


Por Carlos Zimerman
El gobernador de Córdoba, Martín Llaryora, camina hoy por una cornisa política cada vez más angosta. Sabe que cualquier paso en falso puede costarle caro y que el margen de error es mínimo. En una provincia donde el voto mayoritario acompañó a Javier Milei y donde el llamado Círculo Rojo exige sin rodeos una reforma laboral profunda, el mandatario cordobés intenta sostener un equilibrio tan delicado como inestable.
El problema es claro: el cordobesismo ya no intimida a nadie. Aquella construcción política que durante años supo imponer agenda desde la identidad provincial hoy perdió peso específico frente a una nueva realidad nacional donde lo que importa no son los discursos sino los votos concretos en el Congreso. Diputados y Senadores mandan. Y ahí es donde Llaryora juega su verdadera partida.
Porque en ese tablero aparecen dos figuras clave: Juan Schiaretti y Alejandra Vigo. Ambos concentran poder parlamentario real y, por ahora, eligen el silencio. No adelantan postura. No blanquean estrategia. No confirman si acompañarán o resistirán las iniciativas del gobierno nacional. Esa ambigüedad no es casual: es cálculo político puro.
Llaryora lo sabe. Y también sabe que la oposición provincial está agazapada, esperando que se equivoque. Un gesto de debilidad frente a Milei puede ser leído como traición por un electorado que apoyó masivamente al presidente. Pero una entrega sin condiciones lo dejaría sin identidad propia y sin margen para negociar. Entre esas dos tensiones se mueve el gobernador.
El Círculo Rojo cordobés presiona. Pide reforma laboral, competitividad, alineamiento con la Casa Rosada. Le exige pragmatismo económico y previsibilidad política. Al mismo tiempo, sectores del peronismo local esperan que Llaryora marque límites y conserve autonomía. Dos demandas opuestas, un solo gobernador.
En el fondo, lo que está en juego es algo más que una votación legislativa. Está en juego su futuro político. Llaryora entiende que este momento puede ser el primer escalón hacia su objetivo mayor: la reelección como gobernador de Córdoba. Y nadie construye una reelección empezando con una derrota estratégica.
Por eso la cautela. Por eso el silencio. Por eso la espera. Córdoba ya no discute relatos épicos ni identidades provinciales. Discute poder real. Discute quién vota qué y cuándo. Y en esa discusión, el gobernador intenta no quedar atrapado entre Milei, el empresariado local y una oposición que sueña con verlo tropezar.
El equilibrio es frágil. El tiempo corre. Y la política no perdona indecisiones eternas. Llaryora juega una partida donde cada movimiento será leído como señal: de fortaleza o de debilidad, de autonomía o de sumisión, de liderazgo o de cálculo.
En Córdoba ya no asusta el cordobesismo. Lo que vale es una sola cosa: los votos en el Congreso. Y allí se definirá no solo la relación con la Nación, sino también el destino político del propio gobernador.





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