
Messi nunca fue de ellos: el tiempo terminó dándole la razón
PARA LEER EN PANTUFLAS Por José Ademan Rodríguez

Por José Ademan Rodríguez
Se puede discutir el fútbol, las estadísticas o los títulos hasta el infinito, pero cuando la comparación entre Maradona y Messi se traslada al terreno de las afinidades personales y políticas, el contraste se vuelve todavía más evidente.
Diego Maradona no solo fue un ídolo deportivo: también eligió públicamente un posicionamiento político muy marcado, con admiración y cercanía hacia dictadores asesinos como Fidel Castro, el Che Guevara y Hugo Chávez. Para muchos, eso forma parte de su historia personal; para otros, representa una identificación con líderes profundamente cuestionados en términos democráticos y de gestión. Yo diría verdaderos asesinos.
En la vereda opuesta, Lionel Messi construyó una figura completamente distinta: perfil bajo, sin militancia política visible, sin exhibiciones ideológicas y con una conducta pública centrada casi exclusivamente en el deporte y la vida familiar. Esa distancia de la política no es un detalle menor, sino una definición de estilo y de identidad pública.
Al final, la diferencia no está solo en la pelota. Está en cómo cada uno eligió pararse frente a la vida pública: uno desde la pasión política intensa y controversial; el otro desde el silencio y la distancia casi absoluta de ese terreno.
José Ademan Rodríguez (El Negro)
En 2021, cuando estalló el escándalo del famoso contrato de Lionel Messi con el FC Barcelona, muchos pusieron el foco únicamente en las cifras multimillonarias. Sin embargo, detrás de aquellas páginas había mucho más que dinero. Había política, identidad, nacionalismo y un viejo intento de convertir al mejor futbolista del planeta en un símbolo de una causa que nunca fue la suya.
Cinco años después, el tiempo terminó acomodando todas las piezas.
Messi ya no juega en el Barcelona. Pasó por el PSG, llegó al Inter Miami, conquistó el Mundial de Qatar 2022, ganó dos Copas América, levantó ocho Balones de Oro y terminó de cerrar el debate más importante de la historia del fútbol: ya nadie discute quién fue el mejor de todos los tiempos.
Mientras tanto, el Barcelona sigue buscando desesperadamente al futbolista capaz de llenar el vacío que dejó el rosarino.
Y no lo encuentra.
Porque no existe dinero en el mundo que pueda pagar todo lo que Messi le dio al Barcelona.
Durante casi dos décadas convirtió al club catalán en una potencia global. Ganó campeonatos de Liga, Copas del Rey, Champions League, Mundiales de Clubes, Supercopas y rompió todos los récords imaginables. El escudo del Barça recorrió el planeta gracias a un chico nacido en Rosario.
Paradójicamente, muchos terminaron creyendo que era el Barcelona quien había hecho grande a Messi.
La realidad fue exactamente al revés.
Un contrato que hablaba más de política que de fútbol
Cuando se conocieron las cláusulas del contrato, hubo dos que sobresalían por encima del resto.
Una obligaba a Messi a "esforzarse por integrarse en la sociedad catalana, respetando sus valores culturales y comprometiéndose especialmente con el aprendizaje de la lengua catalana".
La otra contemplaba que pudiera abandonar el club sin pagar su cláusula de rescisión si Cataluña dejaba de formar parte de España y el Barcelona pasaba a disputar otra liga europea.
Aquellas condiciones reflejaban el clima político de una época.
Durante años, sectores del independentismo intentaron utilizar al Barcelona como una vidriera internacional de su proyecto.
Y también quisieron sumar a Messi.
No pudieron.
Nunca dejaron de verlo como un símbolo
Cataluña lleva décadas utilizando la lengua como un poderoso instrumento identitario.
Muchos de sus dirigentes entendieron que el Barcelona era mucho más que un club de fútbol: era una formidable herramienta política y cultural.
Antes lo intentaron con Johan Cruyff, luego con otros grandes futbolistas que pasaron por el club. Algunos aceptaron parte del juego. Otros, simplemente, hicieron oídos sordos.
Con Messi apostaron mucho más fuerte.
Había llegado con apenas trece años.
