Agostina sacó la basura de debajo de la alfombra

OPINIÓN Por Carlos Zimerman

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Hay hechos que marcan un antes y un después. Hay tragedias que exponen de golpe aquello que durante años permaneció oculto detrás de discursos, operaciones, silencios cómplices y conveniencias políticas. El caso de
Agostina es uno de ellos.

Lamentablemente, tuvo que ocurrir una desgracia de proporciones inimaginables para que muchos comenzaran a decir en voz alta lo que antes susurraban en privado. Lo que nadie se animaba a denunciar. Lo que muchos conocían, pero preferían callar.

Agostina sacó la basura acumulada durante años debajo de la alfombra.

Su nombre terminó convirtiéndose en algo mucho más grande que una causa judicial. Se transformó en el símbolo de una Córdoba que de repente quedó desnuda frente a la sociedad. Una Córdoba donde comenzaron a aparecer conexiones, relaciones, favores, complicidades y estructuras de poder que durante demasiado tiempo parecieron intocables.

Agostina detonó los curros.

Agostina detonó los contubernios.

Agostina detonó la rosca.

Agostina detonó lo peor de una política que se protege a sí misma mientras les exige sacrificios a los ciudadanos.

De repente, muchos descubrieron que detrás de determinados cargos, nombramientos y relaciones existían preguntas que nunca habían sido respondidas. Y cuando las preguntas comenzaron a multiplicarse, los silencios se volvieron más ruidosos que cualquier declaración.

La muerte de una niña puso en evidencia una realidad que buena parte de la dirigencia pretendía ignorar. Porque cuando una sociedad empieza a mirar debajo de la alfombra, inevitablemente encuentra todo aquello que durante años fue escondido.

Agostina también detonó la patota.

Esa lógica mafiosa que cree que el poder es eterno, que las influencias alcanzan para tapar cualquier escándalo y que los ciudadanos deben resignarse a aceptar explicaciones incompletas o directamente inexistentes.

La gente está cansada de la política de las operaciones, de los acomodos, de los favores cruzados y de los privilegios para unos pocos. La gente quiere transparencia, quiere verdad y quiere responsabilidades.

Y eso es precisamente lo que este caso puso sobre la mesa.

Agostina detonó una forma de hacer política que nadie de bien quiere seguir tolerando, aunque muchos políticos sinvergüenzas todavía pretendan conservarla.

Hoy Córdoba debe muchas explicaciones.

Las debe la dirigencia.

Las debe el poder.

Las deben quienes tenían responsabilidades institucionales.

Las deben quienes durante años miraron para otro lado.

Las deben quienes sabían más de lo que dijeron.

Y las deben quienes todavía creen que con un comunicado, una conferencia de prensa o algunas declaraciones cuidadosamente redactadas podrán cerrar una herida que sigue abierta.

Porque la sociedad ya entendió algo fundamental: el problema no es solamente lo que pasó. El problema también es todo lo que permitió que pasara.

Agostina ya no puede hablar. Pero su historia está hablando por ella.

Y lo que está diciendo resulta demasiado incómodo para muchos.

Por eso hay nerviosismo.

Por eso hay preocupación.

Por eso aparecen contradicciones.

Porque cuando se corre la alfombra, la basura queda a la vista.

Y una vez que la sociedad la ve, ya no hay forma de volver a esconderla.

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