



Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Todo gobierno necesita un espejo donde mirar su futuro. Javier Milei encontró ese reflejo, desde el comienzo de su irrupción política, en una generación que hizo de las redes sociales su plaza pública, de la rebeldía su identidad y del rechazo a la política tradicional una bandera. Allí nació buena parte del fenómeno libertario. Pero los espejos tienen una característica incómoda: no devuelven la imagen que uno desea ver, sino la que existe. Y las señales que empiezan a aparecer entre los jóvenes obligan al oficialismo a formularse una pregunta que hasta hace poco parecía innecesaria: ¿sigue siendo Milei el intérprete natural de quienes lo llevaron al poder?
La inquietud no proviene solamente de las encuestas. Proviene, sobre todo, de la percepción de quienes conocen el funcionamiento interno del Gobierno. En los despachos donde se toman las decisiones electorales ya no alcanza con celebrar que el Presidente conserve una ventaja sobre el resto de los dirigentes. El interrogante cambió de naturaleza. Ya no se trata de comprobar si continúa siendo el más competitivo entre los jóvenes, sino de entender por qué una parte de ese electorado dejó de expresar entusiasmo.
Existe una diferencia sustancial entre perder votos frente a un adversario y perderlos hacia el desencanto. El primero puede combatirse con confrontación política. El segundo exige reconstruir expectativas. Y esa tarea suele ser bastante más difícil.
La juventud nunca fue un sector dócil. Tampoco premia indefinidamente a quienes alguna vez despertaron ilusión. Su comportamiento político suele responder menos a la fidelidad partidaria que a la percepción de autenticidad. Cuando siente que una propuesta representa una ruptura con el orden establecido, la abraza con intensidad. Cuando interpreta que esa ruptura comenzó a institucionalizarse o a parecerse demasiado a aquello que combatía, la distancia aparece con sorprendente velocidad.
Tal vez allí resida una de las tensiones más profundas del mileísmo.
Durante años, la identidad libertaria se alimentó de una lógica casi insurgente. No tenía estructuras tradicionales. Despreciaba los aparatos partidarios. Convertía cada discusión digital en una batalla cultural. Las redes sociales funcionaban como un territorio donde el oficialismo —cuando todavía era oposición— imponía agenda sin necesidad de disponer de intendentes, gobernadores o punteros.
Hoy esa dinámica parece haber perdido intensidad.
No significa que el ecosistema digital haya desaparecido. Significa que dejó de monopolizar la conversación. Algunas figuras que antes marcaban el pulso cotidiano quedaron reducidas a comentar acontecimientos que ya no protagonizan. La maquinaria comunicacional continúa existiendo, pero transmite una sensación diferente: pasó de ser una fuerza disruptiva a convertirse en una estructura más institucionalizada.
Paradójicamente, cuanto más se consolidó el poder político del oficialismo, menos visible parece aquella militancia espontánea que construyó gran parte de su identidad.
Esa transformación coincide con otra discusión silenciosa que atraviesa La Libertad Avanza: la convivencia entre quienes creen en la construcción territorial clásica y quienes siguen apostando a las herramientas digitales como principal mecanismo de movilización.
Karina Milei consolidó un esquema de organización que privilegia el armado político convencional. Santiago Caputo representó durante mucho tiempo otra lógica: la del laboratorio comunicacional permanente. Ambas estrategias convivieron mientras el crecimiento parecía ilimitado. Cuando comenzaron a aparecer señales de desgaste, las diferencias dejaron de ser una cuestión metodológica para convertirse en una disputa sobre cómo interpretar el presente.
Pero sería un error atribuir el fenómeno exclusivamente a las internas del oficialismo. El problema parece tener raíces bastante más concretas.
