un coworking libertario donde todos creen ser Steve Jobs y todos sospechan que el otro les está robando el cargador.
Y en medio de semejante caos aparece Patricia con un video de Tita Merello diciendo “los hombres de mí hablando están”. Sublime. Porque en el fondo el mensaje era perfecto: mientras ustedes juegan a las escondidas con las operaciones palaciegas, yo sigo siendo la única dirigente que puede incendiar el tablero con una story de Instagram.
El mileísmo necesita a Patricia y Patricia necesita que el mileísmo necesite a Patricia. Es una relación tóxica, dependiente y emocionalmente agotadora. Como esas parejas que se pelean en un restaurante, se tiran con paneras y después suben una selfie diciendo “mi lugar seguro”.
Por supuesto, nadie quiere romper. ¿Quién va a romper ahora? Si el Gobierno todavía está tratando de entender cómo gobernar sin que cada funcionario quiera ser influencer, mártir, candidato y víctima simultáneamente.
Además, hay un detalle importante: todos ya están pensando en 2027. En Argentina nadie administra el presente. El presente es apenas una escala técnica rumbo a la próxima candidatura. Entonces cada gesto vale oro. Una abstención en el Senado vale más que tres leyes. Un video irónico genera más impacto que veinte conferencias económicas. Y una foto de reconciliación ya funciona como trailer de futuras traiciones.
Lo fascinante es que mientras el oficialismo intenta mostrarse sólido, cada movimiento revela exactamente lo contrario. Cuanto más dicen “hay unidad”, más parece una cena familiar donde alguien escondió el testamento del abuelo.
Y mientras tanto, el ciudadano mira todo desde afuera tratando de entender si gobierna el Presidente, la hermana, el asesor estrella, Patricia, los Menem o directamente el algoritmo de TikTok.
Quizás por eso el video tuvo tanto éxito. Porque resumió a la perfección la política argentina actual: dirigentes que se sienten protagonistas de una épica histórica pero se comunican como participantes eliminados de un reality show.
La Argentina ya no discute ideas. Discute clips.
Y Patricia, que lleva cuarenta años sobreviviendo a gobiernos, partidos, helicópteros políticos, traiciones y mutaciones ideológicas, entendió antes que nadie la lógica de este tiempo: en la política moderna no gana el que tiene razón.
Gana el que logra que todos hablen de él.
O, en este caso, de ella.



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