¿Es democracia cuando siempre gobiernan los mismos?

OPINIÓN Por Carlos Zimerman

20171224schiarettillaryoradelasota

carlos zimerman
Por Carlos Zimerman

Winston Churchill definió a la democracia como "el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado". La frase atravesó generaciones porque resume una verdad difícil de discutir. No existe un sistema mejor para garantizar la libertad de los ciudadanos, el derecho a elegir y la posibilidad de cambiar a quienes gobiernan.

Hasta ahí, no hay dudas.

La pregunta que vale la pena hacerse es otra: ¿qué sucede cuando ese cambio nunca llega? ¿Puede hablarse de una democracia plena cuando un mismo espacio político permanece más de 25 años administrando un Estado?

El caso de Córdoba invita a esa reflexión.

En los últimos 26 años, la provincia tuvo apenas tres gobernadores: José Manuel de la Sota, Juan Schiaretti y Martín Llaryora. Pero la realidad es todavía más contundente. Durante 23 años, De la Sota y Schiaretti se alternaron el poder como si fueran dos caras de una misma moneda. Terminaba el mandato de uno y comenzaba el del otro, sin modificar el rumbo político ni el esquema de poder.

Nadie puede negar que fueron elegidos por el voto popular. Esa legitimidad existe y debe respetarse. La gran excepción fue la elección de 2007, cuando todavía hoy persisten fuertes cuestionamientos por el resultado que dejó a Luis Juez sin la gobernación en una de las elecciones más polémicas de la historia cordobesa.

Pero la democracia no puede reducirse únicamente a depositar un sobre en una urna cada cuatro años.

La esencia de un sistema democrático también está en la alternancia. En la renovación. En la posibilidad real de que las ideas cambien y de que quienes gobiernan sepan que algún día pueden dejar de hacerlo.

Porque el poder tiene una característica tan conocida como peligrosa: cuanto más tiempo permanece en las mismas manos, más difícil resulta desplazarlo.

Con los años se construyen estructuras políticas, redes de funcionarios, vínculos con sectores económicos, influencia sobre organismos públicos y una maquinaria que termina jugando siempre para el mismo lado. No hace falta violar una sola ley para que la competencia deje de ser verdaderamente equilibrada.

Es allí donde aparece el mayor riesgo.

No porque todos los gobiernos largos sean dictaduras. No lo son. Pero sí porque la permanencia excesiva termina generando una sensación de propiedad sobre el Estado. Como si gobernar fuera un derecho adquirido y no una responsabilidad que los ciudadanos renuevan —o deberían poder quitar— en cada elección.

Cuando eso ocurre, la política deja de discutir proyectos y empieza simplemente a cambiar nombres.

Se va uno. Llega otro del mismo espacio. Después vuelve el anterior. Más tarde aparece un heredero político. Cambian las caras, pero el modelo permanece intacto.

Y entonces la pregunta vuelve a aparecer.

¿Estamos eligiendo gobiernos diferentes o simplemente administradores distintos de un mismo sistema?

La falta de alternancia también empobrece el debate. Las nuevas ideas encuentran enormes dificultades para abrirse paso. La oposición deja de competir contra un gobierno y empieza a enfrentar un aparato construido durante décadas.

La democracia necesita competencia. Necesita incertidumbre. Necesita que quien gobierna sepa que puede perder. Esa posibilidad obliga a administrar mejor, a escuchar más y a no confundirse con el Estado.

Cuando un partido permanece demasiado tiempo en el poder, el riesgo no es solamente político. También es cultural. Las nuevas generaciones terminan creyendo que esa fuerza nació para gobernar y que las demás existen únicamente para hacer oposición. Esa es una deformación profundamente antidemocrática.

Córdoba ha logrado estabilidad política. Nadie puede discutirlo. Pero la estabilidad no puede convertirse en inmovilidad. Porque cuando las mismas ideas gobiernan durante más de un cuarto de siglo, la democracia empieza a perder uno de sus principios fundamentales: la renovación.

La alternancia no garantiza buenos gobiernos. Eso sería ingenuo. Pero sí evita que cualquier fuerza política crea que el Estado le pertenece.

Y quizás esa sea la enseñanza más importante.

Las democracias fuertes no son aquellas donde siempre ganan los mismos. Son aquellas donde todos tienen una oportunidad real de ganar.

Porque cuando el poder deja de rotar, la democracia sigue existiendo en los papeles, pero comienza a perder fuerza en la realidad. Y ese es un riesgo que ninguna sociedad debería naturalizar.

Últimas noticias
Te puede interesar
Lo más visto