Maquiavelo, el pensador que alertó sobre la corrupción, el sectarismo de los políticos y los autoritarismos

NOTICIA DE INTERÉS 21 de junio de 2022 Por Adrián PIGNATELLI
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No hay que dar muchas vueltas. Casi quinientos años después, hay quienes sostienen que para arreglar las crisis que enfrentan las democracias en el mundo, hay que leer a Nicolás Maquiavelo, cuya obra ofrece varias claves para los dirigentes, guiños para los ciudadanos y llamados de atención para los políticos que sueñan con un poder desmedido. Su prédica no iba dirigida a los tiranos sobre cómo manejarse con un poder ilimitado, sino que buscaba abrirle los ojos a los ciudadanos sobre lo que éstos eran capaces de hacer si no se les ponía un límite.

 
Sus pensamientos escritos en el 1500, en los que daba la voz de alerta sobre las consecuencias de las malas decisiones de los gobernantes y las instituciones corruptas, harían hoy acomodarse nervioso, una y otra vez, a más de un político en su sillón en las oficinas del poder. Es verdad que entonces sus opiniones apuntaban a sus compatriotas florentinos, pero sus agudas observaciones bien pueden aplicarse a otros escenarios, aún actuales.

Maquiavelo, quien ha sido definido como un símbolo del Renacentismo, autor impío, inmoral, referente de la concepción moderna de Estado, patriota y republicano, ¿era realmente maquiavélico?

Hijo de una familia de cierto renombre en Florencia, había nacido el 3 de mayo de 1469. Su papá Bernardo era un jurisconsulto que no tenía fortuna, pero tuvo familiares que habían desempeñado cargos de importancia en Florencia. Nicolás era un joven de mediana estatura, delgado, de ojos vivaces, cabellos oscuros, que solía tener la boca siempre apretada.

Fue un gran lector de historia, de la que se interesaba no como pasatiempo sino para tomar sus enseñanzas y por qué no ver la forma de aplicarlas en el futuro. En su primera formación se nutrió leyendo a los pensadores antiguos, como Cicerón, Tucídides, Tito Livio, Polibio y Plutarco.

Su primer puesto en el gobierno florentino fue administrativo. Se preocupó por alertar de los peligros que amenazaban a la democracia y cuáles eran los caminos para evitarlos. En 1506 organizó una reforma militar florentino, armando una milicia nacional y prescindiendo de mercenarios, que cambiaban de mando al mejor postor. Su obra “Diálogos del arte de la guerra” es una anticipación teórica de los modernos ejércitos nacionales.

Cuando en 1512 las tropas florentinas fueron derrotados por el ejército español al servicio del Papa Julio II su nombre apareció en una lista de conspiradores. Sin haber estado realmente comprometido -sí sus amigos Piero Boscoli y Agostino Capponi- fue arrestado y torturado. “He estado muy cerca de la muerte, he soportado todos los dolores, y Dios y mi conciencia me han salvado”.

Maquiavelo era un defensor de la democracia y los que algunos vieron en sus escritos ideas y herramientas que les daba a los tiranos en realidad eran llamados de atención para desenmascararlo frente a la sociedad. Su frase “educar al príncipe”, en realidad apuntaba a “educar al pueblo”.

Florencia era entonces una república con mucha presencia de decisiones populares que siempre pujó con la desmesurada influencia de los Médicis, que hicieron lo imposible por manejarlo todo. El haber sido funcionario en su ciudad y una de las víctimas de las persecuciones de esta poderosa familia, lo inspiró para escribir El Príncipe, llenándolos de ejemplos de hombres que no tuvieron escrúpulos para llegar al poder, tal vez empezando por un tal Juan de Médicis, que se había convertido en el Papa León X.

Cuando asumió León X, no tardó en ser nuevamente arrestado y confinado en la granja familiar en San’t Andrea en Percussina, en el municipio de San Casciano in Val di Pesa, a unos quince kilómetros al sur de su Florencia natal. Lo acompañó su esposa Marietta Corsini, sus cuatro hijos y sus aventuras extra matrimoniales.

Para “El Príncipe”, se inspiró observando a la gente que iba a la posada “L’ Albergaccio” (La mala posada) contigua a su casa, donde concurría todas las noches después de cenar, vestido con ropas comunes. Se sentaba en una mesa al fondo, junto a la chimenea. “En compañía habitual del posadero, de un carnicero, de un mozo del molino y de dos peones de las canteras, me encanallo todo el día con ellos jugando a la cricca o al tric-trac” (un juego de dados). Se hacía preparar cane, cocida en vino, col negra e hinojos silvestres.

También, en esta época, fue cuando escribió “Discursos sobre las primeras décadas de Tito Livio”, algunas comedias como “Clizia” y “La Mandrágora”, historias que giran entorno a conflictos entre un joven y un viejo por los favores de una muchacha. “El Príncipe” recién se publicaría cinco años después de su muerte.

A lo largo de la historia, la obra de Maquiavelo no tuvo buena prensa. Ha sido señalado de ser el precursor de la perversión política y moral, a tal punto que en Gran Bretaña al Príncipe de las Tinieblas se lo llamaba “Old Nick” (viejo Nicolás) por él. Se soslayó su condición de humanista y de hombre del Renacimiento, formado en base a la lectura concienzuda de los autores clásicos. Fue a partir de éstos que Maquiavelo sostuvo que había que tomarlos como punto de partida para la enseñanza y explicación de la política.

