



Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
En la política existen discusiones estratégicas, diferencias ideológicas, disputas de liderazgo y conflictos de poder. Todas son inevitables. Lo que resulta más difícil de explicar es cuando una fuerza política convierte esas tensiones en un método de funcionamiento permanente. Allí deja de ser una organización que debate para transformarse en una maquinaria que se consume a sí misma.
Eso es lo que parece estar ocurriendo en buena parte del peronismo.
Mientras Javier Milei atraviesa las complejidades propias de cualquier gestión, con desafíos económicos, sociales y políticos de enorme magnitud, el principal espacio opositor sigue atrapado en una conversación que gira sobre sí misma. Una discusión interminable donde el pasado ocupa más espacio que el futuro y donde los nombres propios pesan más que las ideas.
La escena se repite una y otra vez. Cuando parece abrirse una instancia de acercamiento, aparece una declaración desafortunada, una chicana, una cuenta pendiente o un viejo rencor que vuelve a emerger. Como si existiera una fuerza invisible que empujara sistemáticamente a los protagonistas a retroceder cada vez que intentan avanzar.
Las recientes polémicas alrededor de expresiones dirigidas a Cristina Kirchner no hicieron más que exponer una realidad que ya era conocida por todos. El problema no son las palabras. Las palabras son apenas el síntoma. Lo verdaderamente importante es la enfermedad política que las produce.
Porque detrás de cada frase desafortunada hay algo más profundo: una disputa de liderazgo que nunca terminó de resolverse.
Cristina sigue siendo la dirigente con mayor capacidad de influencia dentro del universo peronista. Axel Kicillof representa, para una parte importante de ese mismo espacio, la posibilidad de una renovación generacional y de una construcción con autonomía propia. Entre ambos polos se mueve una dirigencia que intenta acomodarse sin romper definitivamente ninguno de los puentes.
El problema es que la convivencia entre ambas referencias políticas se volvió cada vez más compleja.
Lo llamativo no es que existan diferencias. Lo extraño sería que no las hubiera. Lo verdaderamente preocupante es que esas diferencias parecen haber adquirido una dimensión emocional que supera ampliamente la discusión política.
En los pasillos, en las reuniones reservadas y en las conversaciones informales aparece una palabra que se repite con frecuencia: agotamiento.
Agotamiento de los intendentes.
Agotamiento de los legisladores.
Agotamiento de los dirigentes territoriales.
Agotamiento incluso de militantes que durante años defendieron posiciones internas con una intensidad que hoy ya no encuentran justificación para sostener.
Muchos observan con preocupación cómo la oposición más importante del país dedica una enorme cantidad de energía a resolver conflictos domésticos mientras el oficialismo sigue ocupando el centro de la escena pública.
La paradoja es evidente.
Cuanto más tiempo dedica el peronismo a discutir quién conduce, menos tiempo dedica a explicar hacia dónde quiere conducir.
Y allí aparece una pregunta incómoda.
¿Cuál es hoy la propuesta política que diferencia al peronismo del gobierno de Milei?
La respuesta no surge con claridad.
Las peleas internas ocupan los titulares.
Las disputas de poder dominan las conversaciones.
Las especulaciones electorales desplazan cualquier debate programático.
La consecuencia es que la sociedad observa desde afuera una organización concentrada en resolver sus propios problemas antes que los problemas de los argentinos.
Esa percepción puede resultar injusta para muchos dirigentes que trabajan diariamente en la construcción de una alternativa. Sin embargo, en política las percepciones suelen ser tan importantes como los hechos.
Por eso algunos sectores comenzaron a insistir en la necesidad de bajar la intensidad de la confrontación interna. No porque hayan desaparecido las diferencias, sino porque entienden que la continuidad de este escenario puede tener consecuencias electorales muy difíciles de revertir.
El cálculo es sencillo.
Si el oficialismo llega debilitado a la próxima elección, la oposición debería estar preparándose para ofrecer una alternativa sólida.
Pero si la oposición llega fragmentada, sin liderazgo definido y sin un programa común, el beneficiario natural será para quien hoy ocupa la Casa Rosada.
No se trata de una teoría sofisticada. Es una de las reglas más antiguas de la política.
Los oficialismos suelen perder elecciones cuando las oposiciones logran organizarse.
Las oposiciones suelen perderlas cuando dedican más tiempo a enfrentarse entre ellas que a construir una propuesta competitiva.
Por eso cada nuevo episodio de tensión genera preocupación dentro del propio peronismo.
Porque ya no se discute solamente una candidatura, una lista o una conducción partidaria.
Lo que está en juego es algo más elemental: la capacidad de transformarse nuevamente en una opción de poder.
La historia política argentina está llena de ejemplos de espacios que confundieron liderazgo con propiedad, lealtad con obediencia y debate con confrontación permanente. Ninguno terminó bien.
El peronismo enfrenta ahora ese desafío.
Puede seguir atrapado en una lógica donde cada declaración genera una respuesta y cada respuesta produce una nueva fractura.
O puede asumir que ningún dirigente, por importante que sea, alcanza por sí solo para construir una mayoría electoral.
La sociedad no suele premiar a quienes discuten indefinidamente entre sí.
Mucho menos cuando esas discusiones parecen alejadas de las preocupaciones cotidianas de la gente.
Mientras tanto, el calendario avanza.
Y en política el tiempo es el recurso más valioso porque, a diferencia del poder, nunca vuelve.
Quizás esa sea la verdadera advertencia que sobrevuela hoy sobre el peronismo. No que existan diferencias. Las diferencias siempre existirán.
El problema es que, mientras unos siguen contando agravios y otros administran resentimientos, Javier Milei observa cómo sus adversarios consumen energías en una batalla interna que, hasta ahora, no produjo vencedores.
Pero sí podría terminar produciendo un beneficiario.





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