Antes de soñar con el poder hay que sentarse en una misma mesa

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

La política tiene una costumbre bastante cruel: suele obligar a sus protagonistas a encontrarse justamente cuando más ganas tienen de no verse. Y algo de eso ocurrió en Buenos Aires. El peronismo, después de meses de reproches, silencios, acusaciones cruzadas y estrategias personales, volvió a sentarse alrededor de una misma mesa. No fue una foto de unidad, tampoco una declaración de amor entre dirigentes que todavía desconfían unos de otros. Fue algo bastante más modesto y, por eso mismo, posiblemente más importante: una conversación.

El escenario elegido tuvo también algo de simbólico. Durante varias horas, dirigentes que representan sectores diferentes del peronismo compartieron un ámbito para discutir una cuestión que, en apariencia, podría parecer meramente institucional, pero que encierra una discusión mucho más profunda sobre el futuro de la oposición: qué hacer con las PASO. Allí estuvieron Axel Kicillof, Sergio Massa, Máximo Kirchner, gobernadores, legisladores y jefes parlamentarios. Es decir, buena parte de quienes hoy tienen alguna pretensión de representar el poder real del peronismo.

El dato político no está solamente en lo que resolvieron. Está, sobre todo, en que pudieron discutirlo juntos.

Porque si algo caracterizó al peronismo durante los últimos tiempos fue su incapacidad para transformar una derrota electoral en una oportunidad de reorganización. Las diferencias internas dejaron de ser una discusión sobre matices y pasaron a convertirse en una guerra de posiciones. El kirchnerismo contra el kicillofismo, los gobernadores contra la conducción partidaria, los dirigentes que miran a Cristina Fernández de Kirchner como conducción indiscutible y quienes consideran que el movimiento necesita encontrar una etapa posterior. En el medio, Massa intentando conservar una capacidad de interlocución que nunca terminó de desaparecer.

El resultado de semejante fragmentación fue previsible: demasiadas energías destinadas a discutir quién tenía razón y muy pocas destinadas a pensar cómo recuperar representación social.

Por eso la reunión tiene una relevancia que excede largamente a las PASO. Las primarias se transformaron en una especie de contraseña. Quienes participaron del encuentro entendieron que defenderlas significa preservar un mecanismo para ordenar las diferencias internas mediante el voto y no mediante las habituales guerras de aparato. El Gobierno de Javier Milei pretende eliminarlas o suspenderlas. El peronismo, en cambio, parece haber entendido que, si no consigue resolver sus internas por consenso, necesitará algún mecanismo que permita que sean los ciudadanos quienes decidan.

Hay una ironía en todo esto. Una fuerza política que durante décadas construyó buena parte de su identidad alrededor de la capacidad de ordenar sus propias contradicciones ahora necesita una herramienta electoral para evitar que esas contradicciones terminen destruyéndola. Las PASO, en ese sentido, pueden funcionar como una especie de árbitro externo para un espacio que ya no consigue encontrar un árbitro interno aceptado por todos.

Pero sería ingenuo creer que una reunión de cinco horas alcanza para cerrar las heridas. No alcanza. Tampoco alcanza para borrar las diferencias entre Kicillof y Máximo Kirchner, dos dirigentes que representan proyectos, sensibilidades y estructuras políticas diferentes y que atravesaron un prolongado período sin diálogo político. Mucho menos alcanza para resolver la relación entre el gobernador bonaerense y Cristina Fernández de Kirchner, una cuestión que continúa atravesando como una corriente subterránea cualquier discusión sobre el futuro del peronismo.

Sin embargo, hay momentos en que la política no necesita soluciones definitivas. Necesita señales.

Y la señal fue que todos comprendieron algo elemental: separados pueden conservar sus pequeñas parcelas de poder, pero difícilmente puedan construir una alternativa competitiva frente a un Gobierno que tiene una estrategia política definida, una conducción centralizada y un objetivo electoral muy concreto.

Milei no necesita que el peronismo se divida para gobernar. Pero una oposición fragmentada le facilita enormemente la tarea de construir una mayoría electoral. Cada pelea interna del peronismo es, en términos políticos, una oportunidad para el oficialismo. Cada dirigente que privilegia su propia candidatura por encima de una estrategia común contribuye, aunque no lo pretenda, a la consolidación del adversario.

Ese es probablemente el aprendizaje más incómodo que dejó la reunión.

Los gobernadores lo vienen planteando desde hace tiempo. Necesitan una mesa política en la que puedan discutir no solamente candidaturas, sino también intereses concretos de sus provincias. El debate sobre los combustibles, las compensaciones vinculadas con las regiones climáticas, el Presupuesto y otras cuestiones legislativas demuestra que existe un terreno mucho más amplio para construir coincidencias.

Y allí aparece otra cuestión decisiva: el peronismo no puede pretender reconstruir su identidad únicamente alrededor del rechazo a Milei. La oposición necesita una agenda propia. Puede coincidir en determinadas votaciones, resistir algunas iniciativas oficiales y defender herramientas institucionales, pero si su única propuesta consiste en impedir las reformas del Gobierno, quedará atrapada en una lógica defensiva.

La política argentina ya mostró varias veces que la resistencia, por sí sola, no alcanza para ganar elecciones.

El peronismo necesita explicar qué quiere hacer con la economía, qué relación propone entre Estado y mercado, cómo piensa recuperar el empleo, qué sistema tributario pretende, qué lugar tendrán las provincias, cómo enfrentará la pobreza y de qué manera reconstruirá una relación de confianza con sectores sociales que alguna vez fueron parte de su electorado y que hoy observan otras alternativas.

Nada de eso se resuelve en una reunión. Pero tampoco puede resolverse si sus dirigentes ni siquiera pueden compartir una mesa.

Por eso el encuentro tiene una importancia que quizá todavía no sea evidente. No porque haya nacido allí una nueva conducción, ni porque se haya sellado una unidad electoral, ni porque las diferencias hayan desaparecido. Tiene importancia porque algunos de los dirigentes más relevantes del peronismo entendieron que continuar con la lógica de enfrentamiento permanente puede ser mucho más costoso que sentarse a negociar.

La política, después de todo, también consiste en saber cuándo una pelea dejó de ser útil.

Kicillof necesita preservar su identidad y su autonomía. Máximo Kirchner necesita sostener el peso político del kirchnerismo. Massa conserva aspiraciones y capacidad de diálogo. Los gobernadores necesitan recuperar protagonismo. Los bloques parlamentarios requieren coordinación. Y el Partido Justicialista debe encontrar una forma de contener todas esas demandas sin convertirse en un simple escenario de disputas internas.

Nadie salió de la reunión con todo lo que quería. Tal vez justamente por eso pueda considerarse un avance.

El verdadero desafío comenzará ahora. Porque sentarse juntos es sencillo comparado con el momento en que haya que decidir quién cede, quién conduce, qué programa se adopta y qué candidatura se privilegia. Allí aparecerán nuevamente los viejos fantasmas. Las diferencias territoriales, las ambiciones personales y las heridas todavía abiertas volverán a la superficie.

Pero hay una diferencia sustancial respecto de semanas atrás: ahora existe una mesa.

Y una mesa política, en la Argentina, nunca es un detalle menor.

El peronismo no está unido. Sería exagerado afirmarlo. Tampoco está cerca de resolver sus principales contradicciones. Lo que ocurrió es más pequeño y, al mismo tiempo, más concreto: sus principales dirigentes comenzaron a reconocer que la fragmentación puede ser funcional al Gobierno que pretenden enfrentar.

Defender las PASO fue apenas el primer acuerdo. Lo verdaderamente trascendente será comprobar si esa coincidencia puede transformarse en un método de trabajo.

Porque si el peronismo vuelve a levantarse de la mesa para regresar a las trincheras personales, la reunión habrá sido apenas otra fotografía en una larga colección de intentos fallidos. Pero si logra convertir ese encuentro en una rutina política, discutir sin romper, negociar sin humillarse y aceptar que ninguna de sus tribus puede quedarse con todo, entonces quizá haya comenzado algo más importante que una alianza electoral.

Quizá haya comenzado la reconstrucción de una fuerza política que, antes de pedirle nuevamente el voto a la sociedad, necesita demostrar que aprendió a escucharse a sí misma.

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