Bullrich desafía el cerco libertario

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

El poder real rara vez se expresa de manera frontal. En política, las disputas más profundas suelen aparecer disfrazadas de gestos mínimos, silencios incómodos o movimientos cuidadosamente administrados. Esta semana, en el corazón de La Libertad Avanza, volvió a quedar expuesto algo que el oficialismo intenta ocultar desde hace meses: la tensión creciente entre Patricia Bullrich y el núcleo de poder que integran Javier y Karina Milei.

No se trata todavía de una ruptura. Tampoco de una rebelión abierta. Es algo bastante más sofisticado y, por eso mismo, más relevante. Bullrich comenzó a marcar territorio dentro de un espacio político que se edificó bajo una lógica de obediencia absoluta hacia los hermanos presidenciales. Y lo hizo de la peor manera posible para la conducción libertaria: demostrando que posee volumen político propio.

El episodio que detonó el malestar interno fue su desacuerdo con la postura oficial respecto de un pliego judicial en el Senado. La discusión parlamentaria terminó funcionando apenas como disparador de algo mucho más profundo. Porque en La Libertad Avanza el problema nunca es el tema puntual en debate. El verdadero conflicto aparece cuando alguien se atreve a mostrar autonomía.

Ahí reside el dato político más importante de la semana.

El mileísmo tiene una larga lista de dirigentes eyectados por insinuar diferencias mínimas con la conducción. Funcionarios desplazados, legisladores marginados y aliados degradados conforman parte del paisaje habitual de un oficialismo donde la verticalidad no es una herramienta de organización sino una identidad de poder. Sin embargo, Bullrich no recibió ese tratamiento. Nadie la expulsó del círculo libertario. Nadie salió a destruirla públicamente. Nadie activó la maquinaria digital para disciplinarla.

¿Por qué?

Porque los hermanos Milei saben que Bullrich no es un cuadro político más dentro del oficialismo. Es una dirigente con legitimidad electoral propia, con estructura parlamentaria y con capacidad de influir sobre sectores del electorado que fueron decisivos para la llegada de Javier Milei al poder.

Y Bullrich también lo sabe.

Por eso, apenas quedó expuesta la diferencia con la Casa Rosada, empezó a moverse con señales políticas muy concretas. Las apariciones junto a Luis Petri y Mariano Campero no fueron simples encuentros circunstanciales. Fueron demostraciones de supervivencia interna. Un modo elegante de recordarle al karinismo que ella conserva dirigentes leales, terminales políticas y capacidad de construcción propia.

En el universo libertario, eso equivale casi a una provocación.

Karina Milei viene consolidando desde hace meses un esquema de control rígido sobre el partido y sobre las candidaturas futuras. La lógica es clara: evitar que emerjan figuras con autonomía suficiente como para disputar poder interno. Eduardo “Lule” Menem funciona como ejecutor de esa ingeniería política, diseñada para garantizar que toda acumulación de poder termine orbitando alrededor del liderazgo familiar.

El problema para esa estrategia es que Bullrich no encaja fácilmente en ese molde.

La actual senadora nacional y jefa del bloque libertario en la Cámara Alta no llegó al oficialismo como una dirigente subordinada sino como una figura con historia propia, con trayectoria, con vínculos y con una identidad política consolidada desde hace décadas. Su incorporación fue decisiva para ampliar la base electoral de Milei en el balotaje y para otorgarle volumen institucional a una fuerza que todavía tenía rasgos embrionarios.

Ese capital político es el que ahora empieza a transformarse en una incomodidad para el círculo más cerrado del poder libertario.

Bullrich parece haber comprendido algo antes que muchos dirigentes oficialistas: el mileísmo atraviesa una transición delicada entre el fenómeno electoral y el ejercicio permanente del poder. Durante la campaña, la centralización extrema y la conducción hiperpersonalista funcionaron como fortalezas. Gobernar, en cambio, exige administrar equilibrios internos, contener liderazgos y aceptar márgenes de autonomía. Justamente lo que el oficialismo más resiste.

Por eso cada movimiento interno empieza a adquirir un valor simbólico enorme.

Cuando Bullrich respalda públicamente a Petri, no solamente sostiene a un aliado político. También desafía implícitamente la lógica de disciplinamiento interno. Cuando se muestra con dirigentes que perdieron consideración dentro del karinismo, está enviando una señal precisa: todavía conserva capacidad para construir un espacio propio dentro de La Libertad Avanza.

Y eso inquieta.

Porque el oficialismo puede tolerar diferencias menores. Lo que no tolera es la construcción de poder paralela.

La gran incógnita es hasta dónde llegará esta convivencia forzada entre Bullrich y los hermanos Milei. Por ahora, ambas partes parecen necesitarse mutuamente. El Presidente no puede prescindir fácilmente de una dirigente con peso político, experiencia y representación parlamentaria. Bullrich, por su parte, sabe que su centralidad actual también depende de seguir formando parte del oficialismo.

Pero las tensiones ya dejaron de ser subterráneas.

La foto sonriente entre Karina Milei y Bullrich difundida en las últimas horas buscó transmitir normalidad. Sin embargo, en política las imágenes muchas veces funcionan exactamente al revés: aparecen cuando la armonía necesita ser sobreactuada.

Detrás de esa postal quedó flotando una pregunta incómoda para el oficialismo: ¿cuánto espacio está dispuesto a conceder el mileísmo a dirigentes con poder propio?

La respuesta probablemente termine definiendo no sólo el futuro de Bullrich dentro del esquema libertario, sino también el tipo de fuerza política que La Libertad Avanza pretende construir hacia adelante.

Porque los liderazgos hipercentralizados suelen funcionar con eficacia mientras el poder se concentra y la popularidad acompaña. El problema aparece cuando comienzan las disputas por la sucesión interna, las candidaturas y la administración del capital político acumulado.

Y esa discusión, aunque todavía nadie la admita en voz alta, ya empezó.

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