Fútbol: “La dinámica de lo impensado”

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“El título de esta nota no me pertenece. Es un homenaje a una de las definiciones más extraordinarias que ha dado el periodismo deportivo argentino. “El fútbol es la dinámica de lo impensado” fue la creación genial de Dante Panzeri, a quien considero, sin discusión, el mejor periodista que dedicó su vida al deporte y, especialmente, al fútbol. Nadie entendió como él que este juego jamás admite verdades absolutas. El fútbol siempre termina desmintiendo a quienes creen haber encontrado la explicación definitiva.”

images?q=tbn:ANd9GcQbKBZauJpHHUXLALYRBj9sE24GDSxhd93BL4R373poHIL_rtdK3I5Xboo&s=10Por José Ademan Rodríguez

Durante décadas se escribieron libros, columnas y tratados intentando explicar el fútbol. Se levantaron verdaderas fortalezas teóricas, una especie de Línea Maginot construida por generaciones de periodistas y comentaristas convencidos de haber descubierto la fórmula del éxito. Sin embargo, el fútbol, fiel a la sentencia de Panzeri, siempre termina escapando de cualquier manual.

Basta observar lo ocurrido en la segunda parte del reciente España-Inglaterra. El seleccionado español ofreció una verdadera clase magistral de fútbol colectivo. La pelota circuló con precisión, los pases se enlazaron con la serenidad del pensador y el compromiso del torero que sabe cuándo debe dar la estocada final. Paciencia, inteligencia y entendimiento colectivo.

Allí aparece la mano de Luis de la Fuente, un entrenador que logró construir un equipo donde todos entienden el juego de la misma manera. Paradójicamente, consiguió dentro de una cancha una armonía que muchas veces la política española, encabezada por Pedro Sánchez, parece incapaz de alcanzar fuera de ella. Otra de las tantas contradicciones que encierra este deporte.

Y si de contradicciones hablamos, ninguna resulta tan apasionante como la histórica discusión entre César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo.

Después del desastre de Suecia 1958, el fútbol argentino comenzó una larga búsqueda de identidad. Pasaron entrenadores, frustraciones y estilos. Incluso volvimos a confiar en Juan Carlos Lorenzo, representante de un fútbol pragmático y áspero que terminó mostrando su peor rostro en Inglaterra 1966, con la expulsión de Antonio Rattín y aquel calificativo de “animals” con que la prensa inglesa despreció a nuestros futbolistas.

Entonces apareció Menotti.

Su discurso reivindicaba “la nuestra”: la gambeta, el talento, el toque elegante, la creatividad del futbolista argentino. Parecía que el Mundial de 1978 era la confirmación definitiva de esa filosofía.

Sin embargo, con el paso del tiempo descubrí una paradoja que pocas veces escuché señalar.

Argentina ganó aquella Copa del Mundo gracias, principalmente, a Mario Alberto Kempes. Y Kempes, siendo un extraordinario futbolista, no representaba precisamente el preciosismo técnico. Su mayor virtud era la potencia, la intensidad, la capacidad de irrumpir en el área rival como una tromba, atropellando defensores con una fuerza descomunal. La final frente a Holanda fue la mejor demostración.

Allí aparece la primera gran contradicción.

El entrenador que reivindicaba la belleza terminó siendo campeón gracias a un futbolista cuya principal característica era la fuerza.

Bilardo representaba exactamente lo contrario.

Formado junto a Osvaldo Zubeldía, heredó el culto por el orden táctico, el secreto, la preparación obsesiva y el resultado como valor supremo. Todo hacía pensar que demostraría la superioridad del laboratorio sobre la inspiración.

Pero el fútbol volvió a darle la razón a Panzeri.

Bilardo conquistó el Mundial de México 1986 gracias a Diego Armando Maradona.

Y Maradona era exactamente lo contrario del laboratorio.