Pero Maquiavelo alertó sobre las crisis democráticas, y las atribuyó al sectarismo irreconciliable entre los políticos, que iban más allá de simples discrepancias, y a las profundas desigualdades que no hacían otra cosa que destruir la confianza del ciudadano. Fueron hechas cinco siglos atrás pero parecen observaciones hechas hoy.

El pensador remarcó que parte de la culpa de los tiranos y de los autoritarismos la tiene la propia gente, que ven a esos dirigentes como salvadores.

Con una visión realista, separó la moral de la política y afirmaba que ésta última transitaba por sus propios carriles, independientemente de la economía y de la sociedad. Comprobó que el ejercicio del poder solía apartarse de los caminos de la lealtad y la ética.

Admitía que la política poseía reglas que podían ser amorales. “He considerado apropiado representar las cosas como son de verdad en la realidad, en lugar de como son imaginadas”, explicó. La frase más conocida que “el fin justifica los medios” no fue escrita por él, y surgió de una interpretación que se hizo sobre una anotación hecha por Napoleón Bonaparte. Otros la atribuyen a teólogo jesuita alemán Hermann Busenbaum: “Cuando el fin es lícito, también los medios son lícitos”, según se lee en su manual de teología moral de 1650. Maquiavelo sostuvo que los hombres en el poder deberían ser juzgados por los resultados obtenidos, y si éstos no se alcanzan, los medios que haya utilizado para alcanzarlos tendrían que ser perdonados.

Gran observador del individuo escribió cómo era ser en realidad el ejercicio del poder y no cómo debería ser. Porque El Príncipe es una suerte de manual de instrucciones sobre cómo ejercer el poder en forma eficiente.

Planeaba para Italia convertirla en un Estado unitario, pero en su tiempo era un país aún muy identificado con lo medieval y ninguno de los estados italianos de entonces tenían el poder suficiente para acometer dicha empresa. Ese sueño recién lo cumplirían Camillo Benso, conde de Cavour, Giuseppe Mazzini y Giuseppe Garibaldi trescientos años más tarde.

Estudiosos de Maquiavelo afirman que para la escritura de “El Príncipe” se inspiró en la figura del hábil César Borgia, hijo natural del cardenal Rodrigo Borgia. Sus dotes como soldado y su permanente búsqueda desmedida del poder hicieron que fuera admirado y odiado con la misma intensidad. Para Maquiavelo, era una suerte de modelo del príncipe para gobernar. “El temor al príncipe se mantiene por un temor al castigo que nunca nos abandona”, escribió. Sin embargo, le dedicó el libro a los Médicis, en un intento por congraciarse con ellos, cosa que logró ya que el cardenal Giulio de Médicis, una vez convertido en el Papa Clemente VII, lo empleó para diversas misiones diplomáticas. Al tener éxito en sus gestiones, le dio más trabajo y le encargó la escritura de dos obras. Ellas fueron El arte de la guerra (la única publicada en vida de Maquiavelo, en 1521) e Historias florentinas, que terminó en 1525.

Se ganó la antipatía de la iglesia al remarcar su decadencia y la necesidad de una reforma. “Ser religioso era una de las cualidades que el príncipe debía aparentar tener”, remarcaba e insistía en que no era anticlerical. Sus ideas se aproximaban a que Jesucristo y no el papa era la cabeza verdadera de la iglesia. El Príncipe pasaría a integrar el índice de libros prohibidos por la iglesia. “Este libro ha sido escrito por el dedo mismo del diablo”, sentenció el cardenal Reginald Pole, arzobispo de Canterbury.

La tesis repetida por años que Maquiavelo era un partidario de la dictadura se derrumba con solo leer su obra, que lo refleja como un republicano. Tuvo el valor de hablar, en su época, de cuestiones tales como la virtud, la fortuna, el bien común y la guerra, así como el respeto por la justicia y que una democracia era mucho mejor que un gobierno autoritario.

Cuando los ejércitos de Carlos V, en su enfrentamiento con el papa, franceses y turcos saquearon Roma en 1527 y sitiaron a Clemente VII, un nuevo movimiento popular volcó el tablero a favor de la república en Florencia y los viejos amigos y aliados de Maquiavelo se alejaron de él y le dieron la espalda. Sorpresivamente enfermó y falleció el 21 de junio de 1527. Sus restos permanecieron ignorados durante dos siglos y medio hasta que gracias a una suscripción popular a fines del siglo XVIII se construyó un magnífico mausoleo en la iglesia de Santa Croce. Descansa cerca de otros ilustres italianos, como Galileo Galilei y Miguel Angel Buonarotti. Su epitafio lo dice todo: “Ningún elogio podría expresar la grandeza de este nombre: Nicolás Maquiavelo. Murió en 1527″. En el cuarto centenario de su nacimiento, se colocó una placa en el frente de su casa: “A Nicolás Maquiavelo. Aquel que inspiró y propugnó la liberación de Italia escribiendo sus obras inmortales sobre el arte de mantener y defender la patria con tropas nacionales”.

La vivienda de San’t Andrea en Percussina es una atracción turística que mantiene vivo su espíritu, el gran mal comprendido de la historia política que escribió que el “verdadero modo de llegar al paraíso es aprender el camino del infierno para eludirlo”.

Fuente: Infobae

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