



Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
La política argentina parece haber decidido adelantar el calendario. Faltan todavía catorce meses para las elecciones presidenciales de 2027, pero el oficialismo y el peronismo ya comenzaron a comportarse como si la campaña estuviera instalada. No es un detalle menor ni una simple coincidencia de agendas. Detrás de los movimientos de La Libertad Avanza y del PJ/K aparece una preocupación compartida: ninguno de los dos espacios tiene hoy garantías suficientes sobre el resultado de una elección que todavía está demasiado lejos como para admitir certezas.
El dato más interesante, justamente, no está en la distancia que separa a libertarios y peronistas, sino en la semejanza de sus necesidades. Ambos necesitan ordenar sus propias tropas antes de mirar demasiado hacia afuera. Ambos requieren instalar una confrontación que les permita consolidar identidades. Y ambos parecen comprender que una elección polarizada puede ser mucho más conveniente que una competencia abierta, fragmentada y capaz de dejar espacio para una tercera alternativa.
La primera señal llegó desde el oficialismo, con el comienzo de conversaciones formales con el PRO. El contacto entre Karina Milei y Mauricio Macri abrió una instancia de negociación que todavía está muy lejos de poder considerarse un acuerdo cerrado. Hay intereses compartidos, pero también desconfianzas acumuladas, diferencias territoriales y una discusión central sobre quién conduce y quién acompaña. En política, una fotografía puede mostrar proximidad durante algunos minutos, pero no necesariamente modifica una relación construida durante meses de tensiones.
El Gobierno necesita al PRO porque necesita músculo legislativo y territorial. También necesita reducir los riesgos de quedar aislado frente a gobernadores que han demostrado que su respaldo no es incondicional. El Congreso sigue siendo un escenario donde cada ley requiere negociación, y las provincias constituyen un territorio todavía más complejo, donde las necesidades financieras y los intereses electorales locales pesan tanto como las afinidades ideológicas.
Por eso, la denominada mesa política oficialista debe ser leída más allá de sus nombres y sus reuniones. Allí conviven operadores cercanos a Karina Milei con dirigentes que conocen desde hace años los mecanismos de la política tradicional. Diego Santilli, Cristian Ritondo, Fernando de Andreis y los Menem representan, con matices, distintas puertas de entrada a un sistema que La Libertad Avanza durante mucho tiempo despreció y que ahora necesita utilizar para sostener su proyecto.
La paradoja es evidente. El Gobierno construyó buena parte de su identidad sobre la denuncia de la vieja política, pero a medida que se acerca una elección presidencial vuelve indispensable aquello que durante años presentó como parte del problema. Gobernadores, legisladores, estructuras partidarias y acuerdos territoriales reaparecen como herramientas necesarias. La política real termina imponiendo sus condiciones, incluso sobre quienes llegaron al poder prometiendo terminar con sus viejas reglas.
En ese contexto, la economía adquiere una importancia todavía mayor. La inflación de julio, ubicada en 2,1%, interrumpió una secuencia que el Gobierno pretendía exhibir como evidencia de una estabilización cada vez más consolidada. El problema no es únicamente el número final, sino la dificultad de sostener una narrativa permanentemente favorable cuando determinados componentes comienzan a mostrar aceleraciones. La alimentación, por ejemplo, avanzó con mayor intensidad que el mes anterior, mientras que la inflación núcleo también mostró una variación superior.
No se trata de negar los avances que pueda haber conseguido el Gobierno en materia de estabilización. El problema político consiste en algo diferente: cuanto más tiempo lleva una administración en el poder, menos eficaz resulta atribuir cada dificultad a la herencia recibida. El reloj corre en contra de esa explicación. Y cuanto más se acerca una elección presidencial, mayor será la exigencia de mostrar resultados concretos que puedan ser percibidos en la vida cotidiana.
El peronismo, mientras tanto, enfrenta una dificultad de naturaleza distinta, aunque tampoco menor. Ya no puede confiar exclusivamente en el desgaste del Gobierno porque necesita convencer a una sociedad que todavía conserva recuerdos demasiado cercanos de sus propias administraciones. La explotación política de los errores libertarios tiene un límite evidente: si la oposición no logra construir una alternativa creíble, cada crítica termina chocando contra su propio pasado.
Por eso la reunión entre Axel Kicillof, Máximo Kirchner y Sergio Massa resultó significativa. No porque haya resuelto la interna, sino precisamente porque confirmó que la interna existe y que ya no puede ocultarse detrás de discursos generales sobre unidad. El peronismo necesita resolver quién conduce, cómo se ordenan sus distintas corrientes y, sobre todo, qué mecanismo utilizará para transformar sus diferencias en una competencia que no termine destruyendo al conjunto.
La discusión sobre las PASO funciona como una radiografía perfecta de esa contradicción. El oficialismo quiere eliminarlas y el peronismo necesita conservarlas. El argumento formal puede estar vinculado a cuestiones institucionales o de organización electoral, pero detrás aparece una disputa mucho más concreta: quién tiene capacidad para definir candidaturas cuando ninguna de las principales corrientes internas está dispuesta a ceder espontáneamente.
La paradoja histórica tampoco puede ignorarse. El kirchnerismo defendió durante años las PASO como una herramienta de participación y ordenamiento, aunque en la práctica las principales candidaturas fueron frecuentemente resueltas mediante acuerdos internos. Ahora, ante una estructura mucho más fragmentada, ese mecanismo aparece como una posible válvula de escape para evitar una ruptura abierta. Es difícil no leer esa necesidad como un síntoma de pérdida de centralidad de Cristina Fernández de Kirchner dentro del proceso de definición política.
Así, mientras el oficialismo intenta construir una plataforma electoral alrededor de la figura de Javier Milei, el peronismo intenta evitar que sus propias diferencias se conviertan en una fractura irreversible. Los dos movimientos parecen distintos, pero tienen una raíz común: necesitan llegar ordenados a una elección que todavía no comenzó formalmente y que, sin embargo, ya condiciona decisiones del presente.
El problema para ambos es que la sociedad no necesariamente está dispuesta a aceptar la polarización que pretenden imponer. Los escenarios de segunda vuelta pueden alimentar la lógica de dos grandes polos, pero la primera vuelta todavía exhibe un espacio considerable de votantes que no necesariamente se identifica con ninguno de ellos. Esa franja, heterogénea y cambiante, puede terminar siendo decisiva.
Ahí reside el verdadero temor de libertarios y peronistas. La polarización sirve cuando hay dos bloques claramente definidos y una mayoría social dispuesta a elegir entre ellos. Pero si existe una porción relevante del electorado que todavía busca otra opción, el adelantamiento de la confrontación puede convertirse en un error estratégico. Cuanto más rápido intenten cerrar el escenario, mayor puede ser la reacción de quienes no quieren quedar encerrados en una pelea que sienten ajena.
La Argentina vuelve a entrar, entonces, en una etapa donde la política empieza a mirar demasiado temprano hacia las urnas. Milei necesita que la economía no se convierta en su principal adversario. El peronismo necesita que su interna no termine siendo más destructiva que el propio Gobierno. Y ambos necesitan convencerse de que la elección será una batalla de dos, aunque los votantes todavía no hayan decidido aceptar ese guion.
Quizás allí esté la principal ironía del momento: los dos grandes protagonistas del escenario político necesitan enfrentarse para fortalecerse, pero todavía ninguno logró demostrar que puede representar por sí solo a una mayoría. La pelea ya comenzó. Lo que todavía no está decidido es quiénes serán realmente sus protagonistas y, sobre todo, si el electorado aceptará jugar con las reglas que ellos pretenden imponer.



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