Lo formaron.
Lo cuidaron.
Le financiaron el tratamiento hormonal.
Creyeron que el tiempo terminaría moldeando también su identidad.
Pero se equivocaron.
Messi siempre fue argentino
Vivió más de veinte años en Cataluña.
Construyó allí su carrera.
Formó su familia.
Ganó absolutamente todo.
Sin embargo, jamás dejó de sentirse rosarino.
Nunca fue un dirigente político.
Nunca hizo campaña por el separatismo.
Nunca utilizó su inmensa popularidad para respaldar al independentismo catalán.
Mientras otros referentes del Barcelona decidían involucrarse públicamente, Messi eligió el silencio.
Algunos confundieron esa actitud con indiferencia.
En realidad fue una extraordinaria demostración de inteligencia.
Él había ido a Cataluña para jugar al fútbol.
No para hacer política.
El Mundial cerró todas las discusiones
Durante años, en Argentina hubo quienes le reclamaban una única deuda.
El Mundial.
Ese debate terminó para siempre el 18 de diciembre de 2022.
En Lusail, Messi levantó la Copa del Mundo y completó la carrera más extraordinaria que haya construido un futbolista.
Ya no quedaban argumentos.
Después llegaron otra Copa América, un nuevo Balón de Oro y una sucesión de homenajes que terminaron de colocarlo donde siempre debió estar.
En la cima absoluta del fútbol mundial.
El Barcelona perdió mucho más que un jugador
Cuando Joan Laporta anunció entre lágrimas que Messi debía marcharse, muchos pensaron que el club seguiría siendo el mismo.
La realidad fue brutal.
Perdió liderazgo.
Perdió identidad.
Perdió jerarquía.
Perdió el respeto que imponía en Europa.
Podrá volver a ganar títulos.
Podrá reconstruirse.
Pero difícilmente vuelva a encontrar un futbolista que represente tanto como representó Messi.
Porque jugadores extraordinarios aparecen.
Un Messi aparece una vez cada cien años.
El fracaso de quienes quisieron apropiarse de su figura
Durante mucho tiempo hubo quienes pretendieron presentar a Messi como una conquista del nacionalismo catalán.
El tiempo demostró que fracasaron.
Barcelona fue fundamental para su desarrollo.
Eso nadie puede discutirlo.
Pero fue Messi quien hizo inmenso al Barcelona.
Fue él quien convirtió al club en una referencia mundial.
Su historia nunca perteneció a una bandera política.
Su historia pertenece al fútbol.
Y, sobre todo, pertenece a la Argentina.
Porque cuando conquistó el mundo no levantó una bandera catalana.
Le dio la vuelta olímpica abrazado a la celeste y blanca.
Esa imagen vale más que mil discursos.
Va por la cuarta estrella
Sin embargo, la historia todavía no terminó.
Mientras muchos futbolistas de su generación ya disfrutan del retiro, el capitán argentino sigue persiguiendo un desafío que puede colocarlo definitivamente en un lugar reservado para muy pocos hombres en la historia de este país.
Quiere regalarle a la Argentina la cuarta estrella.
No necesita demostrar absolutamente nada.
Ya ganó todo.
Ya rompió todos los récords.
Ya hizo feliz a millones de argentinos.
Pero los elegidos nunca se conforman.
Messi quiere volver a conducir a la Selección en un Mundial y coronar una carrera que parece escrita por un novelista.
Si consigue llevar a la Argentina a conquistar una cuarta Copa del Mundo, dejará de ser solamente el mejor futbolista de todos los tiempos.
Se convertirá en el verdadero prócer nacional del deporte argentino.
Porque hay hombres cuya obra trasciende generaciones.
Hay deportistas que dejan de pertenecer a un club para transformarse en patrimonio de un pueblo.
El Barcelona tuvo el privilegio de disfrutar durante casi dos décadas al mejor jugador de la historia.
La Argentina tiene un privilegio mucho mayor.
Messi nunca dejó de ser uno de los nuestros. Y ahora va por la última gran hazaña: regalarle al país la cuarta estrella y convertirse, definitivamente, en una leyenda que trascienda al fútbol para ingresar en la historia grande de la Nación.





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