Entre la épica global y las urgencias domésticas

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @ RicGusZim1

Como ya ocurrió el verano pasado, Javier Milei vuelve a aprovechar el paréntesis estival de la política doméstica para reforzar su proyección internacional. No es un detalle menor: en la lógica del Presidente, el escenario externo no solo funciona como refugio frente a los conflictos internos, sino también como plataforma de legitimación política. Esta vez, la gira combina símbolos potentes —el acuerdo Mercosur–Unión Europea, el Foro de Davos, la eventual coincidencia con Donald Trump— en un mundo que se reorganiza con reglas cada vez más explícitas y menos diplomáticas.

La primera escala sudamericana, en Asunción, tuvo una carga histórica evidente. Tras décadas de avances frustrados, se firmó finalmente el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, aún pendiente de ratificaciones pero significativo en términos políticos. La paradoja es clara: mientras se celebra un tratado que encarna la idea de integración y multilateralismo, el tablero global se mueve hacia una lógica de poder duro, con Estados Unidos, China y Rusia disputando zonas de influencia sin demasiados disimulos.

La ausencia de Lula en Paraguay no fue un gesto menor. Expuso las tensiones internas del Mercosur y, sobre todo, las divergencias ideológicas que atraviesan a América Latina. En ese vacío se cuela una aceptación —a veces entusiasta, otras resignada— de una versión actualizada de la Doctrina Monroe, donde la región vuelve a ser considerada un espacio de influencia natural de Washington. Milei no parece incómodo en ese esquema: por el contrario, lo asume como parte de un alineamiento que considera virtuoso.

La segunda parada, Davos, será el escenario ideal para profundizar esa narrativa. Allí, el Presidente no solo hablará ante la audiencia habitual de líderes políticos y económicos, sino que buscará consolidar su imagen como actor global. La coincidencia con Trump, aun sin reunión confirmada, funciona como un guiño cargado de simbolismo. Una foto casual, un saludo captado por las cámaras, bastarían para reforzar la idea de un vínculo político y cultural que Milei exhibe con orgullo.

La incógnita pasa por el contenido de su discurso. El año pasado, su intervención estuvo atravesada por la batalla cultural y dejó una estela de polémicas que obligaron a aclaraciones posteriores. ¿Habrá esta vez una versión más medida? Todo indica que no. Milei parece sentirse cómodo en un clima que percibe como afín, donde su retórica confrontativa no solo no incomoda, sino que es celebrada por ciertos sectores. La tentación de reafirmar su adhesión al trumpismo, incluso frente a decisiones polémicas de Estados Unidos en la región y en Europa, es alta.

Mientras el Presidente se mueve entre foros internacionales y gestos de autoafirmación, la política local no se detiene. Febrero asoma con sesiones extraordinarias en el Congreso y con una reforma laboral que el Gobierno considera crucial. No tanto por su impacto inmediato en el empleo, sino por el mensaje que busca enviar: capacidad de avanzar sobre un terreno históricamente resistente y de imponer una agenda de cambios estructurales.

Los operadores del oficialismo recorren provincias y negocian apoyos, conscientes de que la gobernabilidad se juega tanto en los votos como en las concesiones. El peronismo atraviesa una crisis profunda y el sindicalismo muestra más desorientación que capacidad de resistencia, pero eso no garantiza un trámite sencillo. Los gobernadores ya hicieron saber su malestar por el capítulo impositivo del proyecto, y en el propio oficialismo crece la idea de ceder para evitar un traspié como el del presupuesto.

Milei necesita una victoria legislativa antes de que el clima político empiece a cambiar. El capital simbólico de los votos de octubre no es infinito, y el otoño suele traer consigo demandas más concretas y menos ideológicas. La desinflación, aunque real, difícilmente mantenga el ritmo prometido, y el crecimiento económico todavía no se traduce en mejoras visibles para salarios y consumo.

Así, el verano del Presidente parece intenso pero breve. Entre Davos y el Congreso, entre la épica internacional y las urgencias domésticas, Milei deberá empezar a explicar por qué la realidad no siempre acompaña el relato. El mundo puede ofrecerle aplausos y escenarios grandilocuentes; el desafío, inevitablemente, estará en casa.

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