Los jóvenes viven la economía de manera distinta que el resto de la sociedad. No porque sufran problemas diferentes, sino porque suelen enfrentarlos con menos herramientas para amortiguarlos. Quien recién empieza su vida laboral, quien depende del crédito para consumir o quien todavía construye independencia económica percibe cada demora en la recuperación con mayor intensidad que quienes ya lograron cierta estabilidad.
Allí aparece una contradicción que el Gobierno todavía no termina de resolver.
El discurso económico oficial continúa apoyándose en indicadores macroeconómicos que muestran mejoras respecto del punto de partida. Inflación más contenida. Cuentas públicas ordenadas. Señales de crecimiento. Sin embargo, incluso dentro del propio oficialismo comenzaron a surgir voces que reconocen una evidencia difícil de ignorar: el ritmo con que esos avances llegan a la vida cotidiana resulta mucho más lento de lo esperado.
Cuando funcionarios de primera línea empiezan a pedir mayor velocidad en los resultados o admiten que la economía avanza por debajo de las expectativas, no están contradiciendo al Presidente. Están describiendo una dificultad política.
Porque la política tiene una característica que los economistas conocen bien pero pocas veces controlan: la paciencia social suele agotarse antes que los programas económicos alcancen su maduración completa.
Milei conserva una fortaleza que ningún dirigente opositor logró disputar seriamente entre los jóvenes. Sigue representando, para muchos, una alternativa distinta al pasado reciente. Ese capital político continúa siendo relevante. Pero también es cierto que el entusiasmo inicial ya no parece tener la misma intensidad.
Y esa diferencia importa.
El apoyo entusiasta moviliza. Convence. Milita. Produce participación. El respaldo resignado simplemente acompaña. Y una elección no siempre se define por quién conserva simpatía, sino por quién consigue que sus propios votantes decidan ir hasta la urna.
Los datos sobre participación juvenil deberían preocupar tanto como los niveles de imagen. Los menores niveles de concurrencia electoral aparecen precisamente entre quienes más habían acompañado la irrupción libertaria. Ese fenómeno introduce un riesgo adicional: no hace falta que esos votantes cambien de candidato para afectar el resultado. Basta con que decidan quedarse en sus casas.
En ese contexto cobran sentido algunos movimientos recientes del Presidente. Las recorridas con militantes. La recuperación de formatos más emocionales. Incluso la intención de volver a escenarios donde alguna vez construyó una conexión directa con sus seguidores.
No parecen gestos casuales.
El Gobierno parece haber comprendido que gobernar y entusiasmar son dos tareas distintas. La primera puede sostenerse mediante indicadores. La segunda exige símbolos.
La gran incógnita consiste en saber si esos símbolos todavía alcanzan.
León Trotsky sostenía que la juventud funciona como el barómetro más sensible de cualquier proceso político. La referencia resulta llamativa precisamente porque proviene de un pensador situado en las antípodas ideológicas del libertarismo. Pero la observación conserva vigencia. Los jóvenes suelen detectar antes que nadie los cambios de clima.
Quizás el oficialismo todavía tenga tiempo para corregir el rumbo. Quizás el crecimiento económico termine recomponiendo buena parte del respaldo perdido. O quizás descubra que gobernar obliga inevitablemente a renunciar a cierta épica de la oposición permanente.
La verdadera prueba para Milei no será demostrar que sigue siendo el dirigente mejor posicionado entre los menores de treinta años. Será comprobar que todavía puede inspirar a una generación que no le exige únicamente resultados, sino también la sensación de que sigue representando algo distinto.
Porque los jóvenes rara vez abandonan una causa por una sola decepción. Empiezan alejándose cuando dejan de sentir que esa causa no los escucha.



La CGT prepara un encuentro con León XIV y buscará llevar al Vaticano sus reclamos laborales

Los bancarios tendrán un bono superior a $2,1 millones y esperan nuevas actualizaciones salariales





Kicillof cuestionó a Milei y llamó a construir una alternativa opositora hacia 2027

Bullrich defendió el rumbo económico de Milei y pidió confianza para profundizar las reformas






















