Se va Adorni: una salida necesaria y una lección que no puede repetirse

OPINIÓN Por Carlos Zimerman

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Por Carlos Zimerman

Hubo un momento en que la decisión dejó de ser política para convertirse en una cuestión moral. Manuel Adorni ya no podía seguir siendo parte de un gobierno que llegó al poder prometiendo exactamente lo contrario de aquello que durante décadas indignó a millones de argentinos. Su salida era inevitable. Era un hecho. Y, como lo dijimos hace tiempo, sostenerlo era política, ética y moralmente inviable.

El verdadero error no fue solamente Adorni; fue haber tardado demasiado en tomar la decisión.

No se trata únicamente de haber apartado a un funcionario cuestionado. El problema fue haber perdido un tiempo precioso intentando defender lo indefendible. Fueron semanas de desgaste innecesario, de explicaciones forzadas y de silencios que nunca debieron existir. Un gobierno que hizo de la honestidad su principal capital político no puede dudar cuando aparece la sospecha de corrupción.

"Demasiado tiempo para echar a un corrupto, demasiado tiempo perdido y un desgaste que jamás debió producirse."

Ahora comienza otra etapa.

Javier Milei tiene la obligación de hacer un replanteo profundo. Casi una refundación de su administración. No alcanza con cambiar nombres. Debe revisar los mecanismos de control, la selección de funcionarios y recuperar la autoridad moral que lo llevó a la Casa Rosada.

Porque la diferencia con la vieja política nunca puede quedar solamente en el discurso.

Paradójicamente, quienes más aprovecharon este episodio fueron los dirigentes del kirchnerismo. Los mismos que convirtieron al Estado en un festival de corrupción, que dejaron un tendal de causas judiciales y que durante años naturalizaron los negociados con los recursos públicos, hoy encontraron en Adorni un blanco para intentar equiparar responsabilidades.

La doble vara del kirchnerismo sigue siendo tan escandalosa como previsible.

Resulta casi ofensivo escuchar a referentes del peronismo hablar de transparencia cuando fueron protagonistas del período más oscuro en materia de corrupción de la historia reciente de la Argentina. Adorni no representa ni el uno por ciento de lo que significó el aparato de corrupción kirchnerista.

Pero esa comparación ya no alcanza.

Precisamente porque este gobierno prometió ser distinto, no puede refugiarse en el argumento de que "los otros fueron peores".

Ese razonamiento pertenece a la política que Milei prometió terminar.

La sociedad no votó un gobierno para que fuera un poco mejor que el anterior; lo votó para que fuera completamente distinto.

Por eso, la salida de Adorni debe marcar un punto de inflexión y no un simple cambio de nombres.

Es momento de barajar, dar de nuevo y volver a construir confianza desde los hechos y no desde los discursos.

Todavía hay tiempo para corregir.

Pero la credibilidad, una vez dañada, nunca vuelve intacta.

En política no alcanza con ser honesto. También hay que parecerlo.

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