


La política internacional no se define por gestos diplomáticos vacíos ni por comunicados tibios. Se define por liderazgos. Y hoy, en un mundo en plena reconfiguración, dos nombres concentran atención, poder y dirección política: Donald Trump y Javier Milei.
Estados Unidos y la Argentina atraviesan una etapa inédita de sintonía estratégica. No es casualidad. Es la consecuencia directa de que, por primera vez en mucho tiempo, ambos países están conducidos —o representados— por líderes que hablan el mismo idioma político: el de la libertad, el mercado, el orden y el combate frontal contra el populismo.
Estados Unidos volvió a mirar a la Argentina con respeto. La considera hoy un aliado fundamental en la región, un socio confiable en un continente donde durante años predominó la improvisación ideológica, la demagogia y la simpatía automática por regímenes autoritarios. Esa confianza no surge por arte de magia: surge porque Javier Milei rompió con décadas de subordinación al relato progresista que tanto daño le hizo al país.
Para Donald Trump, la conveniencia es evidente. Milei es un aliado incondicional, sin ambigüedades ni doble discurso. En tiempos donde la política global se ordena por afinidades claras, Trump encuentra en el presidente argentino algo cada vez más escaso: coherencia ideológica y coraje político.
Javier Milei ya no es solo el presidente de la Argentina. Traspasó las fronteras nacionales y se convirtió en una referencia internacional de la nueva derecha que crece en el mundo. Es escuchado, admirado y respetado por líderes, empresarios y dirigentes que ven en él lo que muchos no se animan a ser: un reformista real, dispuesto a enfrentar estructuras enquistadas y privilegios históricos.
La alianza con Estados Unidos no es simbólica. Es una señal directa a los mercados y a los principales inversores del mundo. Argentina vuelve a ser observada con interés. De a poco, las resistencias comienzan a ceder. La desconfianza sembrada por años de gobiernos populistas y corruptos empieza a diluirse ante un escenario impensado hasta hace poco tiempo.
Durante décadas, el país fue empujado a los márgenes del mundo por dirigentes que confundieron soberanía con aislamiento y justicia social con corrupción estructural. Hoy, ese ciclo comienza a cerrarse. Tener a Estados Unidos como aliado estratégico devuelve a la Argentina al centro del tablero internacional.
Trump gana un socio firme en Sudamérica.
Milei gana respaldo político, respeto global y una oportunidad histórica.
No es exagerado afirmar que Trump y Milei son hoy dos de las grandes figuras políticas del mundo, líderes que encarnan una corriente ideológica que avanza, se consolida y suma adeptos día a día. Mientras otros repiten recetas fracasadas, ellos discuten poder real, economía real y futuro real.
La Argentina vuelve a ser respetada, vuelve a ser escuchada.
Y, por primera vez en mucho tiempo, vuelve a tener la posibilidad concreta de insertarse entre las grandes naciones del mundo.
No es por casualidad, es por decisión política.





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