Córdoba, el gran objetivo libertario

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Durante años, la política cordobesa pareció transitar por un carril propio. Mientras en el resto del país se sucedían gobiernos de distintos signos políticos, el denominado cordobesismo logró construir una estructura de poder sólida, capaz de atravesar crisis económicas, cambios de época y transformaciones electorales sin perder el control de la provincia. Sin embargo, los tiempos están cambiando.

La reciente reunión entre el ministro del Interior, Diego Santilli, y un grupo de intendentes cordobeses convocados por el diputado nacional Gabriel Bornoroni, dejó una definición que no pasó desapercibida: el presidente Javier Milei quiere disputar el poder en Córdoba y poner fin a la hegemonía política que gobierna la provincia desde hace más de un cuarto de siglo.

La declaración tiene un peso específico que trasciende cualquier encuentro de gestión. Porque hasta ahora existían numerosas especulaciones acerca de una posible convivencia política entre la administración nacional y el gobernador Martín Llaryora. La buena relación institucional, los acuerdos legislativos circunstanciales y la necesidad mutua de mantener canales de diálogo alimentaban la idea de un entendimiento de largo plazo.

Sin embargo, según trascendió del encuentro, Santilli fue categórico al descartar cualquier acuerdo político entre ambas administraciones. Una cosa es la relación institucional entre Nación y Provincia, y otra muy distinta la disputa por el poder. Y allí parece estar el verdadero mensaje que la Casa Rosada busca transmitir.

La estrategia libertaria es clara. Milei no pretende conformarse con ganar elecciones nacionales en Córdoba; quiere gobernarla. La provincia fue uno de los pilares fundamentales de su triunfo presidencial y, a la luz de los números electorales, el oficialismo nacional considera que existe una oportunidad concreta para transformar ese respaldo electoral en una construcción política propia.

No será una tarea sencilla. El cordobesismo ha demostrado una enorme capacidad de adaptación y supervivencia. Lo hicieron primero José Manuel de la Sota, luego Juan Schiaretti y ahora Martín Llaryora, consolidando un modelo que logró mantener altos niveles de aceptación incluso en contextos económicos complejos.

Pero también es cierto que los ciclos políticos no son eternos. Después de casi tres décadas de predominio ininterrumpido, aparecen signos de desgaste, cuestionamientos a la gestión y una demanda de renovación que comienza a manifestarse en distintos sectores de la sociedad.

La gran incógnita es quién encabezará ese desafío. Hoy, paradójicamente, los dirigentes mejor posicionados en la provincia siguen siendo justamente Llaryora y Schiaretti, mientras que la oposición todavía no encuentra una figura capaz de concentrar el voto de quienes pretenden un cambio de rumbo.

Por eso, el desafío de La Libertad Avanza no pasa únicamente por confrontar con el oficialismo provincial. También deberá construir liderazgo territorial, sumar intendentes, fortalecer equipos y ofrecer una alternativa de gobierno creíble para una provincia con identidad política propia y características muy distintas a las del escenario nacional.

Lo que parece haber quedado claro tras la reunión es que Córdoba ya forma parte del mapa estratégico de la Casa Rosada. La reelección de Milei, la provincia de Buenos Aires y Córdoba aparecen como los tres grandes objetivos electorales del oficialismo para 2027.

La disputa recién comienza. Y si algo dejó en evidencia el mensaje transmitido por Santilli es que el cordobesismo ya no enfrenta únicamente a la oposición tradicional. Ahora tiene enfrente a un gobierno nacional decidido a competir por el principal bastión político del interior argentino.

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