


Por Juan Palos
La reciente trayectoria política de Martín Llaryora en Córdoba ha estado marcada por un notable ascenso que, a juzgar por los acontecimientos recientes, podría posicionarlo como una figura central en el panorama político provincial. Llaryora ha logrado consolidar un volumen político que supera al de Juan Schiaretti, quien se encuentra en una situación crítica tras su derrota en las elecciones de octubre. Este revés no solo ha debilitado su influencia, sino que también ha expuesto sus ambiciones fallidas de liderar una nueva fuerza política denominada Provincias Unidas. Schiaretti, quien gobernó Córdoba durante más de una década, se ve ahora en la necesidad de reconfigurar su rol, mientras Llaryora, su exministro, capitaliza la incertidumbre reinante en la política local.
El último trimestre del año ha sido decisivo para Llaryora, quien ha adoptado un enfoque más audaz y proactivo. Su control de la agenda política se ha manifestado en reformas significativas, especialmente en el ámbito de la Justicia, donde ha impulsado cambios fundamentales destinados a mejorar la transparencia y la eficiencia del sistema judicial. Además, los ajustes en su gabinete demuestran su intención de rodearse de un equipo que comparta su visión y su impulso reformista. Estos movimientos estratégicos no son meramente reacciones a las circunstancias actuales, sino parte de un plan más amplio que busca consolidar su liderazgo.
Este nuevo enfoque también revela una clara estrategia de reconexión con la población. Llaryora ha entendido que la política contemporánea demanda más que la simple gestión desde un escritorio; es crucial estar presente en el territorio y escuchar las necesidades de los ciudadanos. En este contexto, ha enviado un mensaje claro a sus funcionarios: la política es acción y contacto, no solo una labor técnica o administrativa. Este llamado a la cercanía con la población tiene el potencial de revitalizar su imagen y establecer una relación más directa con el electorado, algo que muchos políticos a menudo pasan por alto.
No obstante, el camino hacia la reelección de Llaryora está lejos de ser sencillo. Uno de los obstáculos más significativos que enfrenta es el legado del cordobesismo, el estilo y la estructura política instaurada por Schiaretti. Para él, deshacerse de esta herencia implica un desafío mayúsculo, ya que muchos votantes aún asocian su figura con prácticas del pasado. Llaryora se encuentra en una encrucijada: debe equilibrar la modernización de su imagen con el respeto a una historia política que ha definido a Córdoba y que sigue influyendo en la percepción pública.
Además, el surgimiento de nuevas fuerzas políticas y la fragmentación del electorado presentan una nueva dinámica que Llaryora deberá navegar hábilmente. Su capacidad para establecer alianzas estratégicas, atraer a diferentes sectores y presentar un discurso renovado será clave en esta etapa. En este sentido, la construcción de una narrativa que resuene con las expectativas de una ciudadanía ávida de cambio y transparencia se vuelve indispensable.
A medida que se acerca el ciclo electoral, quedará por verse si Llaryora puede convertir estos desafíos en oportunidades. Su capacidad para adaptarse y su voluntad de interactuar con la ciudadanía serán cruciales para cimentar su posición y, posiblemente, allanar el camino hacia su reelección. La política en Córdoba está en constante evolución, y Llaryora tiene ante sí tanto riesgos como oportunidades que podrían definir su legado político.






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