
Milei debe apagar las internas antes de que el desgaste ponga en riesgo el cambio
OPINIÓN Por Carlos Zimerman


Quienes apoyamos al gobierno de Javier Milei tenemos el deber de señalar aquello que consideramos equivocado. No para debilitar un proyecto político que ayudó a sacar a la Argentina de una inercia de decadencia, sino precisamente para fortalecerlo. Porque si algo no puede ocurrir es que los errores propios terminen facilitando el regreso de quienes durante años gobernaron entre corrupción, privilegios y fracaso económico.
Por eso preocupa una realidad que comienza a repetirse con demasiada frecuencia: las peleas internas están ocupando más espacio que la gestión.
La sociedad votó un cambio, no una guerra permanente dentro del oficialismo.
En los últimos meses se multiplicaron los cortocircuitos entre dirigentes, asesores, funcionarios y sectores que forman parte del mismo proyecto político. Disputas de poder, diferencias estratégicas, operaciones cruzadas y mensajes públicos que muchas veces terminan generando más ruido que resultados.
El problema no es que existan diferencias. En toda fuerza política las hay. El problema aparece cuando esas diferencias se transforman en conflictos permanentes que desgastan al gobierno y desvían la atención de los temas verdaderamente importantes.
No se puede abrir una batalla nueva cada semana.
Mientras algunos dirigentes discuten posiciones internas, la gente está preocupada por cuestiones mucho más concretas. Quiere que siga bajando la inflación. Quiere que la actividad económica se recupere. Quiere que aumenten las inversiones. Quiere que las fábricas produzcan más y no menos. Quiere que haya empleo y oportunidades.
El argentino común está en otra cosa.
Uno de los últimos episodios que reflejan este clima fue el enfrentamiento que involucró a Patricia Bullrich, una dirigente que merece una consideración especial dentro del espacio gobernante.
La exministra de Seguridad no solamente acompañó a Javier Milei en el balotaje cuando muchos especulaban o dudaban. También se convirtió en una de las funcionarias con mayor nivel de gestión y una de las caras más sólidas del gobierno nacional.
Por eso, cuando aparecen cuestionamientos internos o disputas que la tienen como protagonista, el mensaje que recibe una parte importante de la sociedad es de desconcierto.
Los aliados leales deben ser escuchados, respetados y valorados.
Pero el caso de Bullrich es apenas un ejemplo dentro de un problema más amplio. Lo verdaderamente preocupante es la sensación de que el oficialismo dedica demasiada energía a resolver conflictos internos y no suficiente a consolidar los logros alcanzados.
La administración de Milei consiguió avances que hace apenas dos años parecían imposibles. La inflación dejó de ser una amenaza de hiperinflación, las cuentas públicas comenzaron a ordenarse y se avanzó en reformas que durante décadas fueron postergadas.
Sin embargo, esos logros pueden perder fuerza política si quedan opacados por una permanente sucesión de enfrentamientos internos.
La confrontación puede ser una herramienta electoral. Gobernar exige otra responsabilidad.
La Argentina atraviesa una etapa decisiva. Los próximos meses serán fundamentales para consolidar la recuperación económica y recuperar la confianza de quienes todavía esperan mejoras concretas en su calidad de vida.
Para lograrlo hace falta gestión. Hace falta coordinación. Hace falta serenidad.
Y hace falta comprender que los verdaderos adversarios del cambio no están dentro del gobierno.
La mejor manera de evitar el regreso de quienes llevaron al país al fracaso no es profundizar las internas. Es mostrar resultados.
El presidente Javier Milei tiene una oportunidad histórica. Pero esa oportunidad no puede quedar atrapada en una lógica de conflictos permanentes.
Porque la sociedad no eligió un gobierno para verlo pelear consigo mismo.
Lo eligió para resolver los problemas de la Argentina.






























