Nos los une el amor....los une el espanto

OPINIÓNRicardo ZIMERMANRicardo ZIMERMAN

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hay acuerdos políticos que nacen de una convicción y otros que aparecen cuando las circunstancias obligan a mirar hacia el mismo lado. La aproximación entre el PRO y La Libertad Avanza parece responder, por ahora, a una combinación de ambas cosas. Existen coincidencias ideológicas evidentes, una comunidad de intereses electorales y una preocupación compartida por evitar que el peronismo recupere el poder. Pero también persisten desconfianzas, diferencias de identidad y una disputa silenciosa por determinar quién conducirá eventualmente ese espacio.

La reunión realizada en la Casa Rosada y la creación de una mesa de trabajo con encuentros periódicos representan un avance político que no debería minimizarse. Sin embargo, tampoco conviene exagerar su alcance. Una mesa de coordinación no constituye todavía una alianza y mucho menos garantiza una coalición estable. Es apenas el comienzo de una conversación que tendrá que atravesar varias etapas antes de transformarse en un acuerdo electoral y, eventualmente, en un proyecto político común.

El dato más significativo es que tanto el PRO como La Libertad Avanza parecen haber comprendido que la competencia separada puede tener un costo demasiado alto. En particular, la provincia de Buenos Aires representa el escenario donde esta realidad adquiere mayor dimensión. Ambas fuerzas disputan buena parte de un electorado similar y una fragmentación de ese voto podría favorecer al peronismo. La experiencia de 2019 funciona como una advertencia que nadie dentro de la oposición parece dispuesto a ignorar.

Pero hay una trampa en ese razonamiento. Una alianza construida exclusivamente para impedir que otro gane puede ser eficaz para una elección, pero difícilmente pueda convertirse en una coalición de gobierno duradera. El miedo al adversario sirve para unir, pero rara vez alcanza para construir una identidad común. Cuando desaparece la amenaza inmediata, vuelven las preguntas que durante la campaña pueden mantenerse deliberadamente ocultas: quién conduce, quién decide, qué programa prevalece y cuánto está dispuesto a resignar cada socio.

Ahí aparece el verdadero problema entre Mauricio Macri y Javier Milei. Ambos han encontrado durante los últimos años numerosos puntos de coincidencia, pero también atravesaron episodios de tensión que dejaron huellas. El vínculo entre ellos nunca terminó de convertirse en una relación política plenamente previsible. El macrismo apoyó iniciativas centrales del Gobierno, aportó dirigentes y facilitó acuerdos parlamentarios, pero en varias oportunidades también cuestionó decisiones oficiales y reclamó mayor reconocimiento.

Milei, por su parte, construyó su identidad política precisamente alrededor de la ruptura con la dirigencia tradicional. Esa característica fue una de las claves de su éxito electoral. El PRO puede representar para el Presidente una estructura territorial, experiencia de gestión y un electorado necesario para ampliar su base, pero también constituye aquello que el discurso libertario prometió superar. Allí existe una contradicción que ningún acuerdo organizativo puede borrar.

Macri enfrenta un dilema igualmente complejo. El fundador del PRO sabe que una coordinación con La Libertad Avanza puede ser decisiva para evitar una derrota electoral frente al peronismo, pero también conoce el riesgo de que su partido termine absorbido por una estructura política que hoy tiene mayor capacidad de conducción nacional. El problema no consiste solamente en decidir si habrá alianza, sino en establecer qué lugar ocupará el PRO dentro de ella.

Una integración sin reglas claras podría terminar convirtiéndose en una subordinación. Y una resistencia excesiva a la conducción libertaria podría provocar precisamente aquello que el macrismo quiere evitar: una división del electorado opositor que permita al peronismo recuperar territorios decisivos. Entre esos dos extremos se encuentra el espacio político que deberán ocupar Macri y Milei si realmente pretenden construir algo que sobreviva a una elección.

La creación de una mesa común puede ser útil justamente porque obliga a transformar los gestos políticos en conversaciones regulares. Allí podrán aparecer las diferencias que una fotografía conjunta no muestra. La política parlamentaria, las reformas económicas, la relación con los gobernadores, la estrategia en la provincia de Buenos Aires y el armado territorial serán pruebas mucho más exigentes que cualquier declaración de unidad.

También será inevitable discutir la cuestión de las candidaturas, aunque hoy ambos sectores prefieran mantenerla fuera de la mesa. La política tiene una particularidad que vuelve ilusorio postergar indefinidamente ese debate: detrás de toda construcción partidaria existe una disputa por espacios de poder. La cuestión no es si se hablará de candidaturas, sino cuándo y bajo qué condiciones.

En ese punto, la posibilidad de una PASO conjunta aparece como una alternativa que permite postergar la decisión sobre el liderazgo sin clausurar la competencia interna. Pero también contiene una dificultad evidente. Si Javier Milei pretende encabezar el espacio, resulta difícil imaginar una primaria tradicional en la que el Presidente compita contra otro dirigente con posibilidades reales de disputarle la conducción. El PRO, por su parte, deberá decidir si busca preservar una candidatura propia o acepta que la figura presidencial concentre la mayor parte del poder electoral de una eventual coalición.

La cuestión es todavía más profunda cuando se observa el futuro del peronismo. Sería un error interpretar sus dificultades actuales como una condena permanente a la marginalidad. El peronismo conserva estructura territorial, dirigentes con experiencia, capacidad de movilización y una extraordinaria capacidad de adaptación. Puede atravesar derrotas severas y, sin embargo, reconstruir una oferta electoral competitiva. La historia reciente ofrece suficientes ejemplos como para no apostar a su desaparición.

Por eso el PRO y La Libertad Avanza tienen que resolver una cuestión que excede largamente la próxima elección. Necesitan determinar si son capaces de convertirse en socios políticos sin que uno de ellos deba desaparecer para que el otro exista. Esa es la verdadera discusión que comienza detrás de la mesa creada en la Casa Rosada.

Milei necesita ampliar su coalición si pretende consolidar sus reformas y garantizar continuidad política. El PRO necesita evitar quedar atrapado entre la posibilidad de una absorción libertaria y el riesgo de una fragmentación opositora que vuelva a beneficiar al peronismo. Ambos necesitan al otro, pero necesitarse no equivale todavía a confiar.

Y la confianza será el elemento decisivo. No se construye con reuniones ni con fotografías, sino con acuerdos cumplidos, reglas respetadas y capacidad para atravesar conflictos sin convertir cada diferencia en una ruptura. Si Macri y Milei consiguen establecer esos mecanismos, la coordinación puede transformarse en una verdadera coalición política. Si no lo logran, la mesa corre el riesgo de convertirse en otro episodio de aproximación táctica entre dirigentes que se necesitan electoralmente pero que todavía no aprendieron a compartir el poder.

La historia argentina está llena de alianzas construidas para derrotar a alguien y desarmadas apenas alcanzaron ese objetivo. El desafío que tienen ahora el PRO y La Libertad Avanza es bastante más difícil: demostrar que pueden construir una alternativa que no dependa exclusivamente del rechazo al adversario. Para ganar una elección quizá alcance con sumar votos. Para gobernar durante años, hace falta algo mucho más escaso: un acuerdo sobre el poder, sus límites y el futuro que se pretende construir.

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