Bullrich y la politización del feminismo

OPINIÓNRicardo ZIMERMANRicardo ZIMERMAN

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicgusZim1

No fue una frase improvisada. Tampoco una reacción emocional frente a una marcha multitudinaria. Mucho menos un comentario lateral en medio de una discusión coyuntural. Patricia Bullrich eligió cuidadosamente el terreno donde dar una de las discusiones culturales más sensibles de esta etapa política: la apropiación partidaria de las causas sociales.

Cuando habló del “partido feminista”, la senadora libertaria no apuntó solamente contra un conjunto de organizaciones. Lo que intentó hacer fue algo más profundo: cuestionar la legitimidad política de un movimiento que durante años ocupó un lugar central en la construcción simbólica del progresismo argentino.

Ahí está el verdadero corazón de la polémica.

Porque Bullrich no negó la violencia contra las mujeres. No minimizó el drama de los femicidios. Tampoco descalificó el reclamo original que dio nacimiento al Ni Una Menos. Su planteo fue otro. Mucho más incómodo para ciertos sectores políticos: la idea de que una demanda legítima terminó absorbida por una estructura ideológica que convirtió el dolor social en una herramienta de construcción partidaria.

Y lo hizo, además, en el momento exacto.

La nueva movilización feminista ocurría atravesada por una serie de crímenes aberrantes que conmocionaron al país, especialmente el asesinato de Agostina, la adolescente de 14 años hallada muerta en Córdoba tras varios días de búsqueda. El impacto emocional del caso volvió a poner sobre la mesa una pregunta inevitable: ¿por qué, después de años de políticas, ministerios, campañas y presupuestos multimillonarios, la violencia extrema sigue presente?

Bullrich decidió responder esa pregunta desde un lugar completamente opuesto al discurso tradicional del feminismo militante.

Su mensaje tuvo un eje clarísimo: el problema no son “los hombres”, ni el capitalismo, ni una estructura abstracta imposible de identificar. El problema es el criminal concreto. El asesino. El violador. El delincuente que debe pagar con cárcel y condena efectiva. Sin cursos de reeducación, sin retórica académica y sin relativismos ideológicos.

Ese enfoque conecta directamente con el ADN político del mileísmo.

Javier Milei construyó buena parte de su liderazgo enfrentando lo que define como “estructuras de intermediación política”. Para el Presidente, casi todas las causas nobles de las últimas décadas fueron capturadas por organizaciones que terminaron viviendo del conflicto más que resolviéndolo. Según esa lógica, pasó con los movimientos sociales, con los derechos humanos, con parte del sindicalismo y ahora también con el feminismo.

Bullrich entendió perfectamente ese clima cultural. Y actuó en consecuencia.

Por eso utilizó una expresión tan quirúrgica como “marketing”. No fue casual. Buscó instalar la idea de que existe un feminismo más preocupado por la performance política, la construcción estética y la ocupación del espacio público que por los resultados concretos. Una acusación durísima. Pero también extremadamente eficaz en términos políticos.

Porque hay un fenómeno silencioso que parte del sistema político todavía no termina de comprender: una porción importante de la sociedad comenzó a separar la legitimidad de ciertas causas de las organizaciones que dicen representarlas.

Muchas personas pueden seguir creyendo que la violencia contra las mujeres es un problema gravísimo y, al mismo tiempo, sentir rechazo frente a sectores militantes que perciben demasiado asociados al kirchnerismo, a consignas partidarias o a discursos de superioridad moral.

Ahí es donde Bullrich intenta construir poder.

La ministra devenida senadora comprendió antes que muchos dirigentes opositores que el oficialismo no busca únicamente ajustar la economía. Busca redefinir consensos culturales. Cambiar el sentido común. Disputar símbolos. Reconfigurar quién tiene autoridad moral para hablar de determinados temas.

Y en esa batalla el feminismo aparece como uno de los objetivos centrales.

No porque Milei ignore la existencia de los femicidios, sino porque considera que durante años se construyó alrededor de esa tragedia una burocracia ideológica incapaz de ofrecer resultados reales. El Gobierno intenta instalar que mientras crecían ministerios, observatorios y estructuras financiadas por el Estado, las víctimas seguían apareciendo.

Es una narrativa potente. Sobre todo en una Argentina exhausta económicamente y cada vez más escéptica frente a los discursos tradicionales de la política.

Sin embargo, la discusión tiene zonas incómodas para ambos lados.

Porque sería absurdo negar que muchas mujeres marchan impulsadas por experiencias personales devastadoras, lejos de cualquier especulación partidaria. Hay madres con hijas asesinadas. Hay chicas atravesadas por historias de violencia. Hay miedo genuino. Dolor real. La calle no se llena solamente por militancia.

Pero también sería ingenuo ignorar que buena parte de la dirigencia política utilizó durante años determinadas causas sociales como mecanismo de acumulación simbólica y electoral.

Bullrich decidió entrar exactamente en esa grieta.

Lo hizo, además, en un momento donde necesitaba reafirmar alineamiento con Javier Milei después de las tensiones internas provocadas por sus diferencias alrededor del pliego de la jueza Michelli. El mensaje sobre feminismo funcionó también como una señal política hacia el núcleo duro libertario: Patricia sigue siendo parte del proyecto.

Y Milei respondió inmediatamente replicando el mensaje. No fue un gesto menor. El Presidente entendió que Bullrich acababa de darle forma discursiva a una de las ideas centrales del oficialismo: la necesidad de desmontar lo que consideran aparatos ideológicos construidos alrededor de causas legítimas.

La pregunta de fondo es otra. Mucho más compleja.

¿Qué ocurre cuando una parte de la sociedad empieza a desconfiar no de la causa, sino de quienes la representan?

Ahí aparece el verdadero problema para el feminismo militante argentino. Tal vez el desgaste no provenga de la agenda en sí misma, sino de la percepción de que algunos sectores terminaron confundiendo defensa de derechos con construcción partidaria.

Bullrich olió esa fragilidad. Y decidió convertirla en campo de batalla.

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