Llaryora mueve las piezas y Schiaretti sale a marcar la cancha

OPINIÓN Por Carlos Zimerman

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Por Carlos Zimerman

La política no suele premiar a los distraídos. Y en Córdoba hace tiempo que nadie duerme la siesta. Mientras muchos siguen analizando si existe o no una alternativa nacional al gobierno de Javier Milei, el cordobesismo ya está jugando otra partida. Una mucho más concreta: la de conservar el poder.

La declaración de Juan Schiaretti, reclamando lisa y llanamente la renuncia del actual jefe de Gabinete, no fue un acto de indignación republicana ni una reacción espontánea. Fue una jugada política calculada al milímetro. El ex gobernador entendió que si no tomaba posición rápidamente corría el riesgo de quedar detrás del PRO, que ya había dejado en claro su intención de avanzar sobre el funcionario nacional.

Por eso Schiaretti salió a la cancha. Y lo hizo con la contundencia que caracteriza a quienes saben que la neutralidad, en determinados momentos, equivale a la irrelevancia.

La realidad es que la suerte de Manuel Adorni parece estar echada. Si el funcionario no presenta su renuncia o si Milei no decide desplazarlo antes del 23 de junio, todo indica que el cordobesismo bajará al recinto para dar cuórum junto al PRO y avanzar en su remoción por inmoralidad política. El mensaje ya fue enviado y difícilmente tenga marcha atrás.

Detrás de esa decisión aparece la figura de Martín Llaryora, que observó con anticipación cómo se movían las piezas del tablero y decidió acelerar. Fue él quien entendió que Córdoba no podía aparecer como espectadora mientras otros definían la agenda opositora.

Sin embargo, sería un error interpretar esta maniobra como el primer paso de una alianza electoral nacional entre el cordobesismo y el macrismo para 2027. La verdadera discusión pasa por otro lado.

Hoy la prioridad de Llaryora no es construir una candidatura presidencial ni definir un frente opositor. Lo que busca es preservar margen de maniobra. Mantener abiertos todos los canales de negociación. Llegar fortalecido a cualquier discusión futura. Y, sobre todo, conservar intacto el poder territorial que el peronismo cordobés administra desde hace tres décadas.

Por eso el gobernador se muestra distante de cualquier armado que incluya a Axel Kicillof. Pero al mismo tiempo, los principales operadores políticos del cordobesismo tampoco clausuran ninguna alternativa. En política, cerrar puertas suele ser un lujo que pagan los ingenuos.

Y hay otro dato que no puede ignorarse. Si Milei decide avanzar de lleno contra los 30 años de hegemonía peronista en Córdoba, el escenario cambiará por completo. En ese caso, las definiciones ideológicas pasarán a un segundo plano y comenzará una negociación basada exclusivamente en la supervivencia política.

Porque la prioridad del cordobesismo nunca fue la doctrina. Tampoco las etiquetas. Mucho menos las discusiones filosóficas sobre izquierda o derecha.

La prioridad siempre fue la misma: conservar el poder provincial.

Todo lo demás es accesorio.

Por eso Schiaretti vuelve a ocupar el centro de la escena. No para construir un proyecto propio, sino para cumplir el papel que él mismo definió hace tiempo: hacer todo lo que el gobernador necesite para defender Córdoba.

Y en política, cuando alguien habla de defender un territorio, generalmente está hablando de defender el poder.

Lo demás son discursos para la tribuna.

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