
La caída del símbolo y las preguntas abiertas tras la detención de Nicolás Maduro
OPINIÓN
Ricardo ZIMERMAN


Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
La decisión del gobierno de los Estados Unidos de capturar a Nicolás Maduro para juzgarlo por causas iniciadas en 2020 por narcotráfico y terrorismo marca un punto de inflexión en la historia reciente de Venezuela y, al mismo tiempo, abre una serie de interrogantes que exceden largamente al país caribeño. No se trata solo de la caída física de un hombre que durante más de una década encarnó el poder absoluto, sino de una jugada de alto impacto en el tablero geopolítico global, cuyas consecuencias todavía están lejos de quedar claras.
Desde la perspectiva estadounidense, la captura de Maduro puede leerse como un acto de coherencia política y judicial largamente postergado. Washington decidió ejecutar lo que durante años fue apenas una amenaza simbólica: llevar ante sus tribunales a un jefe de Estado acusado de haber convertido a su país en una plataforma del narcotráfico internacional y del terrorismo transnacional. El mensaje es contundente: ya no hay inmunidad de facto para quienes, desde el poder, construyen Estados criminales. Sin embargo, esa misma contundencia expone una contradicción: el régimen que Maduro lideraba sigue en pie.
En términos venezolanos, la detención del dictador no implicó, al menos por ahora, la caída del chavismo. El aparato político, judicial y militar permanece activo y reaccionó con velocidad para garantizar una sucesión controlada. La designación de Delcy Rodríguez como presidenta interina y la activación de mecanismos de excepción muestran que el régimen entendió la gravedad del golpe, pero también que conserva resortes suficientes para sostenerse. Maduro ya no está en Miraflores, pero el sistema que construyó sigue funcionando.
Ese dato es central para comprender el clima interno de Venezuela. A diferencia de lo que ocurre en ciudades del exterior, donde comunidades de exiliados venezolanos salieron masivamente a las calles a celebrar la captura, dentro del país no hubo manifestaciones significativas. No es apatía ni indiferencia. Es miedo. El chavismo, aun herido, conserva la capacidad de castigar. En una dictadura, expresar una opinión contraria al poder no es un acto político: es una apuesta personal que puede costar la libertad, el trabajo o la vida.
La imagen de venezolanos celebrando en Miami, Madrid, Buenos Aires o Bogotá contrasta con el silencio de Caracas. Ese contraste no invalida la legitimidad del festejo en el exilio; al contrario, la explica. Millones de venezolanos viven fuera de su país porque el régimen los expulsó, directa o indirectamente. Para ellos, la detención de Maduro representa una forma tardía de justicia y una reparación simbólica. Para quienes siguen dentro de Venezuela, la realidad es otra: el régimen no cayó y las represalias siguen siendo una amenaza concreta.
En el plano internacional, la captura de Maduro reordena alianzas y profundiza grietas. Estados Unidos refuerza su rol de actor central dispuesto a intervenir de manera directa cuando considera que están en juego sus intereses estratégicos y su concepción del orden global. Al mismo tiempo, expone a los gobiernos que durante años relativizaron o justificaron al chavismo en nombre de afinidades ideológicas. El discurso de la “no intervención” queda tensionado frente a un régimen acusado de delitos que trascienden fronteras.
También se instala un precedente inquietante: si un jefe de Estado puede ser capturado y juzgado fuera de su país mientras su régimen sigue en funciones, ¿qué implica eso para la noción clásica de soberanía? Para algunos, es un avance en la lucha contra la impunidad; para otros, una peligrosa legitimación del poder de las grandes potencias. Ambas lecturas conviven y explican las reacciones dispares en América Latina y Europa.
La detención de Maduro, además, desnuda una paradoja central: la justicia internacional avanza más rápido que los procesos políticos internos. Estados Unidos logró lo que la oposición venezolana, fragmentada y reprimida, no pudo: sacar al dictador del poder real. Pero no logró —al menos todavía— desmantelar el régimen. Esa diferencia es clave para entender por qué el miedo sigue gobernando las calles venezolanas.
En definitiva, la captura de Maduro es un hecho histórico, pero no un desenlace. Es un golpe fuerte al corazón simbólico del chavismo, aunque no necesariamente mortal. El futuro de Venezuela dependerá de si este acto de justicia internacional logra traducirse en una transición política real o si, por el contrario, se convierte en un episodio más en la larga supervivencia de un sistema autoritario que aprendió a resistir incluso sin su líder visible.




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