Un año bisagra: la Argentina entre el ajuste, la expectativa y la incertidumbre

OPINIÓNRicardo ZIMERMANRicardo ZIMERMAN
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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

El último día de 2025 encuentra a la Argentina en un punto de inflexión que todavía no termina de definirse. No es un cierre épico ni un final trágico: es, más bien, un balance incompleto. El país llega a este 31 de diciembre con una economía ordenada en sus variables centrales, una política atravesada por tensiones nuevas y viejas, y una sociedad que, aun golpeada, decidió concederle al Gobierno un crédito de confianza que no es infinito.

Desde lo económico, el dato dominante del año fue la consolidación del programa de Javier Milei. La inflación, que al inicio de su mandato era una amenaza cotidiana, dejó de ser el centro de la angustia social. El ajuste fiscal, impiadoso y veloz, cumplió con el objetivo que el Presidente se había impuesto como irrenunciable: terminar con el déficit. El superávit, impensable pocos años atrás, se convirtió en el emblema de la gestión. Pero como suele ocurrir en la Argentina, el éxito de una política mostró rápidamente su contracara.

La estabilidad macroeconómica no se tradujo de inmediato en bienestar. El consumo siguió deprimido durante buena parte del año, el empleo formal no reaccionó con la velocidad prometida y sectores enteros —la industria y la construcción, sobre todo— pagaron el costo más alto del reordenamiento. La economía creció, sí, pero lo hizo empujada por actividades que generan pocos puestos de trabajo. El dilema quedó planteado con crudeza: la macro ordenada es condición necesaria, pero no suficiente.

En lo político, 2025 fue el año en que Milei dejó de ser una anomalía electoral para convertirse en un actor central del sistema. Su contundente victoria en octubre consolidó su liderazgo y descolocó a una oposición que todavía no logra encontrar un relato alternativo. El peronismo sigue atrapado en sus disputas internas y el PRO transita una relación ambigua con el oficialismo: acompaña en lo esencial, critica en los márgenes y toma distancia cuando el costo político amenaza con ser demasiado alto.

El Congreso fue, durante todo el año, un territorio hostil para el Gobierno. Cada ley requirió negociaciones extenuantes, concesiones incómodas y alianzas circunstanciales. Milei aprendió —no sin resistencia— que el desprecio por la política tiene límites cuando se gobierna sin mayorías propias. Aun así, logró avanzar con piezas clave de su agenda y cerrar el año con el Presupuesto aprobado, un dato que en la Argentina contemporánea no es menor.

El estilo presidencial siguió siendo un factor de tensión permanente. La confrontación, el discurso áspero y la descalificación sistemática de críticos y adversarios fortalecieron a su núcleo duro, pero ampliaron la distancia con sectores moderados que lo apoyan más por rechazo al pasado que por adhesión plena al presente. Milei no buscó —ni parece querer— convertirse en un presidente conciliador. Apostó, en cambio, a sostener un liderazgo personalista, convencido de que la sociedad prefiere decisiones drásticas antes que consensos diluidos.

En el plano social, 2025 dejó una fotografía contradictoria. Por un lado, aumentaron los indicadores de conflictividad y la inseguridad se volvió una preocupación creciente, sobre todo en los grandes centros urbanos. La reducción del gasto público impactó de lleno en áreas sensibles y alimentó protestas que, aunque fragmentadas, marcaron el pulso de un malestar persistente. Por otro lado, las encuestas revelaron un dato inesperado: la esperanza volvió a superar al miedo. Por primera vez en años, una porción mayoritaria de la sociedad cree que el futuro puede ser mejor que el presente.

Ese clima explica, en buena medida, la resistencia del Gobierno frente al desgaste lógico de un ajuste tan severo. La inflación dejó de ser el enemigo número uno, pero el costo de vida sigue siendo un problema concreto. Aun así, muchos argentinos parecen dispuestos a esperar. Esperar a que el sacrificio rinda frutos, a que la estabilidad se traduzca en trabajo, a que el orden macro se convierta en desarrollo.

El año también dejó al descubierto deudas estructurales que ningún gobierno puede seguir postergando. La reforma laboral, la tributaria y la previsional continúan en la lista de pendientes. El sistema judicial arrastra vacancias inadmisibles y la inversión en infraestructura cayó a niveles que comprometen el crecimiento futuro. Son temas incómodos, políticamente riesgosos, pero inevitables si la Argentina pretende salir de su ciclo de crisis recurrentes.

Así, 2025 termina sin euforia, pero tampoco con desesperanza. Milei llega fortalecido, aunque no invulnerable. La economía está ordenada, pero la sociedad espera resultados tangibles. La política se reconfigura, mientras la oposición busca —todavía sin éxito— una narrativa creíble. El país, como tantas otras veces, se asoma a una encrucijada.

El verdadero veredicto no lo dará este último día del año, sino lo que ocurra en 2026. Allí se sabrá si el orden fue apenas un paréntesis austero o el punto de partida de una transformación más profunda. Por ahora, la Argentina cierra el año como empezó: discutida, tensionada y expectante. Una postal demasiado familiar, pero no necesariamente condenada al fracaso.

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