
El tiempo político de Karina Milei: ordenar la tropa antes de que el poder desgaste
OPINIÓN
Ricardo ZIMERMAN


Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Hay victorias que clausuran etapas y otras que, apenas celebradas, abren un problema nuevo. El triunfo de medio término de Javier Milei pertenece a la segunda categoría. No porque haya sido insuficiente, sino porque expuso con crudeza una tensión clásica de los oficialismos jóvenes: cómo transformar una épica electoral en una maquinaria política estable sin que esa operación termine devorándose al propio gobierno. En ese punto exacto se mueve hoy Karina Milei.
La secretaria general de la Presidencia decidió dividir su tiempo entre la gestión cotidiana y una tarea que considera estratégica: convertir a La Libertad Avanza en algo más que un fenómeno presidencial. La apuesta es clara y, al mismo tiempo, riesgosa. Fortalecer el sello partidario, ordenar la militancia y ampliar la presencia territorial mientras el Gobierno todavía está en plena fase de ajuste y desgaste económico no es un movimiento neutro. Es una definición política.
Karina Milei no improvisa. Entiende que el poder real no se sostiene solo desde la Casa Rosada ni desde las redes sociales. Por eso empuja la convocatoria a una mesa nacional, la organización de un Congreso partidario y la institucionalización de una militancia que hasta ahora funcionó más por pulsión que por estructura. En ese esquema, los primos Menem aparecen como engranajes claves del armado en el interior, y Sebastián Pareja como el operador central en la provincia de Buenos Aires, el territorio que decide elecciones pero también licúa entusiasmos.
En paralelo, Santiago Caputo trabaja sobre otro frente: el de Las Fuerzas del Cielo. Allí el desafío no es expandir, sino ordenar. Convertir la energía de los núcleos más intensos del mileísmo —dirigentes jóvenes, legisladores combativos, comunicadores digitales— en una fuerza con disciplina política. La decisión de delegar la ejecución en figuras del propio espacio revela un diagnóstico compartido: la espontaneidad sirvió para ganar, pero no alcanza para gobernar ni para reelegir.
El año 2026 aparece, así, como un laboratorio. Sin elecciones nacionales en el horizonte inmediato, Karina Milei busca aprovechar el tiempo para consolidar el partido, abrir instancias de debate interno y centralizar la línea política. La lógica es simple: ordenar ahora para no improvisar después. Sin embargo, ese ordenamiento convive con un gesto que encendió ruidos internos: el lanzamiento anticipado del camino hacia la reelección de Milei en 2027.
El llamado “Tour de la Gratitud”, presentado como un agradecimiento a las provincias, es leído por muchos libertarios como el inicio formal de la campaña. Para algunos, una jugada prematura; para otros, una muestra de coherencia brutal: si el Presidente ya dijo que va por otros cuatro años, ¿para qué disimularlo? El dilema no es menor. Pedir apoyo político mientras el ajuste sigue golpeando puede consolidar a los convencidos, pero también acelerar el desgaste con sectores sociales que todavía están en fase de espera.
Pese a las críticas, el armado territorial avanza sin pausa. Los acuerdos en Mendoza con Alfredo Cornejo para competir en elecciones municipales muestran una estrategia pragmática: crecer con aliados, incluso aquellos que no comulgan ideológicamente en todo, pero que permiten anclaje local. No hay romanticismo libertario en esta fase; hay realismo político. La Libertad Avanza entendió que, sin estructuras provinciales y sin acuerdos, el proyecto corre el riesgo de quedar encapsulado en Buenos Aires y en la figura presidencial.
El propio Milei se sube a esa lógica. Con recorridas previstas por Córdoba y la provincia de Buenos Aires tras su paso por Davos, el Presidente busca mantener movilizado al núcleo duro mientras el partido se organiza. Es una coreografía conocida: gestión, épica internacional y política doméstica entrelazadas. Pero el equilibrio es frágil. Cada viaje, cada acto, cada señal electoral compite con la necesidad de mostrar resultados económicos concretos.
La discusión interna que se avecina —mesa ejecutiva, congreso nacional, reparto de delegados— será más que un trámite organizativo. Allí se jugará una pregunta de fondo: ¿La Libertad Avanza será un partido vertical, ordenado desde el poder, o una fuerza con vida propia capaz de procesar disensos? La respuesta definirá no solo la estrategia de 2027, sino la estabilidad del oficialismo en los próximos dos años.
En definitiva, Karina Milei eligió el camino más complejo: institucionalizar el mileísmo antes de que el mileísmo se desgaste. La apuesta es audaz. Si logra ordenar sin apagar la llama, el oficialismo habrá dado un salto cualitativo. Si el armado se acelera más rápido que la mejora económica, el riesgo es que la política empiece a correr por delante de la realidad. En la Argentina, esa carrera casi nunca termina bien.






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