La ciudadanía debe poner la pelota en el lugar que corresponda

OPINIÓN Por
Las soluciones a los problemas de la sociedad argentina deben pasar por la política. Es la única forma de encaminar todos los debates y todas (o casi todas) las posiciones hacia una síntesis que tienda al bien común
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Las dictaduras se hacen de los medios para resolver estas cuestiones sin recurrir a torsiones ni dis-torsiones. Pero el resultado, aunque rápido, difícilmente es bueno. En la Argentina vimos lo que resulta de poner por sobre la Constitución Nacional estatutos emanados de cúpulas llegadas por el asalto armado al poder.

 

Hacer política implica inexorablemente negociar, consensuar hasta donde se puede. Y en los casos en que no sea posible el consenso decidir en función de las condiciones que presenta el disenso, poniendo en la balanza distintos factores, siempre teniendo en cuenta principalmente la voluntad popular y apelando a la ética más estricta.

 

Hoy el país está conducido por un equipo surgido de un frente variopinto. Para poner fin a un gobierno que había puesto a la nación y su ciudadanía rumbo al desastre (“Yo les decía que así nos íbamos a ir a la mierda, y ellos me contestaban que no me preocupara”, confesó el expresidente) y que incluso había prometido seguir en el camino por el que iba “pero más rápido”, el kirchnerismo y otros grupos peronistas lograron una unidad electoral que puso en el sillón de Rivadavia a Alberto Fernández, un hombre moderado, lúcido, con experiencia de gobierno, y una opinión propia que en el momento oportuno lo llevó a apartarse de la jefatura de gabinete de ministros de la nación.

 

Y Fernández, que apenas lleva dos meses en su cargo, estableció prioridades, la primera de ellas combatir el hambre que aqueja a un sector enorme de la población. Y en este poco tiempo se dieron grandes y acertados pasos, con lo cual su liderazgo -puesto en duda por su origen, y manipulado bastante insidiosamente desde sectores de la oposición, por otra parte- se afirmó notablemente, con una fuerte elevación de imagen positiva en las encuestas generales.

 

El grave estado en que dejó la economía la administración macrista, lo sabíamos, iba a exigir concesiones. Y el amplio espectro ideológico entre los integrantes del Frente de Todos, también. Los cirujanos, salvo casos extremos en los que no cabe dilacion alguna, operan una vez estabilizado el paciente. Y Fernández debe transitar sobre la angosta cornisa posible, haciendo un equilibrio más que difícil.

 

Es sabido que las naciones no se mueven sino por sus intereses, y, en el caso de las potencias extranjeras, esos intereses incluyen inmiscuirse en los asuntos internos de los países sobre los que ejercen su influencia. Es claro el disgusto de las autoridades estadounidenses con los negocios que los países del resto de América tienen con China, por ejemplo. Y a nadie se le escapa la intromisión que implicaron los comentarios acerca de la actitud de Fernández de acoger en el país al presidente depuesto de Bolivia, Evo Morales, con todos los derechos que le asisten a cualquier ciudadano argentino. Fernández fue a pedir apoyo a Europa para sus negociaciones con el Fondo Monetario Internacional, y es díficil que las decisiones que al respecto deban tomar Angela Merkel o Macron sean independientes de las circunstancias políticas que vive el país.

 

En medio de este complicado panorama, las estructuras del gobierno registraron sus primeros crujidos palpables. Fernández no quiere agitar las aguas interviniendo en los temas judiciales. Y esto lo llevó a él y a su jefe de gabinete Cafiero a decir que no hay presos políticos en el país. Y las reacciones fueron inmediatas: una de sus ministras, Elizabeth Gómez Alcorta, que fue abogada defensora de Milagro Sala, salió al cruce, con duras expresiones para con el Jefe de Gabinete. No menos ácido fue Julio De Vido, quien hasta arriesgó un dilema posible: “¿Qué opinaría si Cristina Kirchner estuviera detenida?” dijo, refiriéndose a Cafiero.

 

Por su parte, el Canciller Felipe Sola salió en auxilio del presidente y el jefe de gabinete: "No diría que hay presos políticos. Hay presos que la justicia podría no tener presos pero es una decisión del Poder Judicial, un poder independiente del Ejecutivo. Hay casos de encarcelamiento que no se justifican desde el punto de vista jurídico, y que están ligadas a figuras que tienen relieve político, lo cual no quiere decir que los haya". La verdad es que hubiera sido mejor para su investidura que guardara silencio. Bajo cualquier parámetro estos dichos son mamarrachescos.

 

¿Habrá renuncias? ¿Volverá la tan necesaria paz en un equipo bastante heterogéneo que se armó al calor de una imperiosa causa de unidad? Son interrogantes difíciles, que solamente el tiempo responderá cuando corresponda.

 

Obviamente, los enemigos del gobierno y del laborioso proceso que implica dejar atrás la noche macrista y restablecer una nación en la que haya -entre otras cosas- justicia social, encuentran en todo esto un campo fértil. Pero quienes apoyan a un proyecto nacional y popular no deben equivocarse. Deben apoyar a Alberto Fernández y su equipo sin dejar de exigir la libertad de los encarcelados mediante escandalosos e increíblemente corruptos procedimientos y procesos, de los cuales día a día la ciudadanía, con asombro se notifica.

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