


Por Carlos Zimerman
Martín Llaryora está nervioso. Se lo ve molesto, incómodo, fuera de eje. Y no es casualidad. Gobierna una provincia que mayoritariamente apuesta y respalda al presidente Javier Milei, pero al mismo tiempo pretende construir su reelección desde una posición crítica hacia el Gobierno nacional. En política, esa ecuación es casi imposible: no se puede ir contra el viento cuando el viento sopla fuerte en tu propia provincia.
Esa contradicción explica muchas cosas. Explica su malhumor creciente. Explica su reacción desmedida frente a la oposición. Y explica, sobre todo, por qué eligió confrontar de manera personal con Rodrigo de Loredo, quien no solo mantiene una postura extremadamente crítica sobre su gestión, sino que además ya manifestó su intención de ser candidato a gobernador de Córdoba.
Durante la apertura de sesiones ordinarias, el arco opositor lo cuestionó con dureza. Y Llaryora no lo toleró. Se salió del libreto institucional y cruzó un límite innecesario: trató de “botón” a De Loredo, utilizando una calificación futbolera que no corresponde al ámbito político ni al lugar donde fue pronunciada. No fue una chicana menor. Fue una reacción emocional, impropia de un gobernador.
Luego apuntó directamente contra el radicalismo con una frase que tuvo un destinatario claro:
“Ojalá que Milei le dé bola mañana, así dejan de obstruir y falsear”.
No fue una expresión al azar. Fue un mensaje político cargado de enojo, que deja en evidencia el temor a un escenario que empieza a tomar forma: un frente opositor con La Libertad Avanza como eje central.
La respuesta de De Loredo no tardó en llegar. Desde las redes sociales, salió al cruce con dureza y puso el foco en la debilidad política del gobernador.
“Qué miedo que le tiene Llaryora a un frente con La Libertad Avanza”, escribió, y lo bautizó sin rodeos como “Don Charlatín”.
Además, aseguró ver al mandatario “muy nervioso” y sostuvo que estaría percibiendo “el fin del ciclo del peronismo”. Una definición que, más allá del tono, apunta al corazón del problema: Llaryora sabe que el escenario político cambió y que ya no alcanza con el viejo libreto del poder provincial.
El gobernador enfrenta un dilema que él mismo construyó: necesita diferenciarse de Milei, pero gobierna una provincia que lo apoya; quiere mostrarse fuerte, pero reacciona con enojo; busca liderazgo, pero no tolera el disenso.
Cuando un gobernador se enoja con quien lo desafía, no muestra autoridad: muestra preocupación. Porque el problema no es la crítica. El problema es que esa crítica viene de alguien que ya se anotó para disputarle el poder.
La política es competencia. Es debate. Es confrontación de ideas. Pero cuando el poder pierde la calma, cuando abandona el tono institucional y cae en la descalificación personal, deja al descubierto algo más profundo: el miedo a un escenario que ya no controla.
Y eso, en Córdoba, empieza a notarse demasiado.





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