Era la gambeta, la imaginación, la picardía del potrero, la creatividad imposible de planificar. Era el heredero de aquellos artistas de la pelota como Vicente De la Mata, “Capote”, y Miguel Antonio Romero, “La Wanora”. Incluso el inolvidable gol con la mano sintetiza esa mezcla de talento, viveza y rebeldía tan propia del fútbol argentino.

He allí la gran paradoja.

Menotti ganó con la fuerza de Kempes.

Bilardo ganó con el talento irrepetible de Maradona.

¿No es exactamente eso la dinámica de lo impensado?

Y ahora aparece Lionel Messi para volver a confirmar que el fútbol jamás acepta teorías definitivas.

Mientras el fútbol moderno se obsesiona con estadísticas, algoritmos y mapas de calor, Messi continúa demostrando que la inteligencia sigue siendo el recurso más importante del juego.

Ya no necesita correr más que nadie.

Hace correr la pelota.

Hace correr a los rivales.

Su cabeza piensa varios segundos antes que el resto.

Pep Guardiola lo definió de manera extraordinaria al afirmar que Messi no desafía únicamente el paso del tiempo; desafía la lógica misma del fútbol. Mientras la edad termina derrotando a todos, Lionel continúa dominando partidos con la inteligencia del genio. Cada pase tiene un propósito. Cada decisión modifica el partido. Ya no necesita ganar por velocidad porque gana con la comprensión absoluta del juego.

Quizás por eso el fútbol sigue siendo el deporte más fascinante del mundo.

Porque nunca pertenece por completo a una escuela.

Ni a Menotti.

Ni a Bilardo.

Ni al toque.

Ni a la fuerza.

Ni a la táctica.

Ni a la improvisación.

Pertenece, simplemente, a esa maravillosa incertidumbre que Dante Panzeri resumió mejor que nadie.

El fútbol es, y seguirá siendo, la dinámica de lo impensado.

El fútbol también es bohemia

Y ya que estamos hablando de fútbol, hay algo que no quiero dejar de decir.

El fútbol es mucho más que noventa minutos, que un campeonato o que una final del mundo. Es el deporte más hermoso que existe precisamente porque tiene esa dinámica de lo impensado. Cuando creemos que todo está escrito, aparece una jugada imposible, un gol inesperado o una emoción que cambia la historia. Esa es la magia que ningún otro deporte logra transmitir.

Pero el fútbol también tiene otra cara, menos visible y mucho más humana: la bohemia.

La bohemia no es solamente un café después de un partido, una sobremesa interminable o una charla entre amigos. La bohemia es la amistad. Es compartir historias, anécdotas, alegrías y tristezas. Es reírse de una derrota y abrazarse en una victoria. Es entender que el fútbol, antes que un negocio, sigue siendo un enorme punto de encuentro entre personas.

Y si de amistad futbolera se trata, no puedo dejar de mencionar a un grande de verdad: Alfio "Coco" Basile.

Con el Coco tuve el privilegio de compartir momentos inolvidables. Charlas interminables, historias que no entran en ningún libro y esa forma tan auténtica de vivir el fútbol que sólo tienen los que lo sienten de verdad.

Basile representa una generación donde la palabra valía más que un contrato, donde la amistad estaba por encima de cualquier diferencia y donde el fútbol todavía conservaba esa esencia bohemia que hoy tanto se extraña.

En tiempos donde todo parece medirse por las redes sociales, el marketing y la corrección política, vale la pena recordar que el fútbol también nació en una mesa de café, entre amigos, entre discusiones apasionadas y abrazos sinceros.

Porque el fútbol sin libertad pierde su esencia. Y el fútbol sin amistad pierde el alma.

Y quizá por eso este Mundial está dejando tantas enseñanzas. Nos recuerda que todavía existen personas capaces de defender principios, de expresar lo que sienten y de vivir este deporte con pasión, sin miedo y con absoluta libertad.

Eso también es el fútbol. Y eso, afortunadamente, nadie podrá censurarlo jamás.

hoy

Compartiendo esos momentos de amistad y bohemia con Coco Basile y Rudy Arrieta

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