



Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
En la política argentina, los liderazgos suelen decir menos por lo que declaman que por las personas que eligen para ejecutar el poder. Javier Milei no es la excepción. Detrás de su retórica rupturista y de su invocación permanente a una épica liberal, el oficialismo se organiza, en los hechos, a partir de vínculos de lealtad personal, disputas de territorio y una lógica de construcción política mucho más tradicional de lo que su narrativa admite. El caso de Sebastián Pareja es ilustrativo de ese fenómeno.
Pareja no proviene del liberalismo doctrinario ni de las corrientes intelectuales que Milei suele citar en sus discursos. Su trayectoria política se forjó durante dos décadas en el peronismo, en espacios secundarios, lejos de los centros de decisión. No hay registros de una conversión ideológica profunda ni de una adhesión tardía a los principios que hoy dice representar. Sin embargo, eso nunca fue un obstáculo para Karina Milei, la figura más influyente del Gobierno después del Presidente.
La secretaria general de la Presidencia parece haber priorizado otros atributos: obediencia sin fisuras, capacidad para resolver conflictos internos y un manejo aceitado de la ingeniería electoral. En ese esquema, Pareja se convirtió en su delegado natural en la provincia de Buenos Aires, el territorio más complejo y decisivo del país. Desde allí, con la presidencia partidaria de La Libertad Avanza bonaerense, acumuló poder logístico, control de listas y capacidad de veto.
Ese rol lo llevó a convertirse, durante meses, en un dique frente a los intentos del asesor presidencial Santiago Caputo de incidir en el armado bonaerense. Pareja fue, en más de una ocasión, quien cerró la puerta a los emisarios del estratega, en una interna silenciosa pero persistente que atraviesa al corazón del oficialismo. No se trató de diferencias ideológicas, sino de una puja clásica por el control del territorio y de la lapicera.
El problema apareció cuando Pareja intentó trasladar ese poder a ámbitos que no controla. Su incursión en la crisis institucional de San Lorenzo expuso los límites de su influencia. La postulación como vicepresidente de una comisión transitoria, junto a un dirigente de su extrema confianza, terminó en un resultado contundente: cero votos. No fue un traspié menor, sino una señal política. Afuera del ecosistema libertario, el armado bonaerense no logró traducirse en respaldo real.
Ese episodio dejó al descubierto una constante de la política argentina: el poder delegado no siempre se exporta con éxito. La lógica de obediencia que funciona dentro de un partido en construcción no necesariamente se replica en instituciones con historia, identidad propia y disputas internas consolidadas. Para Pareja, fue una derrota simbólica que debilitó su figura y, por extensión, expuso una fragilidad en el esquema de Karina Milei.
Mientras tanto, Santiago Caputo aprovechó la tregua precaria que, según admiten en ambos campamentos, fue impuesta por el propio Presidente. El asesor ratificó su control sobre áreas sensibles del Estado, en especial el sistema de inteligencia. El intento de Sergio Neifert de conservar su cargo mediante un acercamiento tardío al karinismo no prosperó. En la Casa Rosada, esas maniobras se leen como señales de supervivencia más que como gestos de convicción.
El caputismo se aferra a un argumento que repite con insistencia: el éxito electoral de Milei se construyó sobre la estrategia que diseñó el asesor. El antikirchnerismo como identidad excluyente, condensado en consignas simples y provocadoras, fue el eje de una campaña que conectó con el malestar social. Desde esa perspectiva, Caputo se presenta como el arquitecto del triunfo y, por lo tanto, como un actor imprescindible.
Del otro lado, el karinismo responde con una lógica distinta: el poder no se delega sin control y la organización territorial es la clave de la supervivencia política. Karina Milei no discute el valor de la estrategia comunicacional, pero apuesta a una estructura propia, vertical y disciplinada, incluso a costa de alianzas incómodas o dirigentes sin pedigrí ideológico.
Ambos espacios coinciden, en privado, en un punto: la tregua es transitoria. El experimento libertario llegó al poder con una acumulación de tensiones que todavía no resolvió. La ausencia de una fuerza política tradicional, con reglas claras y liderazgos consolidados, amplifica cada disputa interna. Y cuando el poder se construye más sobre lealtades personales que sobre instituciones, los conflictos suelen emerger con mayor crudeza.
La historia argentina ofrece múltiples ejemplos de gobiernos que subestimaron estas tensiones. Milei, que llegó para impugnar a la “casta”, enfrenta ahora una paradoja: su administración reproduce, en buena medida, las mismas lógicas de poder que prometió erradicar. El desenlace de esa interna no solo definirá el futuro de Pareja o de Caputo, sino también la estabilidad del proyecto libertario en su conjunto.





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