


Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
El peronismo acaba de encontrar una de esas pequeñas victorias parlamentarias que, en tiempos de derrotas acumuladas, adquieren una dimensión bastante mayor que la que tendrían en cualquier otro contexto. El proyecto de inviolabilidad de la propiedad privada llegó al Senado con una expectativa oficialista y terminó saliendo bastante más liviano de lo que había entrado. No fue una revolución. Tampoco una derrota terminal para el Gobierno. Pero sí fue una señal política que el peronismo necesitaba desesperadamente: cuando logra ordenar sus piezas, todavía puede incomodar a Javier Milei.
Lo interesante, sin embargo, no está solamente en el resultado de la votación. Está en todo aquello que ocurrió antes. Porque las leyes importantes rara vez se deciden cuando el tablero electrónico comienza a encenderse. Para entonces, las cartas ya fueron mostradas, los teléfonos ya ardieron, los gobernadores ya hicieron cuentas y los legisladores ya recibieron suficientes llamados como para entender que cada voto tiene un precio político. El recinto es apenas el último capítulo de una negociación que suele comenzar mucho antes y bastante lejos de las cámaras.
En ese terreno reapareció Sergio Massa. No necesitó una conferencia de prensa, una fotografía multitudinaria ni una declaración estridente. Le alcanzó con algo mucho más parecido a su especialidad: hablar con todos. El dirigente del Frente Renovador viene cultivando desde el comienzo de la era libertaria un perfil deliberadamente bajo, pero eso no significa que haya abandonado la política. Todo lo contrario. Su silencio público parece funcionar como una especie de sala de máquinas desde la cual observa, mide, conversa y espera.
Massa entiende que en el peronismo el poder no desaparece porque deje de verse. Cambia de lugar. Y en una fuerza atravesada por disputas internas, liderazgos superpuestos y ambiciones presidenciales, la capacidad de conectar sectores que desconfían entre sí puede valer tanto como una candidatura.
La discusión sobre la extranjerización de tierras le ofreció una oportunidad concreta para poner ese método en funcionamiento. El rechazo que generó esa parte de la iniciativa oficialista encontró además un inesperado amplificador en la conversación pública, donde distintas figuras de enorme llegada social instalaron el tema en un lenguaje mucho menos legislativo y bastante más emocional. Cuando una discusión jurídica comienza a circular por fuera de los ámbitos políticos tradicionales, los dirigentes suelen descubrir algo incómodo: la sociedad puede intervenir en la agenda sin pedir permiso.
Massa leyó ese escenario y se movió. Hubo conversaciones con gobernadores, contactos con senadores y negociaciones destinadas a evitar que el oficialismo consiguiera los votos que necesitaba para sostener intacto su proyecto. En ese recorrido aparecieron nombres como Gustavo Sáenz, Osvaldo Jaldo, Hugo Passalacqua y Rolando Figueroa. La estrategia no consistió en una épica opositora, sino en algo mucho menos romántico y bastante más efectivo: hacer cuentas.
El peronismo, por una vez, entendió que para bloquear una iniciativa no necesitaba resolver todas sus diferencias existenciales. Alcanzaba con ponerse de acuerdo sobre una cosa. Parece una obviedad, pero para el peronismo contemporáneo hasta las obviedades requieren una mesa de negociación.
La votación dejó entonces una conclusión incómoda para todos. El Gobierno comprobó que su capacidad de imponer una agenda tiene límites. La oposición comprobó que puede construir mayorías cuando deja de dedicarse exclusivamente a discutir quién tiene la lapicera. Y Massa comprobó algo que probablemente ya sabía: todavía existe un espacio para quien pueda hablar simultáneamente con las distintas tribus de un peronismo que lleva demasiado tiempo confundiendo liderazgo con propiedad.
Ahí aparece el verdadero problema. La batalla parlamentaria puede ser ganada con acuerdos circunstanciales. Una elección presidencial no.
Y es justamente en ese punto donde Massa empieza a mirar con creciente preocupación la estrategia de Axel Kicillof. La relación entre ambos no está rota. Hay diálogo. Hay interlocución. Hay puentes. Pero una cosa es conversar y otra muy distinta es confiar en la estrategia del otro.
Massa observa al gobernador bonaerense y ve un riesgo: que la construcción del Movimiento Derecho al Futuro termine funcionando más como una estructura de posicionamiento personal que como el embrión de una coalición nacional. Para una candidatura provincial puede ser suficiente. Para una presidencial, no. Una elección nacional exige gobernadores, intendentes, sindicatos, dirigentes territoriales, sectores productivos, estructuras partidarias y, sobre todo, una capacidad de representación que exceda largamente los límites de Buenos Aires.
Kicillof tiene una ventaja indiscutible: gobierna el distrito electoral más importante del país y conserva una identidad propia dentro del universo peronista. Pero también carga con una dificultad que no es menor: todavía no consiguió transformar esa centralidad territorial en una autoridad nacional indiscutida.
El problema se vuelve mayor porque enfrente tiene a Cristina Kirchner, cuya influencia sobre una parte sustancial del electorado peronista permanece vigente incluso bajo las restricciones judiciales que pesan sobre su presente político. Pretender construir el futuro del peronismo ignorando a Cristina sería, desde esta perspectiva, como diseñar un mapa de la Argentina eliminando la provincia de Buenos Aires porque incomoda. Puede hacerse sobre el papel. La realidad después se encarga de corregirlo.
Massa parece partir de una premisa elemental: si el objetivo es competir seriamente contra Milei, el peronismo necesitará algo más que indignación frente al Gobierno. Necesitará una propuesta. Y antes de la propuesta deberá resolver una cuestión bastante menos sofisticada: quiénes están dispuestos a sentarse juntos.
El problema es que cada sector tiene su propia explicación sobre por qué el otro debería ceder primero. Cristina conserva poder pero también genera resistencias. Kicillof quiere construir autonomía pero necesita ampliar su base. Los gobernadores reclaman protagonismo y recursos. Los intendentes quieren sobrevivir a la pelea nacional. Massa, mientras tanto, intenta ubicarse en el lugar que históricamente mejor le funcionó: el del dirigente que puede conversar con sectores que no necesariamente se soportan entre sí.
Ese lugar también tiene un peligro. El mediador puede convertirse en candidato cuando todos los candidatos fracasan en su intento de convertirse en mediadores.
Por eso la posibilidad de que Massa vuelva a competir no desapareció. Está allí, aunque todavía no tenga forma definitiva. No necesita anunciarla ahora. En política, anunciar demasiado pronto una candidatura suele ser una manera bastante eficaz de convertirla en blanco de todos. Mucho más conveniente puede resultar esperar, mirar cómo se acomodan las piezas y aparecer cuando los demás hayan cometido suficientes errores.
El interrogante es si Massa todavía conserva la capacidad electoral que tuvo en otros momentos o si su figura quedó demasiado asociada a una etapa que el electorado decidió cerrar. Las encuestas podrán ofrecer respuestas parciales, pero ninguna medición reemplaza la construcción política. Y esa construcción todavía está pendiente.
Lo que parece claro es que el peronismo atraviesa una paradoja. Tiene dirigentes con experiencia, gobernadores, intendentes, sindicatos, estructuras territoriales y un caudal electoral considerable. Sin embargo, continúa teniendo enormes dificultades para convertir todos esos recursos en una estrategia común. Tiene piezas suficientes para armar un tablero competitivo, pero todavía discute quién debe repartirlas.
Massa parece haber entendido algo que buena parte de la dirigencia todavía se resiste a aceptar: Milei no necesita que el peronismo desaparezca para ganar. Le alcanza con que permanezca dividido, encerrado en sus propias discusiones y hablando exclusivamente con quienes ya están convencidos.
Por eso la pelea legislativa puede haber dejado una enseñanza más importante que el contenido puntual del proyecto. Cuando el peronismo negocia, articula y consigue ampliar su radio de acción, puede frenar al Gobierno. Cuando se encierra en sus internas, se convierte en un espectador de su propia decadencia.
Massa está jugando. No sabemos todavía para qué partido, para qué candidatura ni con qué lugar en el próximo escenario electoral. Pero está jugando. Y mientras algunos dirigentes se apresuran a proclamar candidaturas, él parece haber elegido una estrategia bastante menos vistosa: esperar, conversar y acumular.
En política argentina, esa paciencia puede ser una virtud. También puede ser una ilusión. La diferencia, como casi siempre, la terminará estableciendo una urna